Capítulo 4. El descenso.

—¿Qué? —Héctor sonó como si le hubieran disparado—. Leonella, no bromees con eso. Sé que estás asustada, pero yo…

—No estoy asustada, Héctor. Estoy harta —lo interrumpió ella con una risa amarga y falsa—. Me di cuenta de que no puedo estar con alguien que no tiene donde caerse muerto. ¿Vivir en tu apartamento de mala muerte? ¿Criar a un hijo con tu sueldo de mecánico? No, gracias. Yo valgo más que eso.

—Tú no eres así… —susurró él, y Leonella pudo escuchar cómo su corazón se hacía trizas a través de la línea.

—¿Ah, no? Entonces no me conoces. He encontrado a alguien que sí puede darme la vida que merezco. Alguien con dinero de verdad, Héctor. Quédate con tu grasa y tus herramientas. No me vuelvas a llamar.

Leonella colgó antes de que él pudiera decir una palabra más. Se derrumbó en la tienda de reparaciones, tapándose la boca con ambas manos para que sus gritos de dolor no escaparan. 

Sentía que el pecho le iba a estallar. Lo había logrado. Lo había salvado de la ruina que su supuesta madre le había descrito, pero acababa de convertir su amor en el odio más puro del mundo.

Se puso de pie con las piernas temblando. El dinero del cheque del hospital era solo el principio; los medicamentos postoperatorios para su madre eran una sangría diaria que su sueldo de mesera no cubriría jamás. 

Limpió sus lágrimas con el dorso de la mano, dejando su rostro enrojecido y tenso. La necesidad era un animal hambriento que la empujaba hacia adelante.

*****

Después de la llamada de Leonella. En el piso 50 de la torre corporativa, Héctor permanecía con el teléfono en la mano, incapaz de reaccionar. Estaba de pie frente al ventanal que dominaba la ciudad, pero sus ojos estaban fijos en un punto invisible. El silencio en la oficina de presidencia era tan pesado que podía oír el zumbido de las luces.

¿Un aborto? ¿Por dinero? ¿Por un hombre rico?

Sus nudillos se volvieron blancos, crujiendo por la fuerza con la que apretaba el dispositivo. El Héctor que reía en el taller, el que soñaba con una casita y un bebé, murió en ese silencio. Su mirada cambió; el brillo cálido se extinguió, reemplazado por una ira negra y viscosa que le quemaba la garganta como el ácido. La traición de Leonella no solo le había quitado a la mujer que amaba, le había quitado a su hijo.

—Investígala —le ordenó al investigador privado que tenía en nómina secreta. Su voz no parecía humana; era un rugido contenido, gélido—. Encuéntrala ya. No me importa el costo. Quiero ver qué está haciendo esa mujer ahora mismo.

Héctor se sirvió un whisky, pero no lo bebió. Se quedó estático, esperando. Diez minutos después, el teléfono vibró sobre el escritorio de mármol.

Abrió el archivo. Sus ojos se inyectaron en sangre al ver las imágenes digitales.

Allí estaba ella. Su dulce Leonella. Bajo las luces estridentes y sucias del Velvet Club. En la primera foto, caminaba entre las mesas con ese traje que insultaba su memoria. En la segunda, estaba sirviendo copas a un grupo de hombres que la devoraban con la mirada.

Pero la última imagen fue el golpe de gracia.

Leonella estaba recostada de forma sugerente en un reservado privado. Un hombre con un reloj de oro macizo y actitud de dueño del mundo le rodeaba la cintura con un brazo posesivo. Ella parecía sonreírle al extraño, con el rostro inclinado hacia él, aceptando su cercanía.

Héctor lanzó el teléfono contra el ventanal. El cristal blindado no se rompió, pero el estruendo del impacto resonó como una explosión en la habitación vacía.

—Así que eso es lo que vale nuestro hijo —rugió Héctor, sintiendo un vacío negro en el estómago—. Un puñado de billetes sucios y un hombre con un traje caro.

Se ajustó la corbata de seda con una mano que ya no temblaba; se había convertido en piedra y su rostro se transformó en una máscara gélida, 

—Si esto es lo que quieres, pues disfruta tu libertad, Leonella —susurró hacia la oscuridad de la ciudad—. Y más te vale esperar que nunca volvamos a encontrarnos, porque si si, te juro que desearás haber muerto,  y te voy a cobrar cada gota de este dolor.

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