Mundo ficciónIniciar sesiónCinco años después
El espejo de la suite presidencial devolvía una imagen que Leonella apenas reconocía. El vestido de seda color champán se amoldaba a sus curvas como una segunda piel, cubierto por miles de cristales que captaban la luz de las arañas de oro.
Ya no quedaba rastro de la universitaria de pelo revuelto y manos manchadas de tinta. La riqueza, aunque ajena, la había esculpido. Tenía una elegancia gélida, una belleza pulida por el lujo, pero al mirarse a los ojos, Leonella solo veía el reflejo de un fantasma. Hoy era su banquete de compromiso. Cinco años habían pasado desde que vendió su libertad. Leonella cerró los ojos y, por un instante, el aroma a flores caras del hotel desapareció, reemplazado por el olor a humedad de aquel callejón. Recordó la noche en que entró al Velvet Club, desesperada, dispuesta a todo por su madre. Recordó el roce asqueroso del tipo que intentó sobrepasarse con ella en el camerino mientras ella temblaba con ese traje revelador. Y recordó a su salvador. Augusto, el CEO de la farmacéutica más grande del país, apareció como un ángel oscuro. Él la sacó de allí, trasladó a su madre a una clínica de élite en otra ciudad y le dio los fármacos experimentales que la mantuvieron viva cinco años más. Pero los ángeles no regalan milagros. El precio de Augusto fue claro: Leonella debía ser suya. Un matrimonio por contrato, una esposa trofeo que validara su imagen pública. —¿Estás lista, querida? —la voz de Augusto la sacó de sus pensamientos. Él entró en la habitación, impecable en su esmoquin, y le puso una mano en el hombro. —Sí —mintió ella, forzando una sonrisa—. Vamos. El salón de banquetes era un mar de joyas y susurros. Leonella caminaba del brazo de Augusto, saludando a magnates y herederos, sintiéndose como una pieza de exhibición. Todo era perfecto, hasta que el aire pareció succionarse del salón. Un hombre entró. No caminaba, dominaba el espacio. Leonella sintió un latigazo eléctrico que le recorrió la columna. El hombre vestía un traje de corte italiano que gritaba poder. Tenía el cabello perfectamente peinado hacia atrás y una mandíbula tan afilada que parecía capaz de cortar el cristal. Sin embargo, fueron sus ojos los que la detuvieron en seco. Eran oscuros, gélidos, cargados de una autoridad que no aceptaba réplicas. Era él. Era Héctor. Pero no el Héctor que ella recordaba. No el chico dulce que arreglaba motores y soñaba con una casita en el campo. Este hombre emanaba una frialdad imponente, una crueldad sofisticada que la dejó sin aliento. —Augusto, qué gusto verte —dijo Héctor, acercándose con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Su voz era más profunda, más segura, un barítono que vibró en el pecho de Leonella. —Héctor, qué honor que hayas venido —respondió Augusto, estrechándole la mano—. Déjame presentarte a mi prometida, Leonella. Querida, él es el CEO de la familia De la Vega, el heredero más poderoso del sector. Leonella sintió que el mundo giraba. ¿De la Vega? ¿El chico pobre del taller era un multimillonario? El choque de la verdad la dejó muda. Durante cinco años se había martirizado pensando que lo había dejado en la miseria, y él era el dueño de todo. Héctor clavó su mirada en ella. No hubo reconocimiento público, solo un desprecio abrasador. —Un placer, señorita —dijo él; su tono era puro sarcasmo—. No sabía que Augusto tuviera un gusto tan... refinado. —¿Se conocen? —preguntó Augusto, notando la tensión que hacía saltar chispas en el aire. —No —soltó Leonella demasiado rápido, con el corazón martilleando sus costillas—. No lo conozco de nada. Héctor arqueó una ceja, y por un segundo, Leonella vio al monstruo herido tras su máscara de CEO. —Es una pena. Juraría que tiene un rostro difícil de olvidar. Incapaz de soportar la presión, Leonella murmuró una excusa sobre necesitar aire y huyó hacia la terraza lateral. El frío de la noche la golpeó, pero no era suficiente para apagar el incendio en su sangre. Se apoyó en la barandilla de mármol, jadeando, intentando procesar que el hombre al que renunció por "pobre" era ahora el que podía comprar la ciudad entera. —Mentir se te da de manera natural, tan igual como hace cinco años —la voz de Héctor la hizo saltar. Él estaba allí, entre las sombras de las plantas ornamentales. Caminó hacia ella con la elegancia de un depredador. Antes de que ella pudiera reaccionar, Héctor sacó algo de su bolsillo y se lo arrojó al pecho con desprecio. Era una foto. Leonella la tomó con dedos temblorosos. En la imagen, se la veía a ella con la lencería provocativa del club, envuelta en los brazos de Augusto. Era el momento exacto en que él la había rescatado; ella se había tropezado entre los empujones y había caído sobre él. En la foto, parecía un abrazo íntimo, una entrega total. —¿Así que me dejaste por él? —rugió Héctor, acortando la distancia hasta que ella chocó contra la barandilla—. ¿Ese era tu "mejor postor"? ¿Un CEO con más ceros en la cuenta que el mecánico idiota que te amaba? —Héctor, no es lo que parece... yo... —Leonella intentó explicar el chantaje, la enfermedad de su madre, el rescate. —¡Cállate! —Él la tomó de los hombros, sacudiéndola levemente—. Vi las fotos, Leonella. Vi cómo te lucías en ese club mientras yo lloraba por el hijo que me dijiste que mataste. ¿Cuánto te pagó por el aborto? ¿O fue un paquete incluido en el compromiso? “¡No hubo aborto!” quiso gritar ella, pero Héctor no le dio espacio. Él la besó. No fue un beso de amor, fue un reclamo violento, una invasión de rabia y deseo contenido durante un lustro. Leonella intentó luchar, pero su cuerpo traidor reconoció el sabor de él, el calor que solo Héctor sabía provocar. Sus lenguas se batieron en un duelo salvaje, un castigo que sabía a gloria y a ceniza. Héctor la apretaba contra él con tal fuerza que sentía sus gemelos de oro clavándose en su piel. De pronto, el sonido de pasos y risas desde el salón los alertó. Augusto venía hacia la terraza. Leonella lo apartó de un empujón, limpiándose la boca con el dorso de la mano, con los ojos llenos de lágrimas de frustración. Héctor la miró una última vez, con una promesa de tormenta en sus pupilas. Héctor no esperó a ser descubierto. Salió de la terraza justo cuando Augusto asomaba la cabeza. Leonella se quedó en las sombras, conteniendo la respiración. Vio cómo Héctor interceptaba a Augusto con una naturalidad aterradora. —Augusto, justo a ti te buscaba —dijo Héctor, con la voz perfectamente controlada, como si no acabara de devorar los labios de la prometida de su rival—. Tengo algo que contarte. ¿Podemos hablar en privado ahora mismo?






