Capítulo 8: Marcas de propiedad

El aire en la terraza de la mansión se sentía cargado, eléctrico, como si la tormenta que se gestaba en el horizonte hubiera decidido instalarse entre las columnas de mármol. Mis manos, envueltas en vendas nuevas gracias a la silenciosa Elpida, me recordaban con cada punzada de dolor que mi libertad era un sueño lejano. Pero el dolor físico no era nada comparado con el nudo de ansiedad que me apretaba la garganta. Mavros había anunciado una "visita de negocios". Y en su mundo, los negocios siempre olían a pólvora y ambición.

Me obligaron a usar un vestido de seda color esmeralda, de un corte tan perfecto que parecía una segunda piel. Mavros quería que brillara, pero no por mí, sino para demostrar su estatus. Yo era el diamante en su vitrina, la prueba viviente de que podía permitirse comprar lo que otros solo soñaban.

Cuando los invitados llegaron en un helicóptero privado, el ruido de las aspas me hizo encogerme. Se trataba de Dimitri Volkov, un magnate ruso con reputación de ser tan despiadado como el mismo Mavros, acompañado de un séquito de hombres que parecían salidos de una pesadilla.

La cena comenzó en un silencio tenso. Yo estaba sentada a la derecha de Mavros, sintiendo su calor irradiar hacia mí, una presencia constante y sofocante. Dimitri no dejó de mirarme desde que se sentó. Sus ojos, amarillentos y cargados de una lascivia sin filtros, recorrían mi escote y mis labios con una falta de respeto que me hacía querer desaparecer.

—Has hecho una adquisición interesante, Mavros —dijo Dimitri, cortando un trozo de carne con una lentitud deliberada—. Las noticias sobre la caída de los Moretti llegaron hasta Moscú, pero no mencionaron que el botín fuera tan... exquisito.

Mavros bebió un sorbo de su vino, sus dedos largos y fuertes apretando la copa con una calma que yo sabía que era falsa.

—Majorie no es un botín, Dimitri. Es un activo estratégico.

—Un activo que parece desperdiciado en esta isla —continuó el ruso, ignorando la advertencia en el tono de Mavros—. Necesito una mujer así para mis eventos en San Petersburgo. Tiene esa clase que no se compra en las calles. Te ofrezco quince millones por ella. Ahora mismo. Tres millones de ganancia por un par de semanas de uso... es un trato que un hombre inteligente no rechazaría.

El sonido de mi corazón martilleando en mis oídos era lo único que escuchaba. Quince millones. Mi vida seguía teniendo un precio de subasta. Miré a Mavros, esperando ver al hombre de negocios calculador, al hombre que me compró por doce millones y que ahora veía una oportunidad de lucro.

Pero lo que vi fue algo mucho más aterrador.

Mavros dejó la copa sobre la mesa. El cristal tintineó contra la madera, un sonido agudo que rompió la atmósfera. No se movió rápido. Se levantó con la parsimonia de un depredador que ya ha decidido dónde morder.

—Dimitri —dijo Mavros, su voz bajando a un registro tan profundo que me vibró en el pecho—, creo que no has entendido las reglas de mi casa.

—Solo es una oferta, amigo —rió Dimitri, aunque su sonrisa flaqueó cuando vio que los guardaespaldas de Mavros se tensaban—. Todo tiene un precio, ¿no? Especialmente una mujer vendida por su propio padre.

En un parpadeo, la silla de Mavros voló hacia atrás. Antes de que Dimitri pudiera reaccionar, Mavros se lanzó sobre la mesa, tirando platos y copas en un estrépito de porcelana rota. Sus manos se cerraron alrededor del cuello de Dimitri con la fuerza de una prensa hidráulica. Lo levantó de su silla, estampándolo contra una de las columnas de piedra de la terraza.

El estruendo fue brutal. Los hombres de Dimitri intentaron sacar sus armas, pero los sicarios de Mavros ya los tenían encañonados. Me puse en pie de un salto, retrocediendo hasta chocar con la barandilla, mis manos vendadas apretadas contra mi boca para no gritar. El dolor en mis palmas se disparó mientras apretaba los puños, pero no podía apartar la vista.

Mavros era un animal. Sus ojos grises habían desaparecido, reemplazados por una oscuridad absoluta, una rabia volcánica que nunca antes le había visto. Sus músculos se tensaban bajo la tela fina de su camisa mientras asfixiaba al ruso.

—Vuelve a ponerle precio —siseó Mavros, pegando su rostro al de Dimitri, cuya cara empezaba a tornarse de un color púrpura alarmante—. Vuelve a decir que es una mercancía que puedes usar. ¡DILO!

Dimitri intentó balbucear, sus manos arañando desesperadamente los antebrazos de Mavros, pero era como intentar mover una montaña. Mavros no era un hombre en ese momento; era una fuerza de destrucción pura.

—Escúchame bien, escoria —rugió Mavros, y su voz resonó por toda la isla—. Majorie no es una deuda. No es un objeto. No es una puta que puedas comprar con tus rublos ensangrentados. Ella es MI MUJER. Y el próximo que la mire con esos ojos, o que se atreva a poner su nombre en su boca sucia, no saldrá de esta isla en helicóptero, sino en una caja de madera.

