Capítulo 10: La reina de hielo

Atenas no era el refugio de historia y cultura que yo había imaginado en mis libros de escuela. Desde la ventanilla del helicóptero, la ciudad se extendía como una mancha de concreto y mármol bajo un sol implacable. Pero para mí, Atenas era el siguiente círculo del infierno. El viaje desde la isla había sido silencioso. Mavros no volvió a mencionar el momento en el diván, ni el beso en mis palmas heridas, pero su presencia se sentía más pesada que nunca. Sus ojos grises, fijos en el horizonte, parecían estar calculando cada movimiento de una partida de ajedrez en la que yo era la pieza más frágil.

Aterrizamos en una propiedad masiva en las afueras, una fortaleza neoclásica rodeada de cipreses y hombres con rifles de asalto. Al bajar, el aire caliente me golpeó la cara, pero un escalofrío me recorrió la columna en cuanto vi a la mujer que nos esperaba en la escalinata de mármol.

Era alta, de una elegancia gélida y con el cabello rubio ceniza recogido en un moño tan apretado que parecía dolerle. Sus ojos eran del mismo gris que los de Mavros, pero sin el fuego. Eran ojos de ceniza.

—Madre —dijo Mavros. Su voz, usualmente cargada de autoridad, sonó plana, desprovista de cualquier rastro de afecto.

—Mavros —respondió ella, ignorándolo por completo para clavar su mirada en mí—. Así que esta es la famosa "deuda" de la que todo el mundo habla. La hija del hombre que arruinó los casinos de Mykonos.

Me tensé, sintiendo cómo mis manos vendadas empezaban a sudar bajo la tela. La mirada de Katarina Kyriakos era como un escáner que buscaba cada una de mis debilidades. Me sentí pequeña, sucia y fuera de lugar con mi vestido de seda verde que aún conservaba, en mi mente, el rastro de la sangre de la noche anterior.

—Se llama Majorie —corrigió Mavros, colocándose a mi lado. No me tocó, pero su cercanía era un escudo invisible—. Y no es una invitada para que la juzgues, Katarina. Está bajo mi protección personal.

Katarina soltó una risa corta, un sonido que no tenía nada que ver con la alegría.

—¿Protección? ¿O una obsesión cara? He oído lo que pasó con el ruso Volkov. Has arriesgado una ruta de suministro por una mujer que no vale ni la mitad de lo que te debe su padre. Los Kyriakos no nos movemos por impulsos, Mavros. Tu abuelo se avergonzaría de ver cómo pierdes la cabeza por una cara bonita.

—Mi abuelo está muerto. Y yo soy quien lleva la corona ahora —respondió Mavros, y el aire alrededor de ellos pareció congelarse—. Entra, Majorie.

Caminé hacia el interior, sintiendo el peso de la mirada de esa mujer en mi espalda. La mansión era un mausoleo de lujo. Estatuas antiguas, tapices que costaban fortunas y un silencio que oprimía el pecho. Mavros me guio hacia un salón privado mientras su madre se quedaba atrás, impartiendo órdenes a los sirvientes como si fueran soldados.

Una vez que estuvimos solos, Mavros se desabrochó el botón de su chaqueta y caminó hacia el mueble bar. Se sirvió un whisky doble, ignorando las normas de cortesía.

—No le hagas caso —dijo, de espaldas a mí—. Mi madre ve el mundo en términos de pérdidas y ganancias. Para ella, tú eres una pérdida.

—¿Y para ti qué soy, Mavros? —pregunté, acercándome un paso—. Tu madre tiene razón en algo. Has puesto a mucha gente en tu contra por tenerme aquí. ¿Por qué? Si no me quieres por el dinero, y dices que no me quieres para tu cama... ¿qué es esto?

Mavros se giró, con el vaso de cristal en la mano. Su rostro era una máscara de hierro.

—Es control, Majorie. Algo que mi madre nunca ha podido tener sobre mí, y algo que tú todavía estás intentando entender.

—No la quieres —afirmé, dándome cuenta de la frialdad absoluta que emanaba de él cuando ella estaba cerca—. No hay ni un gramo de amor entre ustedes. ¿Por qué me traes aquí si la odias?

Mavros dejó el vaso con un golpe seco. Caminó hacia mí, acortando la distancia hasta que pude ver las motas de plata en su iris.

—La traigo aquí porque Atenas es peligrosa, y esta es la casa más segura de Grecia. Y respecto a mi madre... el amor es una debilidad que los Kyriakos no nos permitimos. Ella me enseñó eso de la forma más dura posible. Algún día entenderás que estar rodeada de gente que te odia es más seguro que estar rodeada de gente que dice amarte. Mira a tu padre.

El golpe fue directo al corazón. Retrocedí, sintiendo el escozor de las lágrimas. Él siempre sabía dónde golpear para recordarme mi realidad.

—No vuelvas a mencionar a mi padre —siseé.

—Lo mencionaré cada vez que olvides que yo soy el único que te mantiene respirando —respondió él, tomándome de la barbilla con una brusquedad que ya no me asustaba tanto como antes, pero que seguía acelerando mi pulso—. Ahora, prepárate. Esta noche hay una recepción. Vendrán los patriarcas de las familias. Mi madre intentará humillarte en cada palabra. No se lo permitas.

—¿Cómo quieres que lo haga si ni siquiera puedo hablar sin tu permiso? —pregunté con amargura.

—Usa el orgullo que te queda. Muéstrales que, aunque seas una deuda, eres una Moretti. Y sobre todo, muéstrales que eres MÍA.

