Inicio / Mafia / Vendida al Capo: El precio de mi inocencia / Capítulo 6: El sabor de la sal y la desesperación
Capítulo 6: El sabor de la sal y la desesperación

El amanecer trajo consigo un dolor punzante que me recordaba, con cada latido, que seguía viva y cautiva. Mis palmas estaban en carne viva. Las costras de las medias lunas que mis propias uñas habían cavado en la carne anoche se habían pegado a las sábanas de seda durante la madrugada. Al despegar las manos, un quejido seco escapó de mi garganta. Había pequeñas manchas de sangre seca, como flores marchitas, sobre el blanco inmaculado de la cama.

Me obligué a levantarme. Elpida no vino a buscarme esta vez. En su lugar, el silencio de la mansión se sentía denso, diferente. Escuché el rugido lejano de un motor de aviación: el jet privado de Mavros. Se iba. Lo sabía porque lo había escuchado dar órdenes por teléfono antes de que el cansancio me venciera. Tenía una reunión en Atenas con los jefes de las familias del norte. Estaría fuera al menos doce horas.

Doce horas. Esa era mi ventana hacia la libertad.

Me puse el uniforme gris con torpeza, siseando de dolor cada vez que la tela áspera rozaba mis heridas. Mis manos estaban hinchadas, calientes al tacto, y el simple hecho de cerrar el puño me hacía ver estrellas. Pero el deseo de escapar era más fuerte que cualquier trauma físico. No podía quedarme a esperar a que Mavros regresara y terminara de devorar lo que quedaba de mi dignidad.

Salí de la habitación. Para mi sorpresa, la puerta no tenía el cerrojo electrónico activado. Mavros, en su arrogancia infinita, debía creer que después de la llamada a mi padre yo estaba lo suficientemente domada como para no intentarlo. O quizás, simplemente quería ponerme a prueba.

Caminé por los pasillos con pies de plomo, evitando las cámaras de seguridad que ya tenía memorizadas. Sabía que los guardias estarían concentrados en el perímetro exterior y en la entrada principal. Mi única opción era el pequeño muelle de servicio que usaban para traer las provisiones de pescado y suministros desde el puerto más cercano.

Bajé por el sendero de los acantilados. El camino era empinado y las piedras sueltas amenazaban con hacerme caer al vacío. El viento marino soplaba con fuerza, azotando mi rostro y haciendo que la sal se filtrara en las heridas de mis manos. El ardor era insoportable, una agonía constante que me hacía querer gritar, pero me mordí el labio hasta que el sabor metálico de mi propia sangre inundó mi boca.

Al llegar al muelle, vi una pequeña lancha motora amarrada. Estaba sola. No había nadie vigilando, o al menos eso parecía. Me acerqué con el corazón martilleando contra mis costillas. Mis dedos heridos temblaban mientras intentaban desatar el nudo de la cuerda gruesa y salada. Cada tirón de la cuerda era como si mil agujas se clavaran en mis palmas. El dolor era tan agudo que por un momento perdí la visión, apoyando la frente contra el poste de madera fría.

—Por favor... por favor —supliqué en un susurro, mientras las lágrimas se mezclaban con el sudor de mi frente.

Finalmente, la cuerda cedió. Salté dentro de la lancha. El movimiento brusco hizo que mis manos golpearan el borde de metal y un grito ahogado se me escapó. Miré mis palmas; las heridas se habían abierto de nuevo, y la sangre fresca comenzaba a gotear sobre el suelo blanco de la embarcación. No me importó. Busqué las llaves, pero por supuesto, no estaban. Tendría que intentar arrancarla haciendo un puente, algo que había visto hacer en mil películas pero que nunca imaginé que intentaría con las manos destrozadas.

Busqué bajo el panel de control. Mis dedos, torpes y ensangrentados, tiraron de los cables. El dolor me hacía sollozar, pero la rabia contra Mavros era el combustible que me mantenía en marcha.

—¡Arranca! ¡Maldita sea, arranca! —grité, tirando de los cables con una fuerza desesperada.

Un chispazo saltó, quemándome las yemas de los dedos. Grité de dolor, pero entonces, el motor tosió y rugió a la vida. Por un segundo, sentí una oleada de triunfo tan pura que creí que realmente lo lograría. Iba a salir de esta roca maldita. Iba a encontrar una embajada, una comisaría, cualquier lugar donde el nombre de Kyriakos no fuera ley.

Puse la marcha y aceleré. La lancha saltó sobre las olas, alejándose del muelle. Miré hacia atrás y vi la mansión de Mavros haciéndose pequeña en lo alto del acantilado. Me sentí invencible. El aire fresco me llenaba los pulmones y la sal ya no dolía tanto, o quizás era la adrenalina la que me anestesiaba.

Pero el triunfo duró poco.

Apenas me había alejado un kilómetro de la costa cuando el motor empezó a fallar. Una nube de humo negro salió de la parte trasera y la lancha se detuvo en seco, meciéndose violentamente en el mar picado.

—¡No, no, no! ¡Ahora no! —golpeé el panel con mis puños heridos, sin importar que la sangre manchara todo el equipo.

Entonces escuché un sonido que me heló la sangre. El rítmico y potente chop-chop-chop de las aspas de un helicóptero.

Miré hacia el cielo y lo vi. El helicóptero negro de Mavros estaba descendiendo directamente sobre mí. No se había ido a Atenas. O si lo hizo, ya estaba de vuelta. El viento provocado por las aspas levantaba olas que amenazaban con volcar mi pequeña embarcación. Me cubrí los ojos, encogiéndome en el suelo de la lancha, sintiéndome como una rata atrapada.

El helicóptero se mantuvo en posición estática a pocos metros de altura. Una cuerda descendió y, con una agilidad aterradora, Mavros bajó por ella. Saltó a la lancha con la gracia de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria.

Se quedó de pie frente a mí, con su traje oscuro impecable a pesar del viento y la espuma del mar. Me miró desde arriba, y su rostro era una máscara de furia contenida. No gritó. No me insultó. Simplemente se acercó y me tomó por el brazo, levantándome del suelo con una brusquedad que me hizo gemir.

—¿A dónde creías que ibas, Majorie? —su voz era más baja que el ruido del motor fallido, pero mucho más amenazante.

—Lejos de ti —respondí, tratando de mantener la mirada, aunque mis piernas temblaban tanto que apenas podía sostenerme—. Prefiero morir ahogada que pasar un día más en tu casa.

Mavros bajó la vista hacia mis manos. Al ver el estado de mis palmas, desgarradas y bañadas en sangre fresca, sus ojos se entrecerraron. Tomó mis manos con una fuerza que me hizo soltar un alarido de puro dolor.

—Mira lo que te has hecho —dijo, y por un momento, creí detectar una chispa de algo parecido al remordimiento, pero desapareció tan rápido como llegó—. Estás dispuesta a mutilarte por una libertad que no tienes. ¿Crees que esto te hace valiente? Esto te hace estúpida.

—¡Es mi vida! —grité, tratando de zafar mis manos de su agarre, pero el dolor era tan intenso que terminé cayendo de rodillas ante él—. ¡Mátame de una vez, Mavros! ¡Hazlo! No me queda nada. Mi padre me vendió, tú me tratas como un animal... ¡Tira del gatillo y termina con esto!

Mavros se arrodilló frente a mí, obligándome a mirarlo. Estábamos en medio del océano, bajo el estruendo del helicóptero, en una burbuja de violencia y desesperación.

—No voy a matarte, Majorie —susurró, y esta vez su mano subió por mi cuello, sus pulgares presionando suavemente debajo de mi mandíbula—. Tu dolor es demasiado valioso como para desperdiciarlo en una tumba. Pero te advertí que los escapes tienen un precio.

Me cargó en sus brazos como si no pesara nada. A pesar de mi odio, a pesar de mis manos destrozadas que ardían contra su pecho, sentí el calor de su cuerpo y la seguridad de su agarre. Me odié a mí misma por sentirme a salvo en los brazos del hombre que era mi carcelero.

Nos subieron al helicóptero mediante un arnés. Durante el breve trayecto de regreso a la mansión, Mavros no me soltó. Me mantuvo apretada contra él, ignorando que mi sangre estaba manchando su camisa blanca de miles de euros.

Al llegar a la azotea, me llevó directamente a mi habitación, pero no me dejó en la cama. Me llevó al baño. Me sentó en el borde de la tina y abrió el grifo del agua fría. Sin decir una palabra, tomó mis manos y las sumergió en el agua.

El grito que salió de mi garganta fue animal. El agua fría golpeando las heridas abiertas era como si me estuvieran arrancando la piel. Intenté retirar las manos, pero él las sostuvo con firmeza.

—Quédate quieta —ordenó—. Tienes que aprender que cada vez que intentes huir, el dolor será mayor. Tú misma te has infligido estas marcas, Majorie. Yo solo voy a asegurarme de que no se te olviden.

Cuando terminó de limpiar la sangre, sacó un kit de primeros auxilios. Con una precisión casi quirúrgica, empezó a aplicar desinfectante. El ardor me hizo sollozar, enterrando mi rostro en su hombro. Él no me apartó. Por el contrario, sentí su mano acariciar brevemente mi cabello antes de volver a vendar mis manos con fuerza.

—A partir de hoy, no saldrás de esta habitación sin mi permiso —dijo, terminando el vendaje y mirándome a los ojos—. Has perdido el derecho a trabajar en la cocina. Ahora serás mi sombra. Donde yo vaya, tú irás. Si yo ceno, tú miras. Si yo duermo, tú vigilas.

Se puso en pie y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se giró.

—Y por cierto, Majorie... la lancha estaba saboteada desde el principio. Sabía que lo intentarías hoy. Quería ver hasta dónde eras capaz de llegar.

La puerta se cerró y escuché el doble clic del cerrojo electrónico. Me quedé sola, con las manos vendadas y el corazón roto. Me miré las palmas envueltas en blanco; eran el trofeo de mi derrota. No solo no había escapado, sino que ahora le pertenecía más que nunca. Él lo sabía todo, lo controlaba todo.

Me desplomé en el suelo del baño, abrazando mis manos contra mi pecho, escuchando el sonido de las olas que, hace solo una hora, prometían libertad y que ahora solo me recordaban el tamaño de mi tumba de cristal.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP