Capítulo 10. Vístete y vete.
Leonella abrió los ojos, empañados por el deseo, y vio la oscuridad en las pupilas de Héctor. Vio el dolor que él intentaba ocultar con crueldad, vio al hