Capítulo 8. Perderlo todo.
Leonella salió del cubículo del baño tras lavarse la cara con agua helada. Se miró al espejo y se obligó a tragar el nudo de su garganta. Sus ojos estaban ligeramente rojos, pero su barbilla seguía en alto. Tenía que sobrevivir. Por Leo. Por su madre.
Al regresar al área de presidencia, el ambiente era gélido. Héctor la esperaba en la puerta de su oficina, con los brazos cruzados y una mirada que prometía tormenta.
—Llegas tarde a tu puesto —soltó él, revisando su reloj de oro con desprecio—. D