Mundo ficciónIniciar sesión"Mi padre me entregó al diablo para salvar su propia piel. Ahora, mi dueño tiene nombre: Mavros." Majorie lo tenía todo: apellido, lujos y un futuro brillante. Pero en una sola noche, su mundo se desmorona cuando descubre que su padre ha despilfarrado la fortuna familiar en los casinos clandestinos de la mafia. La deuda es impagable, y el cobrador no acepta cheques. Mavros, el hombre más temido del inframundo no quiere dinero. Quiere una distracción, un juguete de sangre azul que pueda romper a su antojo. Majorie es arrastrada a un ático de cristal que se convierte en su celda, donde aprenderá que en el mundo de Mavros, la obediencia es la única forma de sobrevivir. Él la reclama como su propiedad. Ella jura odiarlo con cada fibra de su ser. Pero entre las paredes de esa mansión, la línea entre el odio y la obsesión es peligrosamente delgada. ¿Podrá Majorie escapar del hombre que pagó por su libertad, o terminará amando al monstruo que la compró?
Leer másEl olor a fracaso es distinto al que imaginaba. Siempre pensé que la pobreza olía a suciedad, pero en nuestra mansión de los Hamptons, el fin del mundo olía a alcohol caro y a las rosas marchitas que nadie se había molestado en cambiar en tres días.
Me miré al espejo una última vez. Llevaba un vestido de seda color champán que costaba más de lo que la mayoría de la gente gana en un año. Qué ironía. Me puse los pendientes de diamantes, sintiendo el peso del oro contra mi piel, y bajé las escaleras de mármol. Mis tacones resonaban en el gran salón como disparos en una iglesia. El silencio era sepulcral. —¿Papá? —llamé, con la voz temblorosa. Lo encontré en el despacho. El despacho donde, de niña, solía esconderme bajo su escritorio mientras él cerraba tratos millonarios. Ahora, ese mismo hombre, Arthur Moretti, estaba encorvado sobre una botella de whisky vacía. No había luz, solo el resplandor de la luna que entraba por el ventanal. —Llegas tarde para el brindis, Majorie —dijo él, sin mirarme. Su voz estaba rota, arrastrada por el alcohol. —¿De qué estás hablando? ¿Dónde está el servicio? He visto cajas en el vestíbulo, papá. ¿Qué está pasando? Él levantó la vista y el corazón se me cayó a los pies. Sus ojos, antes llenos de orgullo, estaban inyectados en sangre y nublados por el terror. No era solo la borrachera; era el miedo de un hombre que sabe que ha perdido la partida. —Se han ido todos —rió con amargura—. Les pagué hasta el último centavo y les dije que corrieran. Deberías hacer lo mismo. Se puso en pie, tambaleándose, y caminó hacia la pared donde colgaba un retrato de mi madre. Ella murió hace diez años, dejándome sola con un hombre que amaba más el riesgo que a su propia familia. —He cometido un error, hija. Un error de doce millones de euros. —¿Doce millones? —sentí un mareo súbito—. Pero la empresa... las inversiones en Londres... —No existen, Majorie. Todo se fue en una mala racha en los casinos clandestinos de Mykonos. El juego es una enfermedad, y yo soy un hombre terminal. Me acerqué a él, tratando de arrebatarle el vaso de la mano. —Venderemos la casa. Venderemos el yate. Podemos recuperarnos, siempre lo hacemos. —No —me gritó, haciéndome retroceder—. No es al banco a quien le debo, Majorie. Los bancos te quitan la casa. Esta gente... esta gente te quita la piel. Le debo a la familia Mavros. El nombre resonó en la habitación como una sentencia de muerte. Incluso yo, protegida en mi burbuja de cristal, conocía ese nombre. Los Mavros eran los dueños de Grecia. Se decía que controlaban cada puerto, cada barco y cada gramo de poder en el Mediterráneo. No eran empresarios; eran depredadores que usaban trajes de tres piezas. —Me dijeron que vendrían hoy —susurró mi padre, mirando hacia la ventana—. Dijeron que si no tenía el dinero para la medianoche, se cobrarían la deuda con intereses. De repente, el sonido de varios motores rugiendo interrumpió la noche. Luces blancas y potentes barrieron las paredes del despacho, cegándonos momentáneamente. Un escalofrío me recorrió la columna. Miré por la ventana y vi tres camionetas negras estacionadas en el césped perfectamente cortado. No eran vehículos de la policía. Eran tanques de guerra civiles. —Ya están aquí —dijo mi padre, y por primera vez en mi vida, lo vi sollozar como un niño. —Llama a la policía, papá. ¡Ahora! —grité, buscando mi teléfono, pero mis manos temblaban tanto que se me resbaló y cayó al suelo, la pantalla rompiéndose en mil pedazos. —La policía les pertenece a ellos, Majorie. Todos les pertenecen. La puerta principal de la mansión se abrió de golpe. No escuché una cerradura forzada, escuché madera astillándose. Pasos pesados empezaron a subir las escaleras. Eran rítmicos, lentos, cargados de una arrogancia absoluta. Mi respiración se volvió errática. Sentí que el aire se acababa en el despacho. —¡Escondete! —me ordenó mi padre, empujándome hacia el pequeño armario de licores tras el escritorio—. ¡Pase lo que pase, no salgas! Me encerró justo a tiempo. A través de la rendija de la puerta de madera tallada, vi cómo la puerta del despacho se abría. Entraron dos hombres inmensos, con trajes oscuros y expresiones vacías. Se hicieron a un lado, como si abrieran paso a la realeza. Entonces lo vi. No era un hombre mayor, como imaginaba. Era joven, quizás de unos treinta años. Su sola presencia parecía absorber la luz de la habitación. Tenía el cabello oscuro como el carbón y una mandíbula tan afilada que parecía tallada en piedra. Caminaba con una elegancia letal, cada paso medido, cada movimiento lleno de autoridad. Sus ojos eran lo peor: grises, metálicos, desprovistos de cualquier rastro de humanidad. Mavros. Se detuvo frente al escritorio de mi padre y se quitó los guantes de cuero negro, dejándolos sobre la madera con una calma exasperante. Mi padre estaba temblando tanto que el ruido de sus dientes castañeteando llegaba hasta mi escondite. —Arthur —dijo Mavros. Su voz era profunda, un barítono suave que me erizó los vellos de los brazos—. Me debes doce millones de euros. Y según mi reloj, la medianoche fue hace tres minutos. —Por favor... Mavros... dame una semana. Solo una semana —suplicó mi padre, cayendo de rodillas. Era patético verlo así, arrastrándose—. Tengo contactos, puedo conseguir el dinero. Mavros se inclinó sobre él, tomándolo por la solapa de su lujosa chaqueta con una fuerza que hizo que la tela se tensara. —Me cansé de tus contactos. Me cansé de tus mentiras. En mi mundo, las deudas se pagan con sangre o con activos. Y tú ya no tienes activos. Mavros levantó la vista y, por un segundo terrorífico, sus ojos parecieron clavarse directamente en la rendija donde yo estaba escondida. Contuve la respiración hasta que me ardieron los pulmones. No podía verme, era imposible. —A menos —continuó Mavros, soltando a mi padre con desprecio— que me entregues lo único que te queda de valor. —No sé de qué hablas —tartamudeó mi padre. Mavros sacó una fotografía de su bolsillo interior y la arrojó sobre el escritorio. Era una foto mía en la gala benéfica del mes pasado. Yo sonreía a la cámara, sin saber que un lobo ya me estaba marcando como su presa. —Majorie Moretti —dijo Mavros, pronunciando mi nombre como si fuera una golosina—. Una belleza de sangre pura. Educada en Suiza, virgen, sin escándalos. En el mercado adecuado, una mujer como ella vale exactamente doce millones. Quizás más si la entreno bien. —¡Es mi hija! —gritó mi padre, intentando levantarse. Uno de los guardaespaldas de Mavros lo golpeó en el estómago con la culata de un arma. Mi padre cayó al suelo, gimiendo de dolor. Quise salir, quise gritar, quise clavar mis uñas en la cara de ese monstruo, pero el terror me tenía paralizada. —Tú eliges, Arthur —dijo Mavros, caminando hacia la puerta del despacho—. O ella viene conmigo ahora mismo como mi propiedad personal para saldar tu deuda, o mis hombres te sacarán de aquí en una bolsa de basura. Tienes diez segundos. El silencio que siguió fue el más doloroso de mi vida. Esperé que mi padre dijera que no. Esperé que prefiriera morir antes que entregarme a un hombre así. —Llévatela —susurró mi padre entre sollozos, sin mirarme—. Llévatela y déjame en paz. El mundo se detuvo. Mi propio padre me había vendido. Mi propia sangre me había entregado a la boca del lobo por un puñado de monedas de juego. Mavros sonrió, pero no fue una sonrisa de alegría, sino la de un cazador que finalmente acorrala a su presa. Se giró hacia el armario donde yo estaba escondida. —Sal de ahí, Majorie —dijo con esa voz de seda y acero—. Ya escuchaste a tu padre. Ahora me perteneces. La