El olor a fracaso es distinto al que imaginaba. Siempre pensé que la pobreza olía a suciedad, pero en nuestra mansión de los Hamptons, el fin del mundo olía a alcohol caro y a las rosas marchitas que nadie se había molestado en cambiar en tres días.Me miré al espejo una última vez. Llevaba un vestido de seda color champán que costaba más de lo que la mayoría de la gente gana en un año. Qué ironía. Me puse los pendientes de diamantes, sintiendo el peso del oro contra mi piel, y bajé las escaleras de mármol. Mis tacones resonaban en el gran salón como disparos en una iglesia. El silencio era sepulcral.—¿Papá? —llamé, con la voz temblorosa.Lo encontré en el despacho. El despacho donde, de niña, solía esconderme bajo su escritorio mientras él cerraba tratos millonarios. Ahora, ese mismo hombre, Arthur Moretti, estaba encorvado sobre una botella de whisky vacía. No había luz, solo el resplandor de la luna que entraba por el ventanal.—Llegas tarde para el brindis, Majorie —dijo él, sin
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