Mundo ficciónIniciar sesiónHéctor se pasó el dorso de la mano por la frente, dejando un rastro de grasa negra sobre su piel. El taller estaba cerrando, pero su cabeza seguía en otro planeta. Un hijo.
Iba a ser padre con la mujer que amaba. Sacó el móvil y marcó el número de Leonella por quinta vez en una hora. Nada. Solo el buzón de voz. —Contesta, nena. Por favor —susurró, sintiendo un pinchazo de ansiedad que no lograba sacudirse. Pensó en ir directo al hospital, pero antes debía pasar por su "casa". O mejor dicho, por el lugar que pronto dejaría de ser un secreto para Leonella. Caminó hacia la salida del taller, pero no se subió a su viejo cacharro. Un Mercedes negro de cristales blindados se detuvo frente a él con la precisión de un reloj suizo. La puerta se abrió. Héctor entró, se hundió en los asientos de cuero italiano y suspiró. El conductor no dijo una palabra, solo arrancó. Héctor miró sus manos sucias. Se sentía un impostor. Leonella creía que era un mecánico más, un hombre que luchaba por llegar a fin de mes. No es que le hubiera mentido a propósito; ella nunca preguntó por su apellido y él disfrutó, por primera vez en su vida, ser querido por quién era y no por lo que tenía en el banco. Todo ese negocio de restauración, las franquicias, los edificios... todo pertenecía a su familia. Él solo estaba allí, desde abajo, aprendiendo el valor del sudor antes de asumir el trono. Pero mañana todo cambiaría. Mañana se pondría el traje de tres piezas y ocuparía la oficina del CEO. Y lo haría con Leonella a su lado. Al llegar a la mansión familiar, el lujo le pareció frío comparado con el calor de los labios de Leonella. Entró en el gran salón y se detuvo en seco. Su madre, una mujer que destilaba elegancia y veneno a partes iguales, reía animadamente en el sofá. A su lado, una joven de belleza perfecta y joyas excesivas la escuchaba como si fuera un oráculo. Pierina. La heredera del imperio textil más grande del país. La mujer que su madre había elegido para él antes de que él supiera caminar. —¡Héctor! Por fin llegas, querido —dijo su madre, recorriendo con una mirada de asco su ropa manchada de aceite—. Pierina ha estado esperándote toda la tarde. Pierina se levantó y se acercó a él con una sonrisa ensayada. Le puso una mano en el brazo, ignorando la grasa. —Te ves... interesante así, Héctor. Muy varonil —ronroneó ella. Héctor se tensó. No quería juegos. No hoy. —Madre, tenemos que hablar. A solas. —Oh, no seas rudo. Vamos a cenar primero. Tenemos mucho que celebrar sobre tu nombramiento de mañana —insistió la mujer, ignorando el tono de su hijo. La cena fue un despliegue de hipocresía. Su madre hablaba de fusiones, de alianzas estratégicas y, finalmente, soltó la bomba que Héctor sabía que venía: el matrimonio con Pierina. Héctor dejó caer los cubiertos sobre el plato de porcelana. El sonido metálico cortó el aire como si fuese un disparo. —No habrá boda con Pierina —soltó él, mirando a su madre a los ojos—. La mujer con la que voy a casarme se llama Leonella. Y ya está embarazada de mi hijo. Me casaré con ella lo antes posible. El silencio fue absoluto. Pierina se puso pálida, apretando la servilleta hasta que sus nudillos se volvieron blancos. Su madre, sin embargo, no gritó. Se limitó a dejar su copa de vino sobre la mesa con una calma aterradora. —¿Una estudiante? —preguntó la mujer, con una voz que era puro hielo—. ¿Una chica que sirve mesas para pagar sus libros? Héctor, por favor. Esa clase de mujeres solo buscan un boleto de lotería. —Ella no sabe quién soy —rugió Héctor, poniéndose de pie—. Me ama por Héctor, el mecánico. No por el heredero de los De la Vega. Y no voy a permitir que nadie, ni siquiera tú, se interponga en nuestro camino. Su madre mantuvo la sonrisa, una que no llegaba a sus ojos. —Entiendo, hijo. Eres un hombre de honor. No diremos nada más por hoy. Héctor salió del comedor sin mirar atrás. Pasó