El sol apenas se filtraba por las contraventanas de la villa de Amalfi cuando el sonido del llanto de Leonidas nos arrancó del sueño. No había sirenas, no había hombres armados golpeando las puertas, y por un segundo que pareció una eternidad, el mundo real dejó de ser una zona de guerra. Era el día que nos habíamos prometido. Una tregua de veinticuatro horas antes de que la trampa que le habíamos tendido a los hombres de Lorenzo en Grecia se cerrara por completo. Mavros se incorporó lentamente