El olor a lluvia y a piedra húmeda en la costa de Amalfi era un contraste brutal con la luz cegadora de Kythira, pero el aire frío que bajaba de las montañas era exactamente lo que necesitábamos para mantener la mente despejada. Habíamos dejado a los gemelos bajo la vigilancia de Spiros y un batallón de hombres de confianza en la villa griega, mientras Mavros y yo cruzábamos el Mediterráneo en plena noche a bordo del Mavros III. El informe genético de Zúrich había sido quemado, pero las cenizas