Mundo de ficçãoIniciar sessãoEvangeline Russell lo perdió todo cuando los Moretti asesinaron a su familia. Incluso la fe en la justicia. Pero cuando descubre que existe una grabación capaz de llevar a los culpables ante la ley, el destino le ofrece una pizca de esperanza. Hay un solo problema: la prueba está en manos de Cipriano Grimaldi, un hombre que ha tomado el control de Italia desde las sombras. Nadie lo ha visto, pero todos conocen su nombre, su crueldad, su poder. En medio de su investigación, se cruza con un hombre de 1,90m, ojos dorados y una presencia que encarna el pecado mismo. Tan tentador como peligroso. —Me han drogado con un afrodisíaco y tú me ayudarás a resolver este problema. Lo que comenzó como una simple frase terminó en una noche de pasión que entrelazaría sus vidas para siempre. Lo que no esperaba era despertar a la mañana siguiente esposada a la cama, con la acusación de que fue ella quien lo drogó. Las cosas parecían ir mal, pero cuando él decidió desaparecer, descubrió la peor de las verdades: el hombre que la reclamó como suya la noche anterior y se marchó sin remordimiento esa mañana era Cipriano Grimaldi.
Ler maisJamás imaginé que dedicaría mi vida a la venganza, que arriesgaría mi propio pellejo para conseguir justicia para mi padre y mi hermana. Pero aquí estaba, corriendo por los pasillos del hotel más lujoso de la ciudad, con un vestido que no me pertenecía y unos tacones que no eran de mi talla.
Hace unos años era una joven común y corriente, escogiendo universidades; hoy, me encontraba huyendo de la segunda familia más peligrosa del país. Presioné el botón del elevador una y otra vez, pero tardaba demasiado. En estos momentos, cada segundo contaba. Los Moretti me habían descubierto espiando a través de la puerta de su habitación de hotel. Bueno, casi, ya que solo escucharon un ruido, pero fue suficiente para que mandarán a varios de sus hombres a seguirme. —¡Maldita sea! —Me quejé, con el corazón latiendo con fuerza contra mis costillas. Corrí a las escaleras de emergencia, bajando rápidamente con mis piernas temblorosas. A pocos escalones del décimo piso, mi tacón se rompió y rodé, mi espalda impactando contra la pared. El aire abandonó mis pulmones y el golpe fue seco, directo a mis costillas. Pero no tenía tiempo de lamentarme, ni de retorcerme. La adrenalina había tomado por completo el control de mi cuerpo. No sentí dolor alguno al ponerme de pie. La necesidad de sobrevivir era más fuerte. Estaba tan cerca de vengar a mi familia. No sólo me estaban siguiendo por haberlos espiado, sino por la conversación que escuché. Existía una grabación que demostraba la culpabilidad de esa familia en el caso de mi padre. Después de tanto sacrificio, de tantas lágrimas, por fin mi padre recibiría justicia. El único problema era que la grabación estaba bajo el poder de Cipriano Grimaldi. Y si alguien daba más miedo que los Moretti, era ese hombre. Todos en la ciudad, en el país, en el malditø continente conocían ese nombre. Un hombre que llevaba sobre sus hombros el legado de generaciones de Grimaldi, controlando Italia a través de las sombras mientras que los ciudadanos fingían que el verdadero control lo tenía el presidente. Y ahora me correspondía a mí encontrarlo, enfrentar a ese hombre cuyo nombre lograba que los policías retrocedieran. —¡Creo que la vi! ¡Es una mujer! —gritaron desde el piso superior. ¡Me encontraron! No podía seguir bajando las escaleras con el tacón destrozado. Abrí la puerta del décimo piso, mi pecho subía y bajaba a una velocidad abismal, tratando de que mis pulmones funcionarán correctamente. Pero en lugar de ser recibida por el pasillo, choqué contra un torso duro y definido. Mi rostro enterrándose en su camisa blanca. Un olor amaderado y masculino inundó mis fosas nasales, embriagándome. Al subir la mirada, me encontré con unos ojos fuera de este mundo. Brillaban con intensidad, con una mezcla que combinaba el marrón y el dorado. Pero al mismo tiempo, revelaban una profunda oscuridad. ¿Era posible que existieran unos ojos como los suyos? Su rostro era dolorosamente armonioso y masculino, con una mandíbula marcada y el puente de la nariz definido. Era como el pecado encarnado. —Perdón —jadeé, recordando que no era momento de perderme en el atractivo de ese hombre. Las piernas me temblaban y el tobillo comenzó a molestarme, pero no podía detenerme. Hice el ademán de alejarme, pero una mano grande y caliente se cerró alrededor de mi muñeca. No fue violento, mas si firme. —No —dijo él, con una voz grave y autoritaria, aunque en ese momento sonaba extrañamente inestable. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal al notar su mirada hambrienta sobre mí—. No te vas. —Suéltame —dije instintivamente, sintiendo una ligera inquietud. El miedo me carcomía los huesos mientras escuchaba los pasos fuertes de las escaleras. «Me descubrirían y sería por culpa de este guapo y temible italiano» —Por favor —supliqué, forcejeando inútilmente. No me soltaba—. Necesito esconderme. Me están persiguiendo. —Puedo hacerlo, pero con una condición. Frunció el ceño; su respiración se volvió más agitada, como si ya no pudiera soportarlo más. Me acorraló contra la pared, junto a la puerta de emergencia. Y sin decir una palabra, sus labios cayeron sobre los míos, exigentes. Su sabor era dulce, una mezcla de whisky y… ¿cerezas? Su lengua dominante buscaba jugar con la mía. Me sentía mareada, perdida, con el calor bajando por mi vientre, concentrándose en mi zona sensible. Mi cuerpo me traicionó. Debería estar corriendo, huyendo. En su lugar, estaba permitiendo que este desconocido me tomara en medio del pasillo, con sus manos presionando partes de mi cuerpo que estaban prohibidas, donde ningún hombre me había tocado antes. La sensación que cubría mi piel era placentera y me derretía. Estúpidamente me estaba derritiendo por este hombre que parecía fuera de si, como un animal salvaje que buscaba saciar sus más bajo instintos. La puerta de emergencia se abrió con fuerza, recordándome que mi vida estaba en peligro. —¡Ahí está! —gritó uno de los hombres. Me sobresalté, mi pecho subiendo y bajando a un ritmo acelerado. El corazón me dio un vuelco. El desconocido separó sus labios de los míos, solo un milímetro. Pasó la punta de su lengua por mis labios hinchados, como si mi sabor fuera irresistible. Giró su cuello en dirección a los hombres armados, manteniéndome atrapada con su cuerpo, prohibiéndome escapar. Intenté liberarme, pero el hombre frente a mí solo me aprisionó más contra su cuerpo. Su calidez envolviéndome. No… era algo que iba más allá de la calidez normal del cuerpo humano. Su piel parecía arder. —Usted es… —Pude escuchar la voz de uno de los guardias de Moretti, pero no fui capaz de mirarlo porque el desconocido me lo impedía. —Mía —declaró, posesivo. Una de sus manos bajó por mi pierna, causándome escalofríos. Cerró sus cinco dedos en mi delicada piel, como si fuera una presa recién capturada—. Lárguense No entendía como mi cuerpo podía reaccionar de esa forma en una situación semejante. —No, esa mujer debe presentarse ante el señor Moretti… El hombre gruñó, tomando las palabras de aquellos maleantes como una amenaza de apartarme de él. No lograba comprender lo que pasaba. Estuve a punto de ser capturada por los Moretti y ahora me encontraba atrapada en el torso de un desconocido que se negaba a dejarme libre. Notaba su respiración errática, como si en cualquier momento fuera a perder el control. —La próxima palabra que digan —habló con los dientes apretados, su mirada oscurecida cayó nuevamente sobre mí—. La pagarán con su lengua… o con la de su jefe. La amenaza atravesó mi columna vertebral. No iba dirigida a mí, pero pude ver en su mirada que no mentía. Ignorando aquellos hombres, llevó su nariz a mi cabello, inhalando profundamente. —Hueles exquisito. Tomándome desprevenida, pasó sus manos por la parte posterior de mis muslos y me levantó. Sin más, se marchó, conmigo sobre su hombro. No dije ni una palabra, porque a pesar de que esto fuera una completa locura, me estaba sacando de un gran aprieto. Una vez nos alejamos, me introdujo en una habitación oscura, arrojándome sobre la cama y montándose encima de mí. El calor emanando de su cuerpo. Tragué saliva. —¿Qué… qué crees qué haces? —Ayúdame —Tomó mi muñeca nuevamente, llevándola a sus pantalones. Agrandé los ojos al darme cuenta de la peligrosa erección—. La loca de la familia Moretti me dio un afrodisíaco, pero tú me ayudarás a resolver este pequeño problema. Se refería a… ¿Silvia Moretti? La hija del hombre que arruinó a mi familia. Pero… ¿Qué tenía qué ver este hombre con esa familia de desquiciados? Suspiré, sintiendo su firmeza. Las mejillas me ardieron y el calor se acumuló en mi vientre. No respondí y eso fue todo lo que necesitó para atacarme. Sus manos deshaciéndose de mi ropa y sus labios recorriendo mi piel. Nunca había tenido intimidad con ningún hombre, y hace tres años, dejé de sentir cualquier emoción que no fuera el odio hacia los Moretti. Creí que algo dentro de mí había muerto. Sin embargo, este hombre me estaba demostrando lo contrario.