Mavros salió de la habitación, dejándome sola en la inmensidad del salón. Me senté en un sofá de terciopelo, mirando mis manos vendadas. Ya no sangraban, pero el dolor interno era mucho más difícil de curar. Estaba en la guarida del lobo, y ahora acababa de conocer a la loba que lo había amamantado con veneno.

La tarde pasó como un borrón. Elpida y otras tres mujeres me prepararon para la noche. Esta vez, el vestido era de un negro absoluto, con encajes que subían por mi cuello como enredaderas. Me pusieron joyas que pesaban tanto como mis pecados. Pero lo más difícil fue enfrentar a Katarina de nuevo en el gran salón de baile.

La recepción estaba llena de hombres con trajes oscuros y mujeres con rostros operados que me miraban como si fuera una atracción de circo. Katarina se acercó a mí mientras Mavros hablaba con un grupo de hombres en una esquina.

—¿Sabes cuánto tiempo duran las mujeres como tú en esta familia? —susurró Katarina al pasar a mi lado, deteniéndose lo suficiente para que solo yo la escuchara—. Unos meses. Hasta que Mavros encuentra un juguete nuevo o hasta que la deuda deja de ser entretenida. No te sientas especial, niña. Mi hijo no tiene corazón. Él mismo lo arrancó de su pecho para que nadie pudiera usarlo en su contra.

Hundí mis uñas en mis palmas, buscando ese ancla de dolor que me mantenía cuerda. Pero esta vez, recordé las palabras de Mavros: No vuelvas a lastimarte. Por un segundo, su voz en mi mente fue más fuerte que el veneno de su madre. Relajé las manos.

—Quizás —dije, mirando a Katarina directamente a los ojos, con una frialdad que me sorprendió a mí misma—, pero al menos él me eligió. A usted parece que solo tiene que soportarla por el apellido.

La cara de Katarina se transformó en una máscara de furia contenida. Sus ojos se entrecerraron y por un momento creí que me abofetearía allí mismo.

—Eres valiente para ser una mercancía —siseó ella.

—Soy lo que su hijo decidió que fuera —respondí, dándome cuenta de que, por primera vez, usar la "propiedad" de Mavros como escudo funcionaba—. Y si tiene algún problema con eso, le sugiero que se lo diga a él.

Mavros apareció detrás de mí en ese instante. No había escuchado la conversación, pero sintió la tensión en el aire. Puso su mano firmemente en la pequeña de mi espalda, un gesto de posesión que esta vez agradecí internamente.

—¿Pasa algo, madre? —preguntó Mavros, su tono era una advertencia clara.

—Nada, Mavros —respondió ella, recuperando su compostura de hielo—. Solo le explicaba a tu... protegida... las tradiciones de nuestra casa.

—Las tradiciones están cambiando —sentenció Mavros—. Y tú ya no eres quien las dicta. Vamos, Majorie.

Me llevó hacia el centro del salón, obligándome a bailar con él. Mientras nos movíamos al ritmo de una música lenta y oscura, sentí su mirada fija en mí.

—Te defendiste —dijo él, y pude jurar que había un rastro de orgullo en su voz—. Te dije que eras una alumna aplicada.

—Solo seguí tus órdenes —mentí, aunque mi corazón se aceleraba cada vez que nuestras pieles se rozaban—. Pero no entiendo por qué ella te odia tanto. Y por qué tú permites que viva bajo tu techo si la detestas.

Mavros me apretó más contra él, sus manos grandes y cálidas dominando mis movimientos.

—Porque en la mafia, Majorie, a los enemigos se los tiene cerca. Pero a la familia... a la familia se la tiene bajo vigilancia constante. Mi madre es una serpiente, pero es mi serpiente. Y nadie, absolutamente nadie, la toca mientras yo no lo ordene.

Lo miré a los ojos y vi la soledad profunda que se escondía tras su fachada de poder. Mavros no quería a nadie, y nadie lo quería a él. Vivía en un mundo de oro y sangre donde la única conexión real que tenía era un contrato de deuda conmigo. Y en ese momento, rodeada de gente que nos odiaba a ambos, sentí una extraña y retorcida empatía por mi captor.

El baile terminó, pero él no me soltó. Me llevó hacia la terraza que daba a las luces de Atenas.

—Esta ciudad será tuya si aprendes a jugar tus cartas, Majorie —susurró contra mi oído—. Pero para eso, tienes que dejar de ser la víctima. Tienes que empezar a ser la reina de mi oscuridad.

Cerré los ojos, sintiendo el aroma de su perfume y el calor de su cuerpo. La princesa de Nueva York se sentía como un recuerdo borroso de otra vida. Aquí, bajo el cielo de Grecia y el peso de los diamantes, estaba naciendo algo nuevo. No sabía si era amor, síndrome de Estocolmo o simplemente instinto de supervivencia, pero mientras Mavros me sujetaba con fuerza, supe que mi destino ya no estaba en manos de mi padre, ni de la justicia, ni de Dios. Mi destino era él.

—Dime —susurré, levantando la vista hacia él—. ¿Qué es lo siguiente que quieres que haga?

Mavros sonrió, y esta vez, fue una sonrisa que me quemó por dentro.

—Mañana, Majorie, vas a conocer el verdadero significado de la palabra sacrificio. Porque para que yo te proteja de mi madre y del mundo, vas a tener que entregarme lo último que te queda de orgullo.

Se alejó, dejándome allí, bajo las estrellas de Atenas, con el corazón latiendo tan fuerte que dolía. Sabía que lo que venía sería peor que la cocina, peor que los sicarios y peor que su madre. Pero por primera vez, no quería huir. Quería ver hasta dónde podía llegar este fuego antes de consumirnos a los dos.

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