Inicio / Mafia / Vendida al Capo: El precio de mi inocencia / Capítulo 2: Mercancía en tránsito
Capítulo 2: Mercancía en tránsito

La mano de Mavros se cerró sobre mi muñeca como una argolla de hierro. No hubo delicadeza, no hubo el roce caballeroso que un hombre de su clase debería tener con una mujer. Para él, yo ya no era Majorie Moretti, la heredera de un imperio financiero. Era un activo. Un objeto que acababa de cambiar de manos en una transacción de medianoche.

—¡Suéltame! ¡Papá, haz algo! —grité, mi voz desgarrando el silencio del despacho.

Mi padre ni siquiera levantó la cabeza. Seguía hecho un ovillo en el suelo, sollozando, aferrándose a su propia miseria como si fuera un escudo. En ese momento, el dolor de su traición dolió más que los dedos de Mavros hundiéndose en mi piel. Mi propio padre me había entregado para salvarse. El hombre que me leyó cuentos de hadas me estaba arrojando a la boca de un lobo real.

—Tu padre ha tomado su decisión, Majorie —la voz de Mavros era fría, despojada de cualquier emoción—. Ahora, camina. No me hagas usar la fuerza frente a él. Sería una lástima manchar esta alfombra tan cara con tu sangre.

Me resistí. Clavé mis tacones en la alfombra, intentando zafarme, pero él me arrastró con una facilidad insultante. Me llevó por el pasillo que yo había recorrido miles de veces, pasando frente a las fotos familiares que ahora parecían una burla. Al llegar a la puerta principal, el aire frío de la noche me golpeó la cara, pero no se sintió como libertad. Se sintió como el vacío.

Dos de sus hombres, gigantes con caras de piedra, abrieron la puerta de la camioneta negra.

—¡No! ¡Ayuda! —intenté gritar hacia la oscuridad de la calle, pero antes de que pudiera emitir otro sonido, Mavros me empujó dentro del vehículo.

Caí sobre el cuero frío del asiento. Antes de que pudiera incorporarme, escuché el clic metálico de las puertas bloqueándose. Mavros subió a mi lado, ocupando todo el espacio, irradiando una autoridad que me hacía sentir minúscula. El coche arrancó con un rugido, dejando atrás la única vida que conocía.

—¿A dónde me llevas? —pregunté, retrocediendo hasta que mi espalda chocó contra la puerta opuesta. El pánico empezaba a nublarme la vista—. Puedes pedir un rescate. Mi tío en Italia tiene dinero, él pagará...

Mavros se giró hacia mí. En la penumbra del coche, sus ojos grises brillaban con una luz peligrosa. Sacó un cigarrillo de plata, lo encendió y expulsó el humo lentamente hacia el techo.

—No quiero un rescate, pequeña princesa. Quiero lo que se me debe. Doce millones de euros no se devuelven con promesas de tíos lejanos. Se devuelven con servicio. Con obediencia.

—¡No soy una esclava! —escupí, la rabia superando por un segundo al miedo.

Él se inclinó hacia delante, invadiendo mi espacio personal hasta que pude oler su perfume: una mezcla de sándalo, tabaco y algo metálico, como el acero.

—Eres exactamente lo que yo diga que eres. Por ahora, eres una deuda pendiente. Y yo nunca dejo una deuda sin cobrar.

El trayecto fue una tortura. Salimos de los Hamptons a una velocidad suicida. Yo miraba por la ventana, viendo cómo las luces de las casas vecinas se desvanecían. Nadie vendría a salvarme. Los amigos de mi padre, los contactos políticos, todos desaparecerían en cuanto supieran que el apellido Kyriakos estaba involucrado.

Llegamos a un aeródromo privado en las afueras de Nueva York. Un jet privado, negro mate y sin insignias, esperaba con los motores encendidos. El ruido era ensordecedor. Mavros bajó del coche y me obligó a bajar con él. El viento me despeinó el cabello y el frío caló a través de mi fino vestido de seda.

—Sube —ordenó, señalando la escalerilla del avión.

—No voy a ir a ninguna parte contigo —me planté, cruzándome de brazos.

Mavros suspiró, como si mi resistencia fuera un mosquito molesto. Miró a uno de sus hombres y asintió. Antes de que pudiera reaccionar, el tipo me levantó del suelo como si fuera una muñeca de trapo. Pataleé, grité y golpeé su espalda, pero era como golpear una pared de ladrillos. Me subieron por la fuerza y me lanzaron sobre uno de los lujosos asientos de cuero del jet.

