Capítulo 3: La cena de los lobos

La habitación era una obra maestra de la arquitectura moderna, pero para mí, cada panel de vidrio reforzado y cada pared de mármol pulido se sentía como el muro de una celda. Me negué a tocar la cama. Me negué a mirar la ropa de seda que habían dejado sobre el diván. Me quedé de pie junto a la ventana, observando cómo el sol se hundía en el mar Egeo, tiñendo el agua de un rojo que parecía sangre.

El sonido del cerrojo electrónico rompió el silencio. No era la mujer de antes; era uno de los guardias de Mavros.

—El señor Kyriakos la espera para cenar. Póngase esto —dijo, señalando un vestido negro, corto y de encaje, que reposaba sobre la cama—. Tiene diez minutos. Si no baja por su cuenta, la bajaré yo por el cabello.

No tuve opción. Con los dedos temblorosos, me despojé de mi vestido de seda champán, ahora arrugado y manchado por el miedo de la noche anterior. Me puse la prenda que él había elegido. El encaje era fino, casi transparente en algunas zonas, diseñado no para vestir a una mujer, sino para exhibirla. Me sentí desnuda, vulnerable y profundamente humillada. Al mirarme al espejo, apenas reconocí a la Majorie que hace cuarenta y ocho horas se preocupaba por qué joyas usar para una gala benéfica.

Bajé las escaleras escoltada. El gran comedor de la mansión era un espacio abierto que daba directamente a una terraza sobre el acantilado. El viento nocturno de Grecia traía el olor a sal y jazmín, pero no lograba disipar la tensión que flotaba en el aire.

Mavros ya estaba allí. Se había quitado la chaqueta del traje y llevaba las mangas de su camisa blanca remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos marcados y una piel bronceada por el sol mediterráneo. Estaba sentado a la cabecera de una mesa de madera oscura, bebiendo un vino tinto que parecía denso como el aceite.

—Siéntate —ordenó, sin levantar la vista de su copa.

Caminé hacia la silla más alejada de él, pero el guardia me bloqueó el paso y señaló la silla que estaba inmediatamente a su derecha. Me senté con el corazón martilleando contra mis costillas. Sobre la mesa, el banquete era extravagante: cordero, aceitunas, quesos finos y pan recién horneado. Pero yo sentía que si probaba bocado, vomitaría.

—No voy a comer nada —dije, tratando de que mi voz sonara firme, aunque el temblor delataba mi terror.

Mavros dejó la copa sobre la mesa y se giró lentamente hacia mí. La luz de las velas bailaba en sus ojos grises, dándoles un aspecto metálico, casi irreal.

—No te he pedido que comas. Te he pedido que te sientes —su voz era un susurro peligroso—. Pero ya que estamos aquí, hablemos de las reglas de tu nueva vida, Majorie.

—No tengo una vida contigo. Solo soy tu prisionera hasta que mi familia encuentre la forma de sacarme de aquí.

Mavros soltó una carcajada seca que se perdió en el sonido de las olas chocando contra las rocas debajo de nosotros.

—¿Tu familia? Tu padre ya ha cobrado su parte del trato. Esta mañana recibió la confirmación de que sus deudas de juego han sido canceladas. ¿Crees que va a arriesgar su cuello por ti ahora que está libre? No seas ingenua. Para el mundo exterior, estás en un retiro espiritual en las islas. Nadie te busca. Nadie vendrá.

Sentí una punzada de dolor en el pecho. Sabía que tenía razón, pero escucharlo en voz alta era como recibir una bofetada.

—¿Qué quieres de mí? —pregunté, apretando los puños debajo de la mesa—. Si es dinero, déjame llamar a mis abogados. Puedo conseguir más de doce millones si me das tiempo.

Mavros se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio personal. Su presencia era abrumadora, una mezcla de poder bruto y una belleza oscura que me confundía y me asustaba a partes iguales.

—No me interesa tu dinero, Majorie. Tengo más del que podría gastar en diez vidas —dijo, extendiendo una mano para rozar el encaje de mi hombro con la punta de sus dedos. Me estremecí—. Lo que quiero es cobrarme la deuda de una forma más personal. Tu padre me insultó al apostar lo que no podía pagar. Me hizo perder el tiempo. Y el tiempo se paga con obediencia absoluta.

