Angelina terminó colgando la llamada, cargada de nervios y temblores. Su piel yacía erizada, su mirada desorbitada, con esos grandes ojos abiertos. Avanzó, casi dando traspiés, hacia la zona de la terraza de su casa, pero aun con la noche cubriendo su cuerpo, consumiendo su figura, anduvo por ese camino de losetas que la llevó hasta la casa de huéspedes, la cual, al abrir, le dio una bocanada de aire que necesitó buscar porque sentía que se ahogaba.
Desesperada, la dama se encaminó a esa habita