Mundo ficciónIniciar sesiónEl despertar fue una agonía sorda. Mis manos, envueltas en las vendas blancas que Mavros había colocado con una precisión aterradora, palpitaban al ritmo de mi corazón. El ardor de las heridas se sentía como si tuviera brasas calientes cosidas a las palmas. Traté de mover los dedos, pero el simple esfuerzo hizo que un sudor frío me empapara la frente. La realidad me golpeó antes de que pudiera abrir los ojos: no había escapatoria. No había piedad. Solo había Mavros.
La puerta de mi habitación se abrió a las ocho en punto. Él entró, ya vestido con un traje gris humo que gritaba poder y arrogancia. Sus ojos recorrieron mi figura acurrucada en la cama antes de detenerse en mis manos vendadas. —Levántate, Majorie. Hoy empiezas tus nuevas funciones —dijo, su voz fría como el mármol de la isla—. Como te advertí, serás mi sombra. Y las sombras no se quedan en la cama llorando su suerte. Me obligaron a vestirme con un vestido de seda negro, sencillo pero elegante, que dejaba mis manos vendadas como el único accesorio visible. Una marca de mi fracaso. Mavros me guio fuera de la mansión, pero esta vez no fuimos a su oficina ni a la terraza. Bajamos a los niveles inferiores, donde el aire acondicionado dejaba de ser un lujo para convertirse en un aliento gélido. Llegamos a una zona de la propiedad que no conocía: una bodega subterránea con paredes de piedra bruta. El olor allí era distinto; olía a humedad, a pólvora y a algo metálico que me revolvió el estómago. En el centro de la habitación, bajo una luz cenital amarillenta, había un hombre atado a una silla de metal. Estaba ensangrentado, con el rostro hinchado y la respiración rota. Me tensé de inmediato, intentando retroceder, pero la mano de Mavros se cerró sobre mi hombro, manteniéndome firme a su lado. Su contacto, aunque firme, me quemaba. —¿Quién es él? —susurré, sintiendo que las piernas me flaqueaban. —Un traidor —respondió Mavros, sin apartar la vista del hombre—. Intentó vender información sobre nuestras rutas navieras a los rusos. En mi mundo, Majorie, la información es más valiosa que el oro. Y la traición se paga con la única moneda que no se devalúa: la sangre. Mavros caminó hacia el hombre. Sus pasos resonaban en el suelo de concreto con una cadencia letal. Yo estaba allí, de pie, con mis manos vendadas apretadas contra mi pecho. El dolor de mis palmas parecía sincronizarse con el miedo que emanaba del prisionero. Hundí mis uñas en el borde de mis vendas, sintiendo cómo el dolor físico me ayudaba a no desmayarme. —Dime, ¿valió la pena? —preguntó Mavros, tomando al hombre por el cabello y obligándolo a mirar hacia donde estábamos nosotros—. ¿Cuánto te ofrecieron por mi cabeza? El hombre escupió sangre y balbuceó algo ininteligible. Mavros suspiró, un sonido de decepción casi educado, y luego, sin previo aviso, le propinó un golpe seco en la mandíbula que lo hizo tambalearse junto con la silla. Ahogué un grito, llevándome las manos vendadas a la boca. El sabor de la sal de mis propias lágrimas empezó a inundar mis labios. —Míralo, Majorie —ordenó Mavros, girándose hacia mí—. No apartes la vista. Si vas a ser parte de mi mundo, tienes que entender las consecuencias de cruzarme. —¡No quiero ser parte de esto! —grité, con la voz quebrada—. ¡Déjame ir! ¡Esto es una locura! Mavros se acercó a mí en tres zancadas. Me tomó de la nuca con una mano, obligándome a mirar la escena brutal frente a nosotros. Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo y el olor de su perfume mezclándose con el olor a hierro de la sangre en la habitación. —Ya eres parte de esto. Desde el momento en que tu padre firmó ese papel, tu vida y la mía quedaron entrelazadas. Si yo caigo por culpa de un traidor como este, tú caes conmigo. Los rusos no te tratarían con la "delicadeza" que yo te trato. Te usarían como un trapo y te tirarían al mar. Así que mira. Aprende lo que significa el poder real. Lo que siguió fue una demostración de brutalidad que no creí posible fuera de las películas de terror. Mavros no perdió la calma ni una sola vez. Cada golpe, cada pregunta, cada amenaza estaba calculada para romper la voluntad del hombre. Yo veía cómo el prisionero se desmoronaba, cómo su dignidad desaparecía bajo los puños de Mavros. Mis manos ardían. El esfuerzo de apretarlas contra mi pecho hizo que las heridas se abrieran ligeramente, y pude ver cómo el rojo empezaba a manchar las vendas blancas de nuevo. Pero no podía moverme. Estaba hipnotizada por el horror y por la figura de Mavros. Había algo aterradoramente magnético en su violencia; era un depredador en su elemento natural. Por primera vez, comprendí que los doce millones de la deuda de mi padre no eran nada para este hombre. Él no quería dinero; quería el control total sobre la vida y la muerte. —Por favor... basta —suplicó el hombre, con voz agónica. Mavros se detuvo. Sacó un pañuelo de seda blanca de su bolsillo y se limpió los nudillos con una elegancia que me dio escalofríos. —Dime el nombre del contacto en Atenas y terminaré con tu sufrimiento —dijo Mavros, su voz volviendo a ser ese barítono suave que me hacía temblar. El hombre habló. Susurró un nombre y una dirección. Mavros asintió y le hizo una señal a uno de los guardias que estaban en las sombras. El guardia se acercó y, con un movimiento rápido, terminó el trabajo. Cerré los ojos con fuerza, sollozando en silencio. Mis piernas finalmente cedieron y caí de rodillas sobre el frío concreto. Sentía que el aire de la bodega estaba viciado, que la muerte se me pegaba a la piel como el olor a pescado del día anterior. Mavros se arrodilló frente a mí. Me tomó de las manos vendadas, levantándolas para inspeccionarlas. Al ver la sangre fresca manchando la tela blanca, sus ojos grises se oscurecieron. —Te advertí que no apretaras las manos, Majorie —dijo, y esta vez su voz no era cruel, sino extrañamente posesiva—. Te lastimas a ti misma tratando de resistirte a la realidad. —La realidad es que eres un monstruo —respondí, mirándolo a través de mis lágrimas. Mavros sonrió, una sonrisa triste que me desconcertó. —Soy lo que este mundo me obligó a ser. Y ahora, soy el hombre que te mantiene viva. Deberías agradecérmelo. Si no fuera por mi "monstruosidad", estarías en manos de gente que no sabe lo que es la limpieza. Me levantó del suelo sin esfuerzo. Me sacó de la bodega y me llevó de vuelta a la luz del sol de la terraza. El contraste fue tan violento que me dolió la cabeza. El azul del Egeo seguía allí, indiferente a la sangre que acababa de derramarse bajo sus pies. —Cenaremos tarde hoy —dijo él, soltándome—. Elpida vendrá a cambiarte esas vendas. Y más te vale que para la noche hayas recuperado la compostura. No quiero una sombra que tiemble frente a mis invitados. Se alejó hacia su despacho, dejándome allí sola. Miré mis manos. El rojo seguía extendiéndose por el tejido blanco. Me senté en una de las sillas de la terraza, sintiendo el vacío en mi estómago. Ya no era solo miedo lo que sentía por Mavros. Era una comprensión devastadora de mi propia insignificancia. Yo era una hormiga en el mundo de un gigante que aplastaba a cualquiera que se interpusiera en su camino. Mi padre me había vendido al diablo, y yo acababa de presenciar cómo el diablo cobraba sus deudas. Mis manos me recordaban constantemente el precio de mi libertad fallida. Cada punzada de dolor era un recordatorio de que él era el dueño de cada gramo de mi ser. Pero mientras miraba el horizonte, una parte de mí, una parte pequeña y oscura que me asustaba, empezó a comprender que para sobrevivir a un monstruo, quizás tendría que empezar a entender su lenguaje. Cerré los ojos, escuchando el sonido de las olas, y por primera vez, no soñé con Nueva York. Soñé con el gris metálico de los ojos de Mavros y con el calor de su mano sobre la mía, manchada de sangre y seda. La princesa Moretti estaba desapareciendo, y en su lugar, algo mucho más peligroso estaba empezando a nacer en el silencio de aquella isla maldita.






