El mar Jónico se extendía ante nosotros como un manto de zafiros líquidos, infinito y sereno, ocultando bajo su superficie los secretos de civilizaciones que habían nacido y muerto por la ambición. Nuestra llegada a Kythira Privée, la isla privada de la familia Kyriakos, no fue una huida; fue un regreso triunfal. Habíamos dejado atrás las cenizas del búnker de la CIA en Nueva York y el orgullo herido de los Saboya en Roma. En mi mano, ya no sentía el peso del contrato de esclavitud, sino el cal