Epílogo. La casa que aprendió a sanar.
Tres años después
La mansión De la Vega ya no se parecía en nada a la fortaleza silenciosa que había sido durante décadas. Ahora tenía dibujos en las paredes de la sala de juegos.
Muñecas abandonadas en las escaleras. Dinosaurios sin cabeza debajo de los sofás.
Zapatos diminutos apareciendo en lugares imposibles y risas. Sobre todo risas. Demasiadas. Constantemente.
Era el sonido favorito de Héctor De la Vega. Aunque jamás lo admitiría públicamente.
—¡Eso es trampa!
—¡No es trampa!
—¡Papá!
Héct