Capítulo 5: La joya de la corona

La seda roja se sentía como una traición contra mi piel. Después de pasar días con las manos cortadas y el olor a pescado impregnado en mis poros, Elpida me había arrastrado de vuelta al baño de mármol para una transformación radical. Me habían exfoliado hasta que mi piel ardió, me habían peinado con una precisión quirúrgica y me habían enfundado en un vestido de alta costura que costaba más que la libertad que me habían arrebatado.

Era un vestido rojo sangre, de espalda descubierta y un escote que desafiaba la gravedad. Al mirarme al espejo, no vi a la Majorie Moretti de Nueva York. Vi a una extraña, una mujer con ojos endurecidos por el odio y labios pintados de un carmín tan oscuro que parecía un aviso de peligro.

—El señor Kyriakos dice que si no lleva esto, la enviará a la fiesta con el uniforme gris manchado —dijo Elpida, entregándome una caja de terciopelo.

Dentro había un collar de diamantes. Las piedras eran tan grandes que parecían gotas de hielo. Pero al ponérmelo, no sentí lujo. Sentí un collar de perro, una cadena brillante que le recordaba al mundo quién era mi dueño.

Bajé las escaleras escoltada por dos hombres armados. La mansión, usualmente silenciosa y gélida, estaba ahora llena de música clásica, olor a perfume caro y el murmullo de voces poderosas. Mafiosos de toda Europa, magnates navieros y políticos corruptos se habían reunido en la isla para celebrar la "alianza" de Mavros con las familias del sur.

Lo vi en el centro del salón. Mavros vestía un esmoquin negro que resaltaba su figura imponente. Sostenía una copa de cristal y reía con un hombre mayor, pero sus ojos, siempre vigilantes, se clavaron en mí en cuanto puse un pie en el último escalón. El silencio se extendió por el salón como una mancha de aceite. La gente dejó de hablar para observar a la mujer que, según los rumores, había sido comprada por una deuda de juego.

Caminé hacia él, sintiendo que cada paso era una humillación pública. Mavros estiró su brazo y, antes de que pudiera reaccionar, envolvió mi cintura con una fuerza posesiva, pegándome a su cuerpo. Sus dedos se hundieron en la tela del vestido, marcando mi piel.

—Les presento a Majorie —dijo Mavros, su voz proyectándose con una autoridad absoluta—. Mi adquisición más reciente.

—Es magnífica, Mavros —dijo el hombre mayor, recorriendo mi cuerpo con una mirada lasciva que me hizo querer ducharme en ácido—. Las fotos no le hacían justicia. Parece que el viejo Moretti tenía una verdadera joya escondida.

—Es más que una joya —respondió Mavros, apretándome más contra él—. Es una inversión. Y como toda buena inversión, necesita ser exhibida antes de ser... utilizada.

La rabia me golpeó con tal violencia que el mundo se volvió borroso por un segundo. Quería gritarle, quería abofetearlo delante de todos sus socios y ver cómo su máscara de perfección se rompía. Pero sabía que cualquier palabra que saliera de mi boca sería castigada con la vida de mi padre.

Cerré la boca con tanta fuerza que me dolieron los dientes. Mis manos, ocultas a los costados del vestido, se cerraron en puños. Hundí mis uñas en las palmas de mis manos con tanta saña que sentí el pinchazo agudo del dolor. La sangre empezó a acumularse bajo mis uñas, pero el dolor físico era el único ancla que me impedía explotar. Era mi pequeño acto de resistencia: sufrir en silencio para no darle el placer de verme suplicar.

—¿No habla la muñequita? —preguntó otro invitado, un tipo con acento ruso y cara de pocos amigos—. ¿O es que el gran Mavros le ha cortado la lengua?

Mavros soltó una risa ligera y me obligó a girar para que todos pudieran ver mi espalda descubierta. Su mano bajó peligrosamente por mi columna, rozando el inicio de mis glúteos. Me estremecí de asco, y mis uñas se hundieron aún más profundo en mis palmas. Sentía el sudor frío bajando por mi nuca.

—Aún no ha aprendido cuándo hablar y cuándo callar —dijo Mavros al oído de los invitados, aunque lo suficientemente alto para que yo lo escuchara—. Pero no se preocupen, es una alumna aplicada. Para el final de la noche, sabrá exactamente cuál es su lugar.

La fiesta continuó como un desfile de horrores. Mavros me llevaba de un lado a otro como si fuera un trofeo de caza. No me permitía sentarme, no me permitía beber agua y, por supuesto, no me permitía alejarme de él más de cinco centímetros. Me obligaba a sonreír mientras los hombres hacían comentarios degradantes sobre mi precio y mi utilidad.

En un momento dado, un joven heredero de una mafia italiana se acercó demasiado.

—Mavros, amigo, si alguna vez te cansas de ella... ponle un precio. Mi padre está buscando algo así para su colección.

Mavros entrecerró los ojos. Por un segundo, la máscara de anfitrión desapareció y vi al monstruo real. Su agarre en mi cintura se volvió tan fuerte que creí que me rompería una costilla.

—Ella no está en venta, Giovanni —dijo Mavros, su voz bajando a un tono gélido—. Lo que es mío, se queda conmigo hasta que yo decida destruirlo. Y te aseguro que no he terminado con ella.

Me obligó a caminar hacia la terraza, lejos del ruido de la multitud. El viento del mar azotó mi vestido, pero el frío no comparaba con la furia que quemaba mis venas. Una vez que estuvimos solos bajo la luz de la luna, Mavros me soltó bruscamente.

—Deja de hacer eso —ordenó, mirando mis manos.

Me quedé quieta, con la respiración agitada. Lentamente, abrí los puños. Mis palmas estaban blancas, con profundas medias lunas rojas de donde brotaban gotas de sangre que mancharon la seda roja del vestido.

—¿Hacer qué? —siseé, finalmente encontrando mi voz—. ¿Sufrir en silencio mientras me vendes de nuevo frente a tus amigos?

Mavros se acercó, atrapándome contra la barandilla de piedra. El rugido del mar debajo de nosotros parecía animarme a saltar, a terminar con todo de una vez.

—No te estaba vendiendo —dijo él, tomando mis manos heridas con una brusquedad que me hizo gemir—. Te estaba marcando. En este mundo, Majorie, si no eres propiedad de alguien fuerte, eres presa de todos los débiles. Esos hombres te habrían despedazado en cinco minutos si no supieran que eres mía.

—¡No soy tuya! —le grité, las lágrimas de frustración finalmente desbordándose—. ¡No soy un objeto! ¡No soy una inversión! ¡Soy una persona!

Mavros me tomó de la nuca, obligándome a mirar hacia el salón lleno de luces y gente poderosa.

—Mira ahí dentro. Esos hombres controlan países. Deciden quién vive y quién muere. Y todos ellos te miran con hambre. ¿Crees que tu apellido te habría salvado hoy? No. Te salvó mi mano en tu cintura. Te salvó el hecho de que saben que si te tocan, los entierro vivos.

—Preferiría que me mataran a ser tuya —mentí, aunque mi cuerpo traicionero se estremecía ante su cercanía.

Mavros sonrió, una sonrisa oscura que me erizó el vello de los brazos. Se inclinó y lamió una gota de sangre de mi palma herida. El gesto fue tan íntimo y tan violento que me quedé sin aliento.

—Mientes tan mal, pequeña princesa —susurró contra mi piel—. Te gusta el poder. Te gusta que te miren. Y te gusta que yo sea el único que puede tocarte.

—Te odio —susurré, sintiendo cómo mi resistencia empezaba a resquebrajarse bajo la intensidad de su mirada.

—Odio es solo una palabra que usas para no admitir que tienes miedo de lo que te hago sentir —dijo él, su mano subiendo por mi cuello hasta apretar ligeramente mi garganta—. Mañana volverás a la cocina. Volverás a limpiar el suelo. Pero esta noche... esta noche vas a recordar por qué pagué doce millones por ti.

Me arrastró de vuelta al interior, pero no hacia la fiesta, sino hacia las escaleras que llevaban a sus aposentos privados. La gente nos miraba pasar, algunos con envidia, otros con una compasión que me dolía más que los insultos. Subimos los escalones en un silencio tenso, solo roto por el roce de mi vestido contra el mármol.

Al llegar a la puerta de su habitación, Mavros se detuvo y me miró fijamente.

—Tengo un regalo para ti, Majorie. Algo que te recordará que, aunque lleves diamantes, sigues siendo mi deuda.

Entramos en la habitación. Sobre la cama no había flores ni champán. Había un teléfono satelital encendido.

—Llama a tu padre —ordenó él—. Dile que estás bien. Dile que te gusta tu nueva vida. Y si mencionas una sola palabra sobre el secuestro o el trato... la señal se cortará y el hombre que lo vigila en Nueva York apretará el gatillo.

Tomé el teléfono con manos temblorosas. Marqué el número que conocía de memoria. Después de tres tonos, la voz de mi padre respondió. Sonaba aliviado, casi feliz.

—¿Majorie? ¡Hija! Qué alegría que me llames. El señor Kyriakos me dijo que te habías ido a las islas para descansar después de todo el estrés de la quiebra. ¿Cómo estás, cariño? ¿Es tan hermoso como dicen?

Miré a Mavros. Él estaba apoyado en la puerta, observándome con una frialdad absoluta, disfrutando de mi dilema. Hundí mis uñas de nuevo en mis palmas ensangrentadas, buscando fuerzas en el dolor.

—Sí, papá —dije con la voz rota, mientras una lágrima caía sobre la pantalla del teléfono—. Es hermoso. Todo es... perfecto aquí. No te preocupes por mí.

Colgué el teléfono antes de que pudiera escuchar mi sollozo. Mavros se acercó y me arrebató el aparato.

—Buena chica —dijo, rozando mi mejilla con el dorso de su mano—. Ahora quítate el vestido. Mañana tienes mucho pescado que limpiar.

Se dio la vuelta y salió de la habitación, cerrando la puerta con llave. Me quedé sola en la inmensidad de la suite, rodeada de lujos robados, dándome cuenta de que la verdadera prisión no eran los muros de la mansión, sino la red de mentiras que ahora me obligaban a tejer. Mi padre estaba a salvo, pero yo acababa de morir un poco más por dentro.

Me arranqué el collar de diamantes, tirándolo al suelo, y me desplomé sobre la cama roja, llorando en silencio mientras las marcas de mis propias uñas en mis palmas empezaban a arder, recordándome que en el juego de Mavros, el dolor era la única moneda que me quedaba.

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