El despertar fue una agonía sorda. Mis manos, envueltas en las vendas blancas que Mavros había colocado con una precisión aterradora, palpitaban al ritmo de mi corazón. El ardor de las heridas se sentía como si tuviera brasas calientes cosidas a las palmas. Traté de mover los dedos, pero el simple esfuerzo hizo que un sudor frío me empapara la frente. La realidad me golpeó antes de que pudiera abrir los ojos: no había escapatoria. No había piedad. Solo había Mavros.
La puerta de mi habitación s