Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio que siguió a la partida del helicóptero de Dimitri Volkov no era de paz; era un silencio espeso, cargado con el residuo de la violencia que acababa de estallar. Me quedé en la terraza, con el cuerpo temblando bajo el vestido verde esmeralda, sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones. El eco de las palabras de Mavros —Mi mujer— golpeaba las paredes de mi mente como una sentencia. No era una declaración de amor, era el rugido de un dueño reclamando su propiedad frente a otros lobos.
Miré mis manos. Las vendas blancas estaban arruinadas de nuevo. El esfuerzo de apretar mis uñas contra las palmas durante la confrontación había hecho que las heridas se abrieran, y el rojo brillante de mi sangre empezaba a empapar la tela, goteando sobre el mármol frío. Me sentía rota, humillada y, por primera vez, profundamente confundida. Mi corazón latía a una velocidad errática, un tambor desbocado que no sabía si huir o rendirse. Mavros regresó a la terraza. Sus pasos eran lentos, pero cada uno de ellos parecía hundirse en el suelo. Se había quitado la chaqueta del esmoquin y su camisa blanca tenía los nudillos manchados de la sangre del ruso. Su mandíbula seguía tensa, y sus ojos grises conservaban ese rastro de locura animal que me hacía querer retroceder hasta saltar por el acantilado. —Entra —ordenó. No gritó, pero su voz tenía una gravedad que me obligó a mover las piernas. Lo seguí hacia el interior de la mansión, por los pasillos gélidos que olían a lujo y a encierro. Llegamos a su habitación privada, un santuario de sombras, cuero y cristal. Me detuve en el umbral, con miedo de entrar en su espacio más íntimo, pero él me tomó del antebrazo y me atrajo hacia el centro de la estancia. —Siéntate —dijo, señalando un diván de terciopelo oscuro. Se dirigió al baño y regresó con un kit de primeros auxilios y un cuenco de agua tibia. Se sentó en una silla frente a mí, acortando toda distancia. El espacio entre nosotros se volvió denso, casi sólido. Podía oler el aroma de su perfume mezclado con el sudor de la pelea y el hierro de la sangre. Era una fragancia masculina, peligrosa y extrañamente atrayente. Él tomó mi mano derecha. Sus dedos, que hace unos minutos habían estado alrededor del cuello de un hombre para asfixiarlo, ahora sostenían mi muñeca con una suavidad que me desconcertó. Empezó a desenrollar la venda ensangrentada. Cada vuelta de la tela descubría la carne viva, las marcas de mis uñas que parecían gritos silenciosos de mi desesperación. Cuando la última capa cayó, dejando al descubierto la herida abierta, siseé de dolor. Una lágrima rodó por mi mejilla, pero Mavros la atrapó con su pulgar antes de que llegara a mi barbilla. —¿Por qué te haces esto, Majorie? —preguntó, su voz bajando a un susurro que me erizó el vello de los brazos—. ¿Crees que el dolor físico va a borrar el hecho de que estás aquí conmigo? —Es la única parte de mí que todavía puedo controlar —respondí con la voz quebrada—. Mi dolor es mío. Tú te llevaste todo lo demás. Mavros sumergió un paño en el agua tibia y empezó a limpiar la sangre con una delicadeza que me dolía más que el desinfectante. Sus ojos estaban fijos en mis palmas, concentrados, como si curarme fuera la tarea más importante de su imperio. En ese momento, el monstruo que había visto en la terraza parecía haber desaparecido, reemplazado por un hombre que me miraba como si fuera algo frágil y precioso. —Mírame —ordenó suavemente. Levanté la vista. Sus ojos grises estaban a centímetros de los míos. Ya no había furia, solo una intensidad obsesiva que me cortaba la respiración. Mi corazón dio un vuelco violento. No era solo miedo. Era algo eléctrico, una chispa que nacía del trauma y de la extraña protección que me había brindado. —No vuelvas a lastimarte las manos —dijo, y su voz adquirió un tono de súplica sombría que nunca había escuchado en él—. No me gusta que te sientas así. No me gusta que busques refugio en tu propio dolor para escapar de mí. —¿Y qué quieres que haga, Mavros? —mis labios temblaron—. Me vendieron como si fuera un caballo. Me tratas como a una sombra. ¿Cómo quieres que me sienta? Él dejó el paño a un lado y tomó mis manos heridas entre las suyas, envolviéndolas con cuidado. El calor de su piel contra la mía creó un contraste insoportable. Sentí una punzada en el pecho, un calor que se extendió desde mis manos hasta mi vientre. Mi corazón se aceleró tanto que temí que él pudiera escucharlo en el silencio de la habitación. —Quiero que entiendas que lo que pasó hoy no fue por una deuda —dijo, acercándose aún más hasta que nuestras frentes se rozaron—. Te defendí porque eres mía. Y lo que es mío, no sufre. Lo que es mío, se protege. —Soy tu prisionera —repetí, pero esta vez la palabra sonó hueca, sin la convicción de antes. —Eres mucho más que eso, y lo sabes —susurró él, bajando la mirada a mis labios—. Lo sientes cada vez que te toco. Sientes cómo tu sangre reconoce la mía. El mundo pareció detenerse. La tensión sexual en la habitación se volvió insoportable, un hilo invisible que tiraba de nosotros hacia el abismo. Mavros levantó mis manos vendadas y depositó un beso lento, casi devocional, en el centro de cada palma. El roce de sus labios contra mis heridas me hizo jadear. No fue dolor lo que sentí, sino una descarga eléctrica que me recorrió la columna vertebral. Mis dedos, todavía entumecidos, se cerraron levemente sobre los suyos. En ese instante, odié mi propia debilidad. Odié que mi cuerpo traicionara mi mente. Odié que el hombre que me había arrebatado todo fuera el mismo que ahora me hacía sentir viva de una forma que nunca antes había experimentado. Él me miró de nuevo, y vi el deseo crudo, oscuro y posesivo ardiendo en sus pupilas. —No vuelvas a lastimarte, Majorie. Porque cada marca que te haces a ti misma, me la haces a mí. Y yo no tengo la paciencia que tú tienes con el dolor. Mavros se inclinó un milímetro más. Podía sentir su respiración en mis labios, el sabor del peligro a punto de consumirme. Mis ojos se cerraron por instinto. Quería que me besara. Quería que borrara el recuerdo de mi padre, de la deuda, del uniforme gris y del olor a pescado. Quería que el monstruo me consumiera por completo para no tener que pensar más. Pero justo cuando sus labios rozaron los míos, él se detuvo. Sintió el latido desbocado de mi corazón contra mi pecho y soltó una risa baja, cargada de una victoria amarga. —Todavía no —susurró contra mi boca—. Quiero que me busques cuando no puedas más. Quiero que seas tú quien rompa el último hilo. Se puso en pie bruscamente, dejándome allí, en el diván, con las manos vendadas y el alma en llamas. La frialdad de su ausencia me golpeó como un balde de agua helada. Se dirigió al balcón, dándome la espalda, su figura recortada contra la luna llena de Grecia. —Vuelve a tu habitación, Majorie —ordenó, su voz volviendo a ser el acero que conocía—. Mañana tenemos que viajar a Atenas. Y necesito que tu corazón deje de hacer tanto ruido. Me desconcentra. Me levanté con las piernas temblorosas. Caminé hacia la puerta, pero antes de salir, me giré para mirarlo una última vez. Él no se movió. Seguía allí, como el rey de una isla de sombras, el hombre que acababa de declarar la guerra a mis sentimientos. Entré en mi habitación y cerré la puerta. Me apoyé contra la madera, deslizándome hasta el suelo. Mis manos, ahora perfectamente vendadas y limpias, ya no ardían. Pero mi pecho sí. El acelerón de mi corazón no bajaba; era una marcha triunfal de algo que no quería admitir. Me miré las palmas. Él las había besado. El verdugo había curado a la víctima. Y en ese acto de aparente piedad, me había encadenado mucho más fuerte que con cualquier contrato legal. Me había dado cuenta de que el mayor peligro no era que Mavros me matara, sino que yo terminara amando la mano que apretaba mi cuello. Me acosté en la cama, envolviéndome en las sábanas de seda, sintiendo el calor de su presencia aún en mi piel. Sabía que en Atenas todo sería más difícil. Habría más intrigas, más mafia, más miradas de otros hombres. Pero ahora sabía una cosa con certeza: Mavros no me dejaría caer. No por la deuda. No por el dinero. Sino porque, en su mente retorcida y oscura, yo era la única cosa en este mundo que le pertenecía de verdad. Cerré los ojos y, por primera vez desde que llegué a la isla, el sueño no fue una pesadilla. Fue una danza entre el rojo de mi sangre y el gris de sus ojos, un recordatorio de que el precio de mi inocencia no se pagaba con monedas, sino con cada latido que él me robaba en el silencio de la noche. La princesa Moretti había muerto definitivamente hoy; lo que quedaba en esa cama era la mujer de Mavros, aunque ella todavía no tuviera el valor de decírselo al espejo.