Mavros entró después, cerrando la puerta tras de sí. El silencio que siguió al cierre de la escotilla fue absoluto, solo interrumpido por el zumbido de los motores. Él se sentó frente a mí y me puso un cinturón de seguridad que se sentía como una cadena.

—Bienvenida a bordo, Majorie. Espero que te guste el mar. Vamos a Grecia.

—¿Grecia? —mi voz se quebró—. No puedes sacarme del país. ¡Esto es un secuestro internacional!

—Para el mundo, te has ido de vacaciones con un amigo de la familia tras la quiebra de tu padre —dijo él, abriendo una carpeta con documentos—. Tu pasaporte ya ha sido sellado. Legalmente, estás bajo mi protección.

—¡Eres un monstruo! —le grité, las lágrimas finalmente desbordándose—. ¡Destruiste a mi padre! Tú planeaste todo esto, ¿verdad? Sabías que no podía pagar.

Mavros dejó la carpeta y me miró con una intensidad que me hizo encogerme.

—Tu padre se destruyó solo el día que decidió apostar lo que no tenía. Yo solo fui el hombre que recogió los pedazos. Si quieres culpar a alguien por tu destino, mira la foto de Arthur que tienes en el teléfono. Él puso el precio. Yo solo pagué.

El avión despegó. Sentí la presión en el pecho mientras ascendíamos hacia las nubes. Miré por la ventanilla, viendo las luces de Nueva York hacerse pequeñas hasta desaparecer. Estaba dejando atrás mi nombre, mi hogar y mi dignidad.

Durante las horas de vuelo, intenté mantenerme despierta, pero el agotamiento emocional fue demasiado. Me quedé dormida en una posición incómoda, teniendo pesadillas con hombres de ojos grises que me perseguían por laberintos de mármol.

Cuando desperté, la luz del sol entraba con fuerza por las ventanillas. El jet estaba descendiendo. Miré hacia abajo y el corazón me dio un vuelco. No había rascacielos, ni autopistas. Solo un azul infinito, un mar tan claro que parecía irreal, salpicado de islas de roca blanca.

Aterrizamos en una pista privada en medio de la nada. Al bajar, el calor del Mediterráneo me envolvió, pegajoso y pesado. Un helicóptero nos esperaba a pocos metros.

—¿A dónde vamos ahora? —pregunté, mi voz apenas un susurro. Estaba demasiado cansada para seguir gritando.

—A mi casa. A tu nueva prisión —respondió Mavros, subiéndose las gafas de sol.

El helicóptero sobrevoló el Egeo durante veinte minutos. Finalmente, una isla privada apareció en el horizonte. En la cima de un acantilado, se alzaba una estructura de arquitectura agresiva, toda de cristal y piedra blanca, rodeada de muros altos y cámaras de seguridad. No era una mansión; era una fortaleza de lujo.

Aterrizamos en el helipuerto de la azotea. Mavros me tomó del brazo y me guio hacia el interior. El aire acondicionado estaba al máximo, creando un ambiente gélido. Todo era minimalista, caro y vacío.

—Llévenla a su habitación —ordenó Mavros a una mujer de aspecto severo que nos esperaba—. Que se bañe y se cambie. No quiero ver ese vestido de fiesta ni un minuto más. Me recuerda a su antigua vida, y esa vida ya no existe.

—¡No voy a ir a ninguna parte con ella! —intenté resistirme de nuevo, pero la mujer me tomó del brazo con una fuerza sorprendente.

—Majorie —me llamó Mavros. Me detuve y lo miré. Él estaba de pie en medio del gran salón, con el mar de fondo, pareciendo el dios de un mundo cruel—. No intentes escapar. Esta isla está rodeada de tiburones, y no todos están en el agua. Si te portas bien, puede que te permita ver el sol de vez en cuando. Si no... conocerás el sótano.

Me arrastraron por un pasillo largo hasta una habitación que, aunque era hermosa, se sentía como una celda. La mujer me empujó dentro y cerró la puerta. Escuché el sonido del cerrojo electrónico.

Me acerqué a la ventana. El acantilado caía verticalmente hacia las rocas y el mar embravecido. No había barcos, no había vecinos. Solo yo y el hombre que me había comprado.

Me desplomé en la cama, enterrando la cara en las almohadas. El olor de Mavros estaba en todas partes. Sentí una náusea profunda. Estaba en Grecia, en el dominio de un criminal, y mi padre probablemente estaba usando el dinero de mi venta para pagar su próxima apuesta.

Estaba sola. Y lo peor de todo, era que empezaba a darme cuenta de que Mavros no solo quería mi obediencia. Quería romperme hasta que no quedara nada de la Majorie que solía ser.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP