El amanecer trajo consigo un dolor punzante que me recordaba, con cada latido, que seguía viva y cautiva. Mis palmas estaban en carne viva. Las costras de las medias lunas que mis propias uñas habían cavado en la carne anoche se habían pegado a las sábanas de seda durante la madrugada. Al despegar las manos, un quejido seco escapó de mi garganta. Había pequeñas manchas de sangre seca, como flores marchitas, sobre el blanco inmaculado de la cama.
Me obligué a levantarme. Elpida no vino a buscarm