El silencio que siguió a la partida del helicóptero de Dimitri Volkov no era de paz; era un silencio espeso, cargado con el residuo de la violencia que acababa de estallar. Me quedé en la terraza, con el cuerpo temblando bajo el vestido verde esmeralda, sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones. El eco de las palabras de Mavros —Mi mujer— golpeaba las paredes de mi mente como una sentencia. No era una declaración de amor, era el rugido de un dueño reclamando su propiedad frente a otr