El aire en la terraza de la mansión se sentía cargado, eléctrico, como si la tormenta que se gestaba en el horizonte hubiera decidido instalarse entre las columnas de mármol. Mis manos, envueltas en vendas nuevas gracias a la silenciosa Elpida, me recordaban con cada punzada de dolor que mi libertad era un sueño lejano. Pero el dolor físico no era nada comparado con el nudo de ansiedad que me apretaba la garganta. Mavros había anunciado una "visita de negocios". Y en su mundo, los negocios siem