puerta del armario se abrió de par en par. La luz me cegó. Mavros extendió su mano enguantada hacia mí, y supe, con una certeza desgarradora, que mi vida tal como la conocía había terminado. El precio de mi inocencia acababa de ser tasado, y el diablo había venido a cobrar.El olor a pergamino quemado y a azufre de alta tecnología se disipó bajo la llovizna implacable de la base naval de Clyde, dejando un rastro de ceniza negra flotando sobre los charcos de agua helada del dique seco. Frente a nosotros, los doce Patriarcas del Consejo General contemplaban sus manos vacías con la fijeza horrorizada de los monarcas que descubren que sus coronas se han derretido antes de que el verdugo levante el hacha. Las copias del Tratado de Cannes eran ahora costras de carbón flotando en el viento de Escocia. Al desviar el cien por ciento del lavado global de Byzantium directamente hacia las bóvedas de la banca privada de la Corona británica, la red profunda de Mayfair y los laboratorios de Marsella habían dejado de ser imperios independientes; la mafia internacional acababa de ser nacionalizada, devorada por el mismo Leviatán estatal que pretendía juzgarnos, transformando nuestra orden de captura en el secreto de Estado más valioso del Atlántico Norte.Permanecí de pi
El viento gélido de la costa escocesa barrió la superficie de la torreta de hierro del submarino con la fuerza de un látigo húmedo y cortante. Salí de la escotilla de escape vertical con los pulmones ardiendo por el aire puro del Mar del Norte, dejando atrás el olor a queroseno, cianuro y agua estancada que había convertido el vientre del Leviatán en nuestra penúltima fosa. El uniforme de confinamiento gris, empapado hasta las fibras, se adhería a mi cuerpo con la rigidez de una armadura barata. En mis brazos, Ligeia tiritaba sutilmente, envuelta en los jirones púrpura de mi falda que Spiros había logrado rescatar de las sentinas antes de que la compuerta hidráulica sellara el abismo.Al levantar la mirada hacia el hormigón gris del dique seco de Clyde, el mundo de las persecuciones invisibles y los algoritmos cuánticos se desvaneció de golpe para devolvernos al origen absoluto del poder. Allí, bajo la llovizna pertinaz de la mañana escocesa y blindados por un cordón de tiradores táct
El rugido de las aguas negras del mar del Norte irrumpiendo en la sección de proa del submarino nuclear sonó como el impacto de un mazo hidráulico contra las costillas de un gigante moribundo. El acero de la Marina Real británica, diseñado para soportar las presiones abisales del Atlántico, comenzó a gemir bajo el volumen de la inundación desatada por el sabotaje del agente del MI6, cuyo cuerpo sin vida yacía ahora sobre el aluminio ranurado de la celda de aislamiento, con los labios teñidos del azul violáceo del cianuro. Las luces de emergencia de la nave parpadearon de forma agónica antes de pasar del cobalto gubernamental a un resplandor ámbar intermitente que convertía el pasillo confinado en una galería de sombras movedizas. El aire artificial fue sustituido de inmediato por una ráfaga helada, húmeda y salina que calaba los huesos con la certeza del naufragio definitivo.Ajusté mis brazos alrededor de Ligeia, encajando su pequeño cuerpo contra el uniforme de confinamiento gris qu
El resplandor azul cobalto de la pantalla térmica de alta seguridad del MI6 proyectaba líneas geométricas sobre el metal de la mesa de aluminio, tiñendo el rostro del agente británico de una palidez cadavérica. En la esquina superior derecha del documento impreso, la transmisión de video satelital en tiempo real continuaba ejecutándose con una fluidez despiadada, mostrando las firmas térmicas de las lanchas de asalto que se deslizaban sin luces por las aguas heladas de la base naval de Clyde, en Escocia. Los Li Fonti de Marsella y los clanes supervivientes del Este no se habían replegado tras el colapso del buque hospital; habían movilizado a su ejército encubierto para interceptar el submarino nuclear antes de que el Almirantazgo de Londres pudiera blindar la secuencia de ADN de mi hija en los búnkeres del servicio secreto.Sostuve a Ligeia contra mi pecho con una firmeza desesperada, sintiendo el tejido tosco del uniforme de confinamiento gris rozar mi piel desintoxicada. El diamant
Último capítulo