la noche en vela, llamando a Leonella una y otra vez. El silencio de ella empezaba a quemarle las entrañas. ¿Seguiría su madre en crisis? ¿Habría pasado algo malo? ¿Por qué no contestaba? A la mañana siguiente, el sol entró por los ventanales de su habitación con una crueldad innecesaria. Se vistió mecánicamente: camisa blanca, corbata de seda, gemelos de oro. Se miró al espejo y no reconoció al hombre que veía. Extrañaba el olor a aceite. Extrañaba a Leonella. Mientras subía al coche que lo llevaría a su primer día como CEO, un escalofrío le recorrió la columna. Volvió a marcar su número. "El número que usted marcó se encuentra fuera de servicio ". —Maldita sea —golpeó el asiento con frustración—. ¿Dónde estás, Leonella? Miró hacia la dirección del Hospital Central, que quedaba al otro lado de la ciudad. Su corazón le pedía ir, verla, asegurarse de que estuvieran bien. La duda lo estaba matando. —Pedro —le ordenó al conductor, con una determinación repentina—. Primero al Hospital Central. El chofer, un hombre mayor que había trabajado para la familia durante años, no arrancó de inmediato. Miró a Héctor por el espejo retrovisor con expresión preocupada. —Señor Héctor, si nos desviamos al hospital, la reunión con la junta directiva será imposible. Estamos a solo quince minutos de la empresa, pero el tráfico hacia el centro es terrible. Llegaremos al menos cuarenta minutos tarde. Y es su primer día. El primero como presidente. Héctor apretó la mandíbula. Las palabras del chofer fueron un latigazo. No podía llegar tarde. No en su presentación oficial ante cientos de empleados y la junta directiva, que ya tenía dudas sobre su juventud. Si empezaba así, su autoridad nacería muerta. Recordó la voz de su madre anoche: "Esa clase de mujeres solo buscan un boleto de lotería". La duda, sembrada por ese veneno, empezó a crecer de nuevo en su pecho. ¿Por qué el silencio repentino de ella? ¿Por qué no lo llamó de vuelta, si estaba tan enamorada? ¿Sería que, como dijo su madre, ella se había asustado con la realidad de un mecánico de verdad y un hijo en camino? Él estaba dispuesto a confesarle todo hoy, a darle todo lo que necesitara, pero ella se había desvanecido. El orgullo de hombre, herido por el silencio y el miedo a la traición, se apoderó de él, mezclándose con la ambición que el apellido De la Vega le había inculcado. Él no podía arrastrarse. Él era el CEO. —Maldita sea —murmuró, cerrando los ojos con fuerza—. Tienes razón. Vámonos a la empresa. Directamente. Arrancaron hacia el edificio de la empresa. Mientras el coche se alejaba del hospital, Héctor sintió que algo en su interior se rompía y se congelaba al mismo tiempo. No podía ir a buscarla… no por ahora. Saqué el móvil de nuevo. No para llamarla a ella, sino para usar el poder que ayer no tenía. Marqué un número privado. —Habla De la Vega —dijo Héctor, con una voz gélida que no reconocía como suya—. Necesito un investigador en el Hospital Central. Habitación 402. Paciente: la madre de Leonella. Quiero saber qué pasó, dónde están y quién pagó la cuenta. Lo quiero para ayer. El coche entró en el garaje subterráneo de la imponente torre corporativa. Héctor bajó, ajustándose la chaqueta del traje de tres piezas. El ascensor privado lo esperaba. "Piso 50. Presidencia", rezaba el botón. Justo cuando las puertas del ascensor se abrieron en el ático, el celular de Héctor vibró. Era el investigador. —Dime —contestó él, con el corazón en la boca. —Señor De la Vega, acabo de llegar a la habitación 402 —la voz del hombre era rápida, profesional—. No hay nadie. La señorita Leonella y su madre ya se fueron. Pagaron la cuenta completa anoche y se marcharon en una ambulancia privada sin dejar dirección de destino. Héctor se quedó petrificado en la entrada de su oficina. La duda en su pecho se transformó en una certeza amarga. Ella se había ido. ¿De dónde había sacado dinero?






