Esas manos grandes se deslizaban por la delicada figura desnuda y apretada contra su pecho. La noche los había cubierto, y ese domingo al fin parecía buscar cómo acabar, pero ellos continuaban perdidos en una burbuja donde no cabía nadie más, donde solo podían existir esos roces, esos besos, esas miradas cargadas de un brillo que anunciaba unión, complicidad y, sobre todo, confianza. Delicado, él elevó el mentón de su esposa, perdiéndose en los dorados ojos antes de darle un beso en los labios,