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Capítulo 4: Humillación de sangre azul

El amanecer en las islas griegas es una burla de colores brillantes para alguien que vive una pesadilla. No dormí. Pasé la noche sentada en el suelo de mármol, vigilando la puerta como si mi mirada pudiera mantener fuera al monstruo. Pero a las seis de la mañana, el cerrojo electrónico chilló y la mujer de rostro severo, cuyo nombre descubrí que era Elpida, entró sin llamar.

—Levántate. El señor Kyriakos no tolera la pereza —dijo, lanzándome un uniforme de algodón tosco y gris sobre la cama.

Miré la prenda con asco. Era un vestido sencillo, carente de forma, el tipo de ropa que usaría alguien invisible. Comparado con la seda que solía rozar mi piel, esto se sentía como papel de lija.

—No voy a ponerme eso —dije, tratando de rescatar un gramo de la Majorie que mandaba en Nueva York.

Elpida no discutió. Se limitó a sacar un teléfono y mostrarme una foto en tiempo real. Era mi padre, sentado en un banco de un parque en Manhattan, con un hombre de traje oscuro parado justo detrás de él, con la mano dentro de la chaqueta.

—Tienes cinco minutos para vestirte, o la orden de ejecución se dará antes de que termine tu café —sentenció ella con una frialdad mecánica.

El aire se me escapó de los pulmones. Con los dedos entumecidos y lágrimas de rabia quemándome los ojos, me puse el uniforme gris. Me quedaba grande, ocultando mis curvas, convirtiéndome en una sombra. Me obligaron a recogerme el cabello en una coleta tirante y me escoltaron hacia el ala este de la mansión, donde el lujo se transformaba en funcionalidad: la zona de oficinas de Mavros.

Cuando entré, el corazón se me detuvo. No estábamos solos. Mavros estaba sentado tras un escritorio de obsidiana, rodeado por cinco hombres de aspecto peligroso. Reconocí a algunos de la noche del secuestro; otros tenían cicatrices que contaban historias de guerras de poder. El humo de los habanos flotaba en el aire, creando una atmósfera densa y masculina.

Mavros levantó la vista. No llevaba traje hoy, sino una camisa negra desabrochada en el cuello que dejaba ver el inicio de un tatuaje en su clavícula. Se veía devastadoramente guapo y letal.

—Llegas tarde, Majorie —dijo, dejando unos documentos sobre la mesa. Su mirada recorrió mi uniforme gris con una satisfacción evidente—. Te ves mucho más... adecuada para tu nueva posición.

Los hombres a su alrededor soltaron risitas burlonas. Uno de ellos, un tipo gordo con un anillo de oro masivo, me miró de arriba abajo con una lascivia que me revolvió el estómago.

—¿Esta es la princesa de los doce millones, Mavros? —preguntó el hombre—. Parece una rata de alcantarilla con ese trapo gris. ¿Seguro que vale lo que pagaste?

—Vale cada centavo, Kostas —respondió Mavros, sin apartar los ojos de los míos—. Porque no hay nada más placentero que ver a alguien que lo tuvo todo, perder hasta el nombre.

Mavros señaló una bandeja de plata que estaba sobre una mesa auxiliar. Tenía una cafetera, tazas de porcelana fina y varios cuencos con frutas.

—Sirve a mis invitados —ordenó con voz de seda—. Y hazlo con elegancia. Al fin y al cabo, fuiste educada en los mejores internados de Suiza para ser una anfitriona perfecta, ¿no?

Me quedé paralizada. El nivel de humillación era insoportable. Me estaba obligando a ser la sirvienta de sus sicarios, de los hombres que ayudaron a destruirme. Quise gritarle que se fuera al infierno, pero la imagen de mi padre en aquel banco volvió a mi mente.

Caminé hacia la bandeja con las piernas temblorosas. Tomé la cafetera caliente. El peso del metal me recordaba que esto no era un sueño. Me acerqué al primer hombre, Kostas.

—Sin azúcar, muñeca —dijo él, extendiendo su taza. Cuando terminé de servirle, pasó su mano por mi cadera.

Me tensé tanto que casi dejo caer la cafetera. Miré a Mavros buscando alguna señal de que detendría aquello, pero él solo observaba, apoyando la barbilla en su mano, disfrutando de mi degradación.

—¿Qué pasa, Majorie? —preguntó Mavros con fingida curiosidad—. ¿No te enseñaron a decir "de nada" cuando alguien te toca?

—Enséñale modales, Mavros —se rió otro de los hombres—. O déjamela una noche. Yo le quito esa cara de asco en un par de horas.

La rabia explotó dentro de mí. Al llegar frente a Mavros para servirle su taza, mi pulso falló a propósito. O quizás fue el subconsciente. El café hirviendo saltó de la jarra, manchando la superficie de su escritorio de obsidiana y salpicando el dorso de su mano.

El silencio que siguió fue absoluto. El aire en la habitación se volvió gélido. Los otros hombres dejaron de reír. Kostas palideció. Nadie le hacía eso a Mavros Kyriakos y vivía para contarlo.

Mavros no gritó. Ni siquiera se movió bruscamente. Miró la mancha de café en su mano, luego miró el escritorio arruinado, y finalmente levantó la vista hacia mí. Sus ojos grises no estaban llenos de furia, sino de algo mucho más oscuro: una promesa de castigo.

—Fuera —dijo Mavros a sus hombres, sin apartar la mirada de la mía.

—Pero Mavros, el negocio del puerto... —empezó Kostas.

—¡HE DICHO QUE FUERA! —rugió él.

