Mundo ficciónIniciar sesiónDos líneas rojas y la enfermedad de su madre cambiaron el destino de Leonella. Para salvar a su madre y evitar convertirse en una carga abrumadora para el hombre que amaba, aceptó el trato del diablo: abandonar a Héctor sin dar explicaciones. Él la amaba con la sinceridad de quien no tiene nada. Ella lo dejó sin saber que en realidad él es un CEO poderoso y estaba dispuesto a dárselo todo. Cinco años después, Héctor la encuentra convertida en la prometida de otro hombre. Pero él no ha olvidado. El odio que siente es tan grande como el deseo que aún le quema la piel al verla. Bajo el pretexto de un cruel "castigo", Héctor la reclama como suya, decidido a humillarla y cobrarle cada segundo bajo soledad y traición. En esta guerra de orgullo y sábanas frías, solo hay una regla: el que se enamora, pierde. Pero, ¿Cómo será su destino cuando Héctor descubra que el hijo que ella cría en secreto tiene sus propios ojos?
Leer másEl olor a amoníaco y cloro del baño de la facultad de medicina le revolvía el estómago. Leonella se sostenía del lavabo, con los nudillos blancos, esperando a que el segundero del reloj avanzara. Tres minutos. Tres minutos que se sentían como una ejecución.
Cuando bajó la mirada al pequeño trozo de plástico sobre el granito gris, el mundo se detuvo. Allí estaban, dos líneas rojas. Intensas. Innegables. —No, no, no… —susurró, sintiendo un escalofrío que le recorrió la columna—. Ahora no. Por favor, ahora no. Leonella cerró los ojos con fuerza. Tenía veintiún años. Dos empleos de medio tiempo que apenas le daban para comer y pagar la matrícula de la universidad. Pero lo más grave: su madre se consumía en una cama de hospital, esperando un tratamiento que costaba más de lo que Leonella ganaría en diez vidas. ¿Cómo iba a traer a un niño a este desastre? Sin embargo, al acariciarse el vientre por instinto, una chispa de calidez la golpeó. Era de él. De Héctor. El hombre que la hacía olvidar que el mundo era un lugar hostil. Con él, la pobreza no pesaba tanto. Salió del baño casi corriendo, esquivando a los estudiantes que reían en los pasillos. Necesitaba verlo. Necesitaba que él le dijera que todo estaría bien, aunque supiera que era mentira. Llegó al taller mecánico donde Héctor trabajaba. El ruido de las llaves inglesas y el olor a aceite quemado la recibieron. Lo vio de lejos. Estaba bajo el chasis de un deportivo negro, con los brazos manchados de grasa y el ceño fruncido por el esfuerzo. Se veía tan varonil, tan real. Leonella sintió un nudo en la garganta. Héctor trabajaba doce horas al día para ayudarla, para ahorrar para un futuro que siempre parecía escaparse de las manos. ¿Cómo voy a decirle que ahora somos tres?, pensó Leonella. Voy a ser su ancla. Lo voy a hundir. Héctor salió del foso de trabajo limpiándose las manos con un trapo sucio. Al verla, su rostro se iluminó de una forma que siempre la desarmaba. Tiró el trapo a un lado y caminó hacia ella con paso firme. —Nena, ¿qué haces aquí? —le preguntó, atrapándola por la cintura antes de que ella pudiera retroceder. Sus manos estaban calientes, seguras—. Te ves pálida. ¿Pasó algo en el hospital? —Héctor, yo… —Leonella tragó saliva. El corazón le martilleaba las costillas—. Tengo algo que decirte. Es importante. Él sonrió, una sonrisa de esas que prometían que el mundo podía arder y él seguiría ahí. —Qué coincidencia. Yo también tengo algo que decirte. Algo que va a cambiarlo todo. Leonella apretó los puños. —Habla tú primero —pidió ella, con la voz quebrada. —No, tú primero —insistió él, dándole un beso rápido en la frente—. Suéltalo, Leonella. Sabes que puedes decirme lo que sea. Ella tomó aire, cerró los ojos y soltó la bomba que llevaba quemándole el pecho desde hacía una hora. —Estoy embarazada, Héctor. Vamos a tener un hijo. El silencio que siguió fue sepulcral. Leonella esperaba que él se soltara, que se pasara las manos por el pelo con desesperación, que hiciera cuentas mentales de lo poco que tenían en el banco. Pero Héctor hizo todo lo contrario. La levantó en vilo, haciéndola girar en el aire. Sus carcajadas resonaron en el taller, atrayendo las miradas curiosas de los otros mecánicos. —¡Un hijo! —exclamó él, bajándola para devorarle la cara a besos—. ¡Leonella, es la mejor noticia de mi vida! —¿Estás loco? —ella empezó a llorar, golpeándole el pecho sin fuerza—. ¡No tenemos nada! Mi madre está muriendo, yo apenas puedo con las clases, tú vives en ese departamento que se cae a pedazos… ¡Héctor, no podemos criar a un bebé con amor y aire! Él le tomó la cara con ambas manos, obligándola a mirarlo. Sus ojos, usualmente tranquilos, brillaban con una intensidad desconocida, casi autoritaria. —Escúchame bien, Leonella. De eso no te vas a preocupar. Nunca más. En realidad, yo… El celular de Leonella estalló en su bolsillo. Vibraba con la urgencia que solo tienen las malas noticias. Ella miró la pantalla: Hospital Central. El color huyó de su rostro. —Tengo que contestar —balbuceó. Se alejó de Héctor. —Hola ¿Cómo está mi madre? —contestó de inmediato. —Señorita Leonella, su madre ha tenido una crisis respiratoria —la voz de la enfermera era fría, profesional, letal—. El doctor dice que no pasará de esta noche si no entramos a quirófano ahora mismo. Venga ya. Leonella no se despidió. No pudo. Salió corriendo del taller, ignorando los gritos de Héctor que la llamaba por su nombre. Corrió hasta que le ardieron los pulmones, se subió al primer autobús que pasó y llegó al hospital con el corazón en la boca. El pasillo de la unidad de cuidados intensivos estaba en penumbras. El Dr. Vargas la esperaba con una carpeta en la mano y el rostro sombrío. —Leonella, llegas justo a tiempo. Pero tengo que ser franco. La cirugía de tu madre es de alta complejidad. El equipo está listo, pero la administración no autorizará el procedimiento sin el depósito previo. —¿De cuánto estamos hablando, doctor? —preguntó ella, aunque ya sabía que la respuesta sería un golpe. —Cincuenta mil dólares. Es un bypass coronario de urgencia y el postoperatorio es costoso. Necesitamos al menos veinticinco mil esta noche para que entre a la sala. Veinticinco mil dólares. Leonella sintió que el suelo se abría bajo sus pies. No tenía esa cantidad. Ni siquiera vendiendo sus órganos llegaría a la mitad en unas horas. Se desplomó en una de las sillas de plástico duro, cubriéndose la cara con las manos. —No los tengo —sollozó—. Por favor, sálvenla. Se los pagaré, trabajaré de lo que sea… —Sabes que no funciona así, Leonella. Lo siento mucho —el médico le puso una mano en el hombro y se retiró, dejándola sola con su miseria. Salió del hospital. Caminó por las calles oscuras, alejándose del centro, hasta que las luces de neón empezaron a parpadear con un zumbido eléctrico. El aire aquí olía a tabaco barato y gasolina. Se detuvo frente a una fachada de terciopelo negro y luces púrpuras. El cartel rezaba: "The Velvet Club". Debajo, una nota escrita a mano: "Se buscan bailarinas y anfitrionas. Pago en efectivo al terminar el turno. Sin preguntas". Leonella tragó saliva. Sus dedos se cerraron sobre su vientre plano por un segundo, pidiéndole perdón a su hijo. Entró. La música electrónica le retumbó en los oídos, una vibración pesada que acompañaba el latido desbocado de su corazón. —¿Vienes por el anuncio? —un hombre calvo y con cicatrices en el cuello la interceptó en la barra. —Sí —respondió ella, forzando una seguridad que no sentía. —Al fondo. Habla con 'La Madame'. Si te queda el traje, empiezas ahora. Diez minutos después, Leonella estaba frente a un espejo manchado. Llevaba un conjunto de seda negra, mínimo, que dejaba su piel expuesta al aire frío del local. Se sentía desnuda, vulnerable, pero cuando recordó la cara de su madre en la UCI, su mirada se volvió de acero. No se dio cuenta de que, desde la penumbra de un callejón frente a la salida de emergencia, un hombre de traje oscuro ajustaba el lente de una cámara de largo alcance.La jueza, una mujer de mirada severa detrás de unos lentes de montura gruesa, golpeó el escritorio con un bolígrafo, deteniendo la respiración de los abogados locales de Pierina, quienes se encogieron en sus asientos ante la imponente entrada de Héctor.