Ares se impresionó con esas palabras. La mano delicada de Melissa pasó a su mejilla, pero esa mirada, aún cargada de una rojez nacida de las lágrimas, con ese miedo, esa incertidumbre y esa negativa que posiblemente no se irían tan pronto, indicaban que su colibrí, su buena, dulce y noble colibrí, confiaba en él.
—Te llamé porque eres mi esposo, porque sabía que nadie mejor que tú podría salvarme de lo que sentía, incluyendo el miedo de cometer una locura —pasó saliva—. Y me cuesta, no lo negar