••Narra Evangeline•• 9 AÑOS DESPUÉS Tarareé una canción infantil, sintiéndome plenamente satisfecha. Era una emoción que hace nueve años me parecía tan extraña, pero que hoy lo sentía cada día; al despertar y hasta al dormir. El sol de la tarde se filtraba a través de los grandes ventanales de la sala de juegos. El aroma a pintura y papel nuevo llenaba el aire. La mansión, construida desde cero, era un lugar de luz y vida, muy distinto a la oscura fortaleza que había conocido años atrás. Sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y una taza de té humeante a mi lado, observaba a mi hijo de cuatro años concentrado en su dibujo. Sus pequeños dedos, manchados de pintura de colores, se movían con una precisión que solo los niños poseen. Su cabello, de un rubio oscuro que había heredado de su padre, caía sobre su frente mientras mordisqueaba la lengua en señal de concentración. —Mamá, mira —dijo, levantando el papel con orgullo. Sonreí al ver el dibujo. Para los ojos normale
Murió de un disparo en la cabeza, como lo había hecho la hermana de Evangeline. Qué poético. Es el karma. Primero murió Marcello, después ella y ahora… Giovanni viviría. —¡Silvia! —Giovanni salió de su escondite. Se arrodilló junto a ella, con las manos temblorosas, intentando detener la sangre que manaba de su cabeza—. ¡No! ¡No, no, no! No fui capaz de sentir lástima. No por él. No se lo merecía. Él rompió a la mujer que amaba y yo estaba haciendo lo mismo con su asquerosa existencia. —¿Sabes lo que estás sintiendo? —pregunté, avanzando lentamente, quitándome las gafas. Me agaché a su lado, viendo más de cerca su dolor—. Eso es lo que le hiciste sentir a Evangeline. Cuando mataste a su padre, cuando mataste a su hermana, cuando la torturaste. Tú diste esas ordenes. Esto es lo que has causado. Giovanni levantó la vista. Sus ojos estaban enrojecidos, llenos de lágrimas. La rabia y el dolor luchaban en su rostro. Había perdido a sus dos hijos, la única familia que tenía. Ahora
La noche era una bestia negra que devoraba las luces de la ciudad. El viento, frío y cortante, silbaba entre los edificios como un presagio de muerte. Las calles, vacías, parecían haber sido evacuadas para la ocasión. O quizás era solo mi percepción, la adrenalina corriendo por mis venas, el peso de la pistola en mi mano, la certeza de que esta noche todo cambiaría. No había vuelta atrás. No había dudas. Solo la sangre fría que me había mantenido con vida durante todos estos años. El convoy avanzaba en silencio. Cinco coches negros, sin luces, sin matrículas que pudieran rastrearse. Dentro, mis hombres. Mis soldados. Los que habían jurado lealtad y que ahora estaban dispuestos a morir por mí. Por mi familia. Por mi futuro. Sus rostros eran máscaras de piedra, pero en sus ojos vi el mismo fuego que ardía en los míos. El deseo de acabar con esto. De poner fin a la guerra que había consumido nuestras vidas durante semanas. Llevábamos rifles, granadas, trajes militares, lentes infrarroj
••Narra Cipriano•• Volví a la mansión plagada de traidores y con un único propósito. Ya era hora de dar el golpe. Dejé a mi amada mujer en el apartamento, segura, mientras yo me encargaba por fin de sacar la basura de la mansión que creí mi hogar. La sala de juntas estaba a oscuras cuando entré. Las cortinas, echadas. Las luces, apagadas. Solo la luz de la luna, que se filtraba a través de los ventanales, iluminaba los rostros de los hombres que me esperaban. Mis capitanes. Los leales. Los que aún no sabían que la guerra que habíamos estado librando no era la guerra que creían. Envié un aviso de reunión de emergencia enseguida que me llegó la notificación de Ottavio cayendo en la trampa. Me senté en la cabecera de la mesa. Mis dedos golpearon la madera, una vez, dos, tres. El sonido resonó en el silencio. Todos esperaban mis palabras. —He convocado esta reunión porque ha llegado el momento de la verdad —Mantuve mi rostro ilegible—. Durante semanas, hemos estado luchando co
Último capítulo