—Señores, controlen sus términos —advirtió la magistrada con voz cortante—. Esto es un tribunal de menores, no un ring de boxeo. Señor De la Vega, tome asiento con su esposa.—No vine a sentarme, su señoría, vine a terminar con una extorsión —siseó Héctor. Su figura alta y robusta ensombreció el espacio, emanando un aura de hostilidad pura que hizo que Pierina apretara más al bebé contra su pecho.Pierina forzó una risa cínica, aunque el temblor en sus dedos delataba que la presencia de Leonella la ponía enferma de los nervios. Se acomodó la manta de lana azul del niño con un movimiento defensivo.—¿Extorsión? Por favor —chilló Pierina, mirando a la jueza con lágrimas falsas en los ojos—. Su señoría, vine desde Suiza huyendo del acoso
El pequeño Leo entró corriendo al comedor, con el uniforme del colegio impecable y el cabello castaño peinado hacia atrás. Se detuvo en seco al ver a sus padres abrazados, inflando el pecho con esa seriedad que había copiado milimétricamente de Héctor.—Papá, Bernardo dice que el coche ya está listo —anunció el niño, mostrando sus cuadernos con orgullo—. Hoy tengo examen de matemáticas. Dijiste que si sacaba la nota más alta, me llevarías a la corporación por la tarde.Héctor se separó de Leonella y se agachó frente al pequeño, poniéndole una mano firme en el hombro.—Un De la Vega no solo saca la nota más alta, Leo —sentenció el hombre, con una voz grave que infundía autoridad—. Domina el aula. Te espero a las cuatro en mi oficina. No me hagas quedar mal con la junta de accionistas.—¡Hecho! —gritó el niño, dándole un choque de palmas honesto antes de salir disparado hacia el coche donde Bernardo ya lo esperaba.Así fue pasando el tiempo; pasaron siete meses y medios exactos. Siete m
Héctor arrugó el papel en su puño con una furia destructiva, estampando el puño cerrado contra la columna de mármol del vestíbulo con un golpe seco que hizo eco en toda la casa. Los ojos le destellaban puro odio.—¡Maldita sea! —rugió Héctor, con los dientes apretados y el rostro enrojecido por la ira—. Cruzó la frontera. Se llevó a Pierina para impedir que me quede con el niño.Leonella le arrebató el papel arrugado, leyendo las líneas finales. Su rostro se volvió de piedra, pero no hubo lágrimas en sus ojos oscuros; solo un fuego peligroso de dignidad. Se giró hacia Héctor, tocándole el pecho con firmeza, obligándolo a mirarla de frente.—¿Qué vamos a hacer? —preguntó.—Nada, solo esperar. Cuando ella esté a punto de dar a luz, viajamos; mientras tanto, hagámosle creer que ganaron.*****Tres días después, en el despacho principal de la mansión De la Vega, Héctor y Leonella terminaban de escuchar el reporte que el jefe de seguridad les daba a través del teléfono satelital. El inform
La suite privada de Eugenia De la Vega en Ginebra era una jaula de oro, pero con el aire envenenado. Desde que habían aterrizado en Suiza, la matriarca no se despegaba de Pierina ni un solo segundo, tratándola más como una incubadora andante de su propiedad que como a una aliada. La tensión entre ambas había llegado al punto de ebullición.Eugenia caminó hacia el diván donde Pierina descansaba, arrojándole una carpeta de cuero sobre las piernas con un movimiento brusco. El golpe hizo que Pierina diera un respingo, llevándose las manos al vientre por instinto.—Firma eso de una vez, Pierina —ordenó Eugenia. Su voz era un hilo de acero gélido, y el tic de su ojo derecho bailaba con una frecuencia desquiciada—. Son los documentos de cesión de custodia exclusiva a mi favor para el tribunal suizo. En cuanto ese niño nazca, yo tomaré las riendas de su educación. No voy a dejar el futuro del apellido en manos de ti, ni mucho menos de la imbécil de Leonella.Pierina se puso de pie de un salto
Último capítulo