Los hombres salieron en estampida, cerrando la puerta tras de sí. Me quedé sola con él en la inmensa oficina. El ruido del mar golpeando contra los cristales parecía un tambor de guerra.

Mavros se puso en pie lentamente. Rodeó el escritorio, caminando hacia mí con la gracia de un depredador que ya tiene a su presa en el rincón. Retrocedí hasta que mis talones chocaron con la pared. Él se detuvo a escasos centímetros, atrapándome entre sus brazos apoyados en el muro.

—¿Crees que eres valiente, Majorie? —susurró, su aliento rozando mi oreja—. ¿Crees que un pequeño acto de rebeldía te va a devolver tu poder?

—Solo fue un accidente —mentí, aunque mis ojos le gritaban que lo había hecho a propósito.

Mavros me tomó de la mandíbula con una fuerza que me hizo jadear. Sus dedos se hundieron en mis mejillas, obligándome a abrir la boca ligeramente.

—A mí no me mientas. Te gusta jugar con fuego, pero no te das cuenta de que yo soy el incendio —bajó la mirada a mis labios y sentí una oleada de calor y terror que me recorrió el cuerpo—. ¿Quieres ser tratada como una sirvienta? Bien. Pero las sirvientas que cometen errores en esta casa pagan con algo más que disculpas.

—¿Qué vas a hacer? —pregunté, con la voz quebrada—. ¿Vas a matarme? Hazlo de una vez. Prefiero morir que estar bajo tu mando.

Mavros soltó una risa baja y peligrosa.

—Morir es demasiado fácil. Y yo todavía no me he divertido lo suficiente contigo. Has arruinado mi escritorio y has interrumpido mi reunión. Ahora vas a limpiar este desastre. Con tus manos. Y después, vas a pasar el resto del día en la cocina, ayudando a Elpida con el pescado.

—¡Huele a podrido! —protesté, pensando en el olor visceral del pescado fresco en el puerto.

—Exacto. Un olor que se te pegará a la piel y te recordará cada segundo quién eres ahora. Eres la mujer que limpia mis suelos. Eres la mujer que sirve a mis hombres. Y si vuelves a desafiarme delante de ellos, Majorie... —se acercó tanto que nuestras narices se rozaron— te juro que te haré servirles algo más que café. Y no será en una taza.

El asco y la humillación me golpearon con tanta fuerza que sentí ganas de llorar, pero me obligué a tragarme las lágrimas. No le daría el placer de verme quebrada. No todavía.

—Limpia —ordenó, soltándome bruscamente.

Me arrodillé en el suelo. Tuve que usar el dobladillo de mi uniforme gris para secar el café del escritorio mientras él se sentaba de nuevo y me observaba como si fuera un bicho molesto. Cada segundo que pasaba de rodillas a sus pies era una puñalada en mi orgullo. Al terminar, mis manos estaban manchadas y mi dignidad hecha jirones.

—Ahora ve a la cocina —dijo sin mirarme, retomando sus papeles—. Y Majorie... recuerda que tu padre sigue en ese banco. Un solo error más, y la foto que verás mañana será muy distinta.

Salí de la oficina corriendo, con el pecho agitado. Crucé los pasillos de mármol sintiendo las miradas de los guardias. Al llegar a la cocina, el olor a pescado y especias me golpeó. Elpida me esperaba con un cuchillo largo y una pila de pargos rojos que debían ser limpiados.

—Empieza —dijo ella, señalando las escamas.

Pasé las siguientes ocho horas raspando escamas, cortando vísceras y lavando suelos. Mis manos, que antes solo conocían manicuras caras y guantes de seda, ahora estaban cortadas, rojas y oliendo a muerte. Me dolía la espalda, me ardían los ojos, pero lo peor era el vacío en mi estómago. No me habían permitido comer nada desde que llegué a la isla.

Al caer la noche, estaba exhausta, físicamente rota. Elpida me llevó de vuelta a mi habitación y cerró la puerta. Me metí en la ducha, frotando mi piel hasta que se puso roja, tratando de quitarme el olor de Mavros y el olor del fracaso.

Me puse el camisón de seda que habían dejado para la noche. Era una burla; me trataban como a una pordiosera de día y me vestían como a una reina de noche. Me acosté en la cama, gimiendo de dolor.

Justo cuando estaba por cerrar los ojos, la puerta se abrió. No era Elpida.

Era Mavros.

Se había cambiado de ropa y llevaba una bata de seda negra. Entró en la habitación con una confianza aterradora y se sentó en el borde de mi cama. La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando su rostro como el de un ángel caído.

—He venido a ver si habías aprendido la lección —dijo, estirando la mano para tocar un mechón de mi cabello húmedo.

Me alejé de él, encogiéndome contra el cabecero.

—Déjame en paz. Ya he hecho todo lo que me pediste.

Mavros sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Esto es solo el principio, Majorie. El contrato de tu padre decía que me perteneces hasta que la deuda sea pagada. Y con el ritmo que llevas... vas a estar aquí mucho, mucho tiempo.

Se inclinó hacia mí, atrapándome contra la almohada. Por un segundo, creí que me besaría, y lo peor de todo es que mi corazón se aceleró de una forma que no era solo miedo. Había algo en su oscuridad que me atraía hacia el abismo.

—Dulces sueños, muñeca —susurró.

Se levantó y salió, cerrando la puerta con llave. Me quedé temblando, odiándolo más que nunca, pero dándome cuenta de que la verdadera guerra no estaba en la cocina ni en la oficina... estaba en la forma en que él me miraba, como si supiera que, tarde o temprano, yo misma le entregaría las llaves de mi prisión.

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