Cap.01

Bajó el pincel y se retiró los audífonos de orejera que usaba cuando tocaron su hombro. La sonrisa se dibujó tibia en ella cuando una de las empleadas le señaló que su padre había llegado y también había solicitado una reunión con ella y su familia. No dudó en asentir, viendo a la joven sirvienta salir de su salón de arte, donde solo pudo terminar de expulsar un suspiro mientras observaba su obra a medio terminar.

La inspiración apenas estaba llegando y ya había sido interrumpida, pero en ese momento le importaba mucho más el retorno de su padre. Por ello, dejó sus pinceles y pinturas y, tras quitarse el mandil lleno de acrílico, se colgó bien los audífonos al cuello y se dirigió al baño privado dentro del estudio. Allí lavó sus manos y negó para sí misma al verse con un par de manchas de colores en la frente y mejilla, que también tuvo que limpiar.

Llevaba su largo cabello negro recogido en una coleta alta, la cual ajustó un poco más antes de acercarse al espejo. Sus ojeras estaban un tanto marcadas. No sabía por qué desde hacía dos días dormía tan mal; incluso, en una de esas noches, despertó de una terrible pesadilla que le dejó el corazón agitado y la mente revuelta en incertidumbre.

—Si hoy no duermes, buscas algo que te ayude, porque si no, colapsarás —se indicó a sí misma.

Sus ojos dorados, grandes y expresivos, una de sus características más llamativas y resaltadas por muchos de sus pretendientes, dieron un rápido vistazo a todo su ser en el espejo. Le resultaba imposible describirse como una mujer vanidosa, pero habiendo crecido en una familia donde la apariencia era importante, en un mundo que trataba a las personas de acuerdo con su aspecto y cómo lo proyectaban, había aprendido a cuidarse, a invertir en su imagen y presentación. Sin embargo, de eso a considerarse la más hermosa, había un trecho muy largo.

Ajustó la camiseta grande a su delicada figura, considerando si lo mejor era cambiarse antes de la reunión, pero cuando tocaron su puerta, comprendió que ya no tenía tiempo. Por ello, lavó de nuevo sus manos, se aplicó algo de crema en ellas y se dirigió a la salida, dejando sus audífonos en una mesa. Tomó el celular y avanzó, tras sonreírle a la empleada, hacia el salón donde, al parecer, su familia estaba reunida.

La preciosa casa de los Halloway era una de esas impresionantes infraestructuras que habían aparecido en revistas de moda y en especiales de televisión por su lujosa decoración, su gran tamaño y ese exquisito toque refinado que, claramente, una de las familias más poderosas del estado de Nueva York había conseguido a través de los años.

Para Melissa Halloway, aquel lugar no solo era una preciosa casa; era su hogar, donde había crecido, aprendido y donde su vida, sin duda, dio ese giro que la llevó a ser parte de una de las familias más reconocidas, no solo del estado, sino también del país y posiblemente del mundo. Tenía muy clara su situación dentro de los Halloway, pero también era consciente de que, pese a ser adoptada, siempre había sido vista, tratada y criada como una más. Por lo mismo, se sentía parte de esa familia como cualquier otro de sus miembros.

Su sonrisa se amplió, dulce, cuando vio a su padre de pie, tomando su whiskey frente a la chimenea. La joven no dudó en avanzar hacia él y abrazarlo de manera apretada, incluso elevándose un poco en puntillas para abarcarlo mejor.

—Hola, papá —saludó dulcemente.

—Hola, hija —él, al separarse, la miró a los ojos, acariciándole con delicadeza una mejilla suave y algo ruborizada—. ¿Estabas sumergida en tu mundo? —preguntó.

—Vino algo de inspiración, tenía que aprovecharla —respondió la joven, dándole un beso en la mejilla—. ¿Cómo te fue en tu viaje? ¿Todo salió bien?

Maurice la miró de frente, profundizando en sus ojos claros y llenos de brillo, pero antes de poder siquiera responder, terminó asintiendo. Recibió entonces la dulce sonrisa de Melissa, quien, siempre amable, encantadora y atenta con él, le dio otro abrazo, felicitándolo. Cuando se separó, el hombre suspiró con pesadez. En el salón yacían su esposa y sus dos hijos menores, esperando con menos paciencia que Melissa las razones de la reunión.

—Tengo un juego de tenis en veinte minutos —señaló su hija Mariam, cruzando las piernas ante él—. ¿A qué se debe esta reunión?

El alterado hombre, quien no había podido dormir desde aquella partida de póker hace unas noches, había regresado a casa no solo unos millones más pobre, sino también con una noticia que sabía que cambiaría la vida, no solo de su hija adoptiva, sino de toda su familia. Por más que intentara pensarlo de otra manera, Ares Ravage terminaría siendo parte de su familia si realmente contraía nupcias con su hija Melissa.

—Papá, ¿qué sucede? —La delicada pregunta de Melissa lo llevó a posar sus ojos verdes en ella.

Maurice suspiró, tomó el contenido de su vaso y lo dejó sobre la chimenea apagada, de la que se separó para acomodarse ante su familia.

—Hubiera deseado que todos estuviéramos aquí, pero Federico se encuentra de viaje. Aunque al terminar esta reunión lo llamaremos, porque esta noticia debe ser vivida como una sola familia.

La confusión se hizo evidente. Todos se miraron entre sí, pero al final fueron los ojos de Melissa los que se posaron en él.

—No voy a maquillar nada, y espero que, como siempre ha sucedido, se cumplan mis órdenes como jefe de esta casa…

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