Mundo de ficçãoIniciar sessãoValentina recibe un mensaje anónimo que dice: “Tu nombre está en el spam”. Ese mismo día entra a trabajar como asistente del hombre más poderoso y temido de la ciudad, sin saber que él es quien envió el mensaje. Lo que empieza como odio puro se convierte en una atracción peligrosa… y en un contrato de matrimonio que ninguno de los dos podrá romper.
Ler maisEl año es 2165.La casa grande de Santo Domingo sigue en pie, ahora con casi 145 años de historia entre sus paredes. El flamboyán que cubre las tumbas es un árbol majestuoso que tiñe de rojo el suelo cada primavera. Cuatro lápidas descansan bajo su sombra: Lucas Montenegro, Isabel, Lucas Rafael y Valeria.Lucas Rafael VIII, ahora con treinta y tres años, está sentado en la terraza con su hija de cinco años en el regazo. La niña juega con el relicario de Isabel mientras su padre le cuenta la historia que ya se ha convertido en leyenda familiar.—…y por eso, mi amor, nunca tienes que elegir —le dice con voz suave—. Puedes amar a Santo Domingo con todo tu corazón y amar a España con todo tu corazón. El amor no se divide, se multiplica.La pequeña lo mira con sus grandes ojos curiosos.—¿Como el bisabuelo Lucas?—Exactamente como él —responde sonriendo.En el jardín, los gritos y risas de más de veinte niños llenan el aire. La octava generación corre entre los árboles, algunos con acento
El año era 2141. La casa grande de Santo Domingo cumplía exactamente 120 años desde que Lucas Montenegro la mandó construir siendo apenas un joven. Aquel niño que un día lloró en un avión ahora tenía su legado convertido en una dinastía.Valeria tenía 67 años y su cabello completamente blanco. Seguía siendo la guardiana de la memoria familiar, aunque su cuerpo ya no tenía la misma energía de antes. Esa mañana de agosto, bajó temprano a la terraza con el viejo cuaderno bajo el brazo. Se sentó en el sillón de Lucas Rafael, como hacía cada mañana desde hacía décadas.El mar estaba especialmente hermoso. El sol apenas salía y pintaba el cielo de tonos rosados y dorados.De pronto, un niño de nueve años llamado Lucas Rafael VIII —sí, el octavo— apareció descalzo en la terraza, frotándose los ojos.—Tía Valeria, ¿por qué te levantas tan temprano?Valeria sonrió y extendió la mano hacia él. El niño se acercó y se sentó a su lado.—Porque cada mañana hablo con t
El año era 2148.Valeria Montenegro tenía 74 años y sabía que su tiempo también estaba llegando a su fin. No tenía miedo. Lo había visto en los ojos de su abuelo Lucas Rafael y ahora lo sentía en sus propios huesos: una paz profunda, casi dulce.Esa mañana pidió que toda la familia se reuniera en la terraza. No era un cumpleaños. No era un aniversario. Era simplemente “una reunión de familia”, como ella lo llamó. Pero todos entendieron que era una despedida.Más de noventa personas llenaron el jardín y la terraza. El pequeño Lucas Rafael VIII, ahora con dieciséis años, estaba sentado a los pies de Valeria, como siempre había hecho desde niño.Valeria habló con voz débil pero clara, sosteniendo el viejo cuaderno entre sus manos:—Hace muchos años, un niño subió a un avión llorando porque creía que amar a su mamá significaba traicionar a su papá. Ese niño se convirtió en mi bisabuelo. Y su dolor… ese dolor que tanto lo quebró, terminó siendo la semilla de todo lo que somos hoy.Hizo una
El año era 2132. Habían pasado veintidós años desde la partida de Lucas Rafael Montenegro, y la casa grande de Santo Domingo se había convertido en un verdadero templo vivo de la memoria familiar. El flamboyán que sombreaba las tumbas era ahora un árbol majestuoso, cuyas flores rojas caían como bendiciones sobre las lápidas cada mes de mayo.Esa tarde de julio, la familia celebraba el vigésimo aniversario de la muerte de Lucas Rafael. Más de ochenta personas llenaban la casa y los jardines. Siete generaciones compartían el mismo espacio, desde Isabel, que ya tenía noventa y siete años y se movía en silla de ruedas pero conservaba la lucidez intacta, hasta el tataranieto más pequeño, un niño de tres años llamado Mateo Rafael.Valeria, con cincuenta y ocho años, seguía siendo la guía espiritual de la familia. Estaba de pie en la terraza, con el viejo cuaderno en las manos, mirando el mar que nunca cambiaba.—Hoy no venimos a llorar —dijo con voz firme pero llena de cariño—. Venimos a ce
Último capítulo