Cap.04

Elevó el rostro hacia el agua tibia que corría por la ducha y lavaba no solo su piel, sino también sus lágrimas. El corazón se le mantenía agitado y, aunque sus dispersas ideas la hacían pensar en cien mil maneras de salir de esa especie de condena a la que su propio padre la había atado, la realidad la hacía recaer en que no tenía escapatoria. No había manera de fallarle a su padre, a la familia donde había crecido, donde fue acogida y que, sí, de alguna manera le salvó la vida.

No era indiferente a su realidad ni a su pasado, y aunque nunca le habían sacado en cara lo que los Halloway hicieron por ella, al menos no como sucedió esa tarde, sí habían sido claros y directos con ella. Apenas consideraron que tenía la capacidad mental para manejar la verdad, la sentaron, los dos, y le dijeron que era adoptada. Fue criada con los mismos lujos, oportunidades y valores que los hijos biológicos de la pareja, pero fueron esos que ella tildaba de padres quienes le hablaron de su verdadera familia.

Su madre, una empleada de antaño de la casa Halloway, salió embarazada de un hombre violento y drogadicto que jamás, por más que su madre se esforzó, quiso cambiar. Debido al maltrato recibido, los Halloway la dejaron quedarse con ellos en sus últimos meses de embarazo, viviendo en la casa de huéspedes, pero jamás supieron que el embarazo tenía una complicación que se agravó al momento del parto. En sus últimos vestigios de vida, su madre pidió ayuda por ella, y los Halloway, encariñados con la empleada que perdían, tomaron a la pequeña como suya, registrándola bajo su apellido y dándole el nombre de Melissa, el mismo nombre que su madre tenía.

Movieron sus poderes y conexiones para que el padre biológico de la joven, quien intentó acercarse a ella y reclamarla como suya, nunca diera con la misma. Según le explicaron, le dijeron que las dos habían fallecido en el parto, para evitar que la buscara en algún momento de su vida. Melissa tenía trece años cuando comprendió la realidad de su vida, de un pasado que claramente no conocía, porque todo lo que ella sabía hasta ese momento era que pertenecía a esa familia, a los Halloway. Se sentía parte de ellos, y saber que la sangre no era la misma sí impactó en su mente, pero manejó con la mayor madurez, para su edad, la realidad.

Se convenció de que el mundo le había dado la oportunidad de tener una verdadera familia, una vida sana, de lujo y de cuidado, que por lo mismo no podía ni renegar de la decisión de sus padres adoptivos, ni de la petición de su madre biológica, ni mucho menos de las mentiras que tuvieron que decir para protegerla de un futuro que hubiera sido realmente trágico si su padre biológico llegaba a ella.

Y es esa misma idea, esa misma voz que la convenció once años atrás de que ella pertenecía a los Halloway, la que ahora le decía que no podía fallarles, que no podía hacer quedar mal a su padre, que por nada del mundo ellos merecían su lamentación o percibirla como una malagradecida. Pero le costaba, en ese momento, y ante la situación presentada, sin duda le costaba.

Terminó suspirando con pesadez cuando tocaron la puerta.

—Hija, ¿ya vas a salir? —escuchó la voz de su madre, por lo que solo apretó los labios.

—Sí, sí, ya casi, mamá —respondió con voz suave.

—Perfecto, te espero entonces.

Ante esa advertencia, no tuvo más opción que continuar con ese baño que se había alargado, donde sus pensamientos crudos y críticos se encontraban con su realidad, con lo que había conseguido y, sobre todo, con lo que moralmente sentía que debía cumplir. Tras salir de la ducha, secó su cuerpo, que envolvió en la bata, y su cabello en una toalla especial, viéndose en el espejo que limpió del vaho causado por el vapor.

Se observó con detenimiento, y es que no lo entendía, no comprendía bien: ¿por qué un hombre como Ares Ravage aceptaría casarse con ella? Sí, su hermano Zane no se equivocó, el hombre le llevaba diez años y, aunque en el mundo empresarial y del poder un ejecutivo multimillonario a los treinta y cuatro años era un prodigio digno de admiración, en la realidad, en las relaciones y quizás en el amor, esos diez años podrían significar un abismo complejo que eventualmente provocara discusiones, indiferencias y malestar.

Agarró el lavabo con fuerza, se negó cuando las lágrimas cubrieron sus pupilas y solo suspiró con suavidad, intentando controlarse.

—Debes hacerlo, debes hacerlo —se repitió con voz suave—. Es tu deber, Melissa, es una orden de tu padre, es tu manera de… —pasó saliva viéndose de nuevo frente a frente con su reflejo—. Es tu manera de pagar lo que te han dado. Puedes hacerlo —se asintió—. Puedes…

Terminó negándose y buscando con agitación la salida del baño, pero la privacidad de su habitación se vio invadida no solo por su madre, también por su hermana, quien le sonrió con debilidad.

—Qué baño más largo —señaló Mariam, ya cambiada a su ropa de casa.

—Sí, me tomé algo de tiempo —indicó, moviéndose hacia el clóset—. ¿Qué hacen aquí?

—Bueno, tenemos una boda que organizar…

Detuvo sus pasos en la entrada, solo volteándose hacia donde estaba su madre, quien se puso de pie y se acercó a ella. Melissa la miró a los ojos cuando Angelina le acunó el rostro.

—Tu papá indica que no hay que volvernos escandalosas, es una boda íntima, en una de las lujosas propiedades de tu futuro esposo —Melissa pasó saliva—. Solo serán invitadas la familia, de ambas partes…

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