—¡Jamás te obedeceré! —le grité, poniéndome en pie de un salto—. Puedes tenerme aquí encerrada, puedes matarme si quieres, ¡pero no vas a tenerme de la forma que quieres!

Mavros no se inmutó. Se limitó a mirarme de arriba abajo, evaluando mi vestido, mi postura, mi desafío.

—Nunca dije que tendría que cobrar mi deuda así, Majorie —dijo con una calma exasperante, volviendo a tomar su vino—. No me malinterpretes. He tenido a las mujeres más hermosas de Europa en mi cama sin tener que pagar un solo centavo por ellas. No necesito forzarte para sentirme hombre.

Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran. Yo me quedé paralizada, sin saber qué decir.

—Al menos —continuó, con una sonrisa cruel que me heló la sangre— conseguí a una linda muñeca que estará bajo mi mando. Una muñeca de porcelana que solía creer que el mundo era suyo. Me va a divertir mucho ver cómo esa porcelana se agrieta bajo el sol de Grecia.

—No soy una muñeca —siseé.

—Lo eres mientras yo sostenga los hilos. A partir de mañana, empezarás a trabajar.

—¿Trabajar? ¿En qué?

—En mi casa. En mi oficina. Donde yo decida. Vas a aprender lo que es ganarse el aire que respiras. No habrá más lujos, no habrá más sirvientes esperándote. Tú serás quien sirva. Empezarás por limpiar este comedor cuando yo termine de cenar.

—¡No soy una empleada doméstica!

—No, eres una deuda —corrigió él, golpeando la mesa con el dedo—. Y las deudas se liquidan con esfuerzo. Si te niegas, tu padre tendrá un desafortunado accidente en Nueva York antes de que amanezca. ¿Me explico?

El aire se escapó de mis pulmones. Estaba acorralada. Mavros no solo jugaba con mi libertad, jugaba con la vida de un hombre que, a pesar de haberme vendido, seguía siendo mi padre. La crueldad de Mavros no tenía límites; no quería solo mi cuerpo, quería mi voluntad. Quería humillarme hasta que me olvidara de quién era.

Mavros se puso en pie. Era mucho más alto de lo que parecía sentado. Se acercó a mí hasta que nuestras respiraciones se cruzaron. Me tomó de la barbilla, obligándome a sostenerle la mirada. Sus dedos estaban fríos, pero su contacto quemaba como el hielo.

—Bienvenida a la realidad, Majorie. Esta noche dormirás sola, para que tengas tiempo de pensar en tu nueva posición. Mañana, cuando el sol salga, la princesa Moretti habrá muerto. Solo quedará la propiedad de Mavros Kyriakos.

Me soltó con un gesto de desdén y salió de la terraza, dejándome allí, temblando bajo la luz de la luna. Sus guardaespaldas se quedaron en las sombras, vigilándome como buitres esperando a que cayera.

Miré la mesa llena de comida y sentí una rabia ciega. Tomé una de las copas de cristal y la estrellé contra el suelo de mármol. El sonido del cristal rompiéndose fue lo único que me devolvió un gramo de satisfacción.

—¡Te odio! —grité hacia la oscuridad, sabiendo que él probablemente me estaba escuchando a través de alguna cámara—. ¡Te voy a odiar cada segundo que pase en esta isla!

Nadie respondió. Solo el mar, eterno y profundo, continuó golpeando las rocas. Me dejé caer en la silla, escondiendo la cara entre las manos. Estaba sola en el paraíso más sangriento del mundo. Mavros tenía razón en algo: él sostenía los hilos. Pero lo que él no sabía era que, incluso las muñecas más hermosas, pueden romperse de forma que corten a quien intenta manipularlas.

Me quedé allí durante horas, hasta que el frío de la madrugada me obligó a entrar. Mientras caminaba por los pasillos silenciosos hacia mi celda de lujo, sentí que algo dentro de mí se endurecía. Si Mavros quería una guerra de voluntades, eso era lo que tendría. Pero por ahora, el precio de mi inocencia seguía subiendo, y yo no sabía cuánto más podría pagar antes de quebrarme por completo.

Cerré la puerta de mi habitación y me deslicé por la pared hasta el suelo. El vestido negro de encaje se sentía como una marca de fuego. Mañana empezaría mi "trabajo". Mañana empezaría mi verdadera pesadilla. Y mientras cerraba los ojos, la imagen de la sonrisa de Mavros fue lo último que vi, recordándome que él ya había ganado el primer asalto.

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