El mundo pareció detenerse con esas palabras. Mi mujer.

Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa marina. No era una declaración de amor. Era una declaración de propiedad absoluta. Mucho más profunda y peligrosa que cualquier contrato que mi padre hubiera firmado. Me miró como si fuera su mujer, no como una prisionera, sino como una parte esencial de su imperio, de su carne, de su alma oscura. El terror que sentí fue nuevo, más agudo. No le temía solo a su violencia; le temía a la intensidad de esa posesión.

Mavros soltó a Dimitri, quien cayó al suelo tosiendo y jadeando, sujetándose la garganta destrozada. Mavros se ajustó los puños de la camisa con una calma escalofriante, como si acabara de ordenar un café en lugar de casi matar a un hombre con sus propias manos.

—Llévenselo de aquí —ordenó Mavros a sus guardias—. La reunión ha terminado. Y asegúrense de que Volkov entienda que si vuelve a pisar suelo griego, su familia recibirá sus orejas por correo.

Los hombres de Mavros arrastraron a Dimitri y a su gente hacia el helipuerto. El silencio que quedó en la terraza era ensordecedor, solo roto por el sonido de las olas y mi propia respiración errática. Me quedé allí, temblando, mirando las manchas de vino tinto en el suelo que parecían sangre bajo la luz de la luna.

Mavros se giró hacia mí. Sus ojos aún conservaban ese rastro de locura animal. Caminó hacia donde yo estaba. Retrocedí, pero la barandilla me atrapó. Él extendió la mano y, con una brusquedad que me hizo cerrar los ojos, me tomó por la nuca, obligándome a mirarlo.

—¿Me tienes miedo, Majorie? —preguntó, su pulgar acariciando mi mandíbula con una mezcla de violencia y ternura que me desconcertaba.

—Eres un monstruo —logré decir, aunque mi voz era apenas un hilo—. Casi lo matas...

—Lo habría matado si hubiera dicho una palabra más —respondió él, acercando su rostro al mío hasta que sentí su aliento caliente—. Nadie te toca. Nadie te tasa. Nadie te mira de esa forma. ¿Lo entiendes? Eres mía. No por una deuda, no por un papel. Eres mía porque yo lo he decidido.

Hundí mis uñas en mis palmas vendadas. El dolor físico era lo único que me impedía desmoronarme ante la intensidad de su mirada. La sangre empezó a manchar las vendas blancas una vez más, un recordatorio de mi lucha interna.

—No soy tu mujer, Mavros —siseé, intentando mantener la dignidad—. Soy tu prisionera. Me compraste.

Él sonrió, una sonrisa lenta y depredadora que me hizo temblar hasta los huesos. Se inclinó y besó el vendaje de mi mano derecha, justo donde el rojo de la sangre era más brillante. El gesto fue tan íntimo, tan cargado de una devoción enferma, que sentí un mareo súbito.

—Puedes decirte eso todas las noches si te ayuda a dormir —susurró contra mi oído—. Pero después de lo que viste hoy, sabes la verdad. No te protejo porque seas una inversión. Te protejo porque eres mi posesión más preciada. Y voy a destruir a cualquiera que intente alejarte de mi lado, empezando por ese orgullo que tanto te empeñas en proteger.

Me soltó y caminó hacia la entrada de la mansión, dejándome sola en la terraza devastada. Miré mis manos. El blanco de las vendas estaba ahora marcado por mi propia sangre y por el rastro invisible de sus labios.

Sentí un vacío inmenso en el estómago. Verlo defender de esa forma su "propiedad" me había mostrado el verdadero alcance de su poder. Mavros no era solo el jefe de la mafia; era un hombre obsesivo que acababa de decidir que yo era su mundo. Y en su mundo, no había espacio para la libertad, solo para la pertenencia absoluta.

Me dejé caer en una de las sillas que aún quedaban en pie, abrazándome a mí misma. El dolor en mis manos era constante, pero el miedo que sentía ahora era mucho más profundo. Había visto al animal que vivía dentro de Mavros, el animal que me llamaba "su mujer". Y lo más aterrador de todo no fue su violencia contra Dimitri... fue la chispa de traición en mi propio cuerpo, que había respondido a su protección con un estallido de adrenalina que no pude controlar.

La princesa Moretti estaba desapareciendo bajo las capas de seda verde y vendas ensangrentadas. Estaba en el corazón de la bestia, y por primera vez, comprendí que no importaba cuántas veces intentara escapar. Mavros me había marcado con algo más fuerte que un contrato. Me había marcado con su sombra. Y esa sombra me perseguiría hasta que no quedara nada de mí, excepto lo que él permitiera existir.

Cerré los ojos, escuchando el rugido del helicóptero alejándose, y me pregunté cuánto tiempo pasaría antes de que el dolor en mis manos dejara de ser por la resistencia y empezara a ser por la desesperación de querer que él volviera a tocarme, aunque fuera para recordarme que le pertenecía. El juego había cambiado. Ya no era una cuestión de dinero. Era una cuestión de supervivencia del alma. Y en esa isla de mármol y sangre, el alma era lo más barato que se podía vender.

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