Vendida por venganza al ceo millonario
Vendida por venganza al ceo millonario
Por: Citlally Quiin
Prefacio

Volteó sobre su hombro cuando las puertas se abrieron. Su mandíbula se tensó ante la presencia de las cuatro mujeres que ingresaron con el carrito, donde pudo notar las prendas delicadas, los perfumes, cremas y aceites. Solo posó su mirada una vez más en el patio, viendo la figura alta y, de alguna manera, tenebrosa que se movía entre los muros creados por las altas enredaderas.

Cuando él elevó la mirada hacia la ventana, la joven se dio la vuelta, dejando caer la cortina. Él apenas pudo notar el vestigio de su negro cabello. Sin dudarlo, terminó el puro que sostenía entre sus dedos y, tras apagarlo con su pesada bota, ingresó finalmente a su mansión, buscando la habitación dorada, no sin antes dar una orden.

—Quiero a mi esposa —señaló con firmeza a sus empleados.

—Ya la están preparando, señor.

—Perfecto.

En la habitación, la joven yacía acomodada en la pequeña tarima frente a los espejos que capturaban su cuerpo en tres ángulos, con los ojos cerrados, mientras unas manos delicadas se deslizaban por su cuerpo desnudo, cubriéndolo de crema, que luego potenciaban con aceites aromáticos antes de concluir con el perfume. Poco comprendía de la necesidad de aquella combinación de notas: leche, rosas y caramelo, pero siempre era la misma cada vez que él decidía llamarla.

Tensó la mandíbula cuando las manos se posaron incluso entre sus nalgas, bajo sus pequeños senos, cubriendo hasta detrás de sus orejas. Tras soltar un suspiro, abrió los ojos y se posó en su propio cuerpo, ahora cubierto por encaje negro, tal como sabía que él lo había pedido. Cuando la bata larga cubrió su figura apenas vestida, se apoyó en las manos de una de las mujeres para bajar de la tarima y caminar hasta la mesa de luces, donde la maquillaron.

Unas peinaban su largo cabello, dejándolo enmarcar su rostro; otras hacían correcciones sutiles en su piel, dejándola tersa y perfecta, como a él claramente le gustaba. Cuando vio que una de las mujeres tomaba el labial rojo, ella se hizo hacia atrás, rechazándolo.

—No —fue firme, todo lo que pudo, mientras observaba a la joven que, quizás, tenía su misma edad.

—Señorita, es el color que…

—No usaré ese tono —indicó con firmeza—. Esta vez no sucederá.

Sin decir más, y aun cuando dejó a las demás confundidas, se puso de pie, sintiendo el mareo que cubrió su cuerpo, pero sin dejar que eso la detuviera. Estaba cansada del trato, de las reglas, de la habitación dorada, pero sobre todo, de la indiferencia del hombre que llevaba el título de su esposo. En todo ese tiempo, ni un solo día se había sentido como tal. Por el contrario, parecía más su verdugo, su titiritero, su dueño, sin un solo ápice de sentimientos, corazón o empatía por lo que ella era y representaba. Y eso ya no lo soportaba.

Salió descalza, buscando la habitación donde podía estar segura de que él la esperaba. Pasó sin la seguridad, sin las doncellas que la presentaban como la muñequita que habían vestido para él, y solo elevó la mirada cuando él se puso de pie, observándola con agudeza, clavando su mirada en sus labios naturalmente rosados, que no lucían el color que había indicado.

—¿Dónde está tu labial?

—No usaré ese color.

—¿Qué es lo que has dicho?

—No. Usaré. Ese. Color —indicó con firmeza, separando cada palabra.

Notó cómo él tomó la fusta del sillón y solo tensó la mandíbula cuando, con la punta de la misma, le elevó el mentón. Se observaron de frente, retándose en el silencio de esos segundos encerrados a solas en aquel lugar.

—Conoces las reglas, Melissa —le recordó con frialdad.

Ella notó el fruncimiento de su ceño cuando dio un paso hacia él, aunque la fusta seguía rozando su mentón.

—Soy tu esposa —recordó con firmeza.

—Y mi esposa cumple las reglas como cualquiera en este lugar.

El nuevo paso de ella lo llevó a tensar aún más la mandíbula.

—Melissa… —la llamó con voz grave—. ¡Quítate la ropa!

—¡No! —su firme respuesta lo llevó a negar con la cabeza—. Quítamela tú. Arráncala de mi cuerpo, tómame como lo que eres, mi esposo —expulsó ella con vehemencia—, y no como el simple cliente de turno, ¡que me hace sentir como una maldita muñeca sexual! —gritó al fin, exasperada.

Se estremeció cuando la misma punta de la fusta le golpeó la mejilla, pero, con las lágrimas cargadas en sus grandes y claros ojos, avanzó un paso más hacia él. En ese punto, sus respiraciones parecían sincronizadas, agitadas y cargadas de electricidad. Sus miradas contenían el desafío: él buscando recuperar su poder y control, ella deseando que, al fin, lo perdiera por completo.

La tensión los mantenía frente a frente, como si el aire entre ellos pudiera encenderse en cualquier momento.

—¡Quítate la ropa! —gritó él.

—¡No, Ares, no! —señaló ella con la misma firmeza.

El jadeo escapó claro de sus labios cuando él la tomó del cuello, hundió los dedos en su cabello y la atrajo con violencia contra su pecho. Al fin, las delicadas manos de ella tocaron algo más que aire: el cuerpo de su esposo. Pero solo pudo quejarse cuando, ante la fuerza del agarre, terminó elevada en puntillas, con él tan cerca de su oído que toda su piel se erizó.

Regla número uno: No puedes verme a los ojos —soltó él con voz grave.

—Regla número dos: No puedes tocarme —Ares tensó la mandíbula cuando ella, alterada, hundió incluso sus uñas en su pecho.

—Regla número tres: Nadie, absolutamente nadie, puede decirme que no.

La queja de ella fue clara ante la presión en su cuello.

—Y eso incluye a mi esposa.

—Mátame o tómame —susurró en apenas un hilo de voz—, porque, a estas alturas, cualquiera de las dos me dará la libertad que aceptar casarme contigo me arrebató…

Y en ese segundo, ese simple segundo en el que ella deslizó su mano por su pecho hasta tomarlo de la nuca, en el que al fin sus ojos se encontraron y su boca femenina, entreabierta, fue buscando la suya… fue todo lo que Ares Ravage necesitó para tomar su decisión.

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