El mar Jónico nos recibió con un oleaje plomizo, embravecido por la tormenta que descendía desde los Balcanes. La villa en Kythira Privée ya no era el paraíso de aguas turquesas donde habíamos celebrado la caída de los Moretti; ahora, se sentía como una fortaleza sitiada por el silencio y la desconfianza. Bajamos del helicóptero con el frío de la noche golpeándonos el rostro como un látigo de hielo. Aún llevaba en mi bolsillo la daga de obsidiana y en mi mente el eco de los secretos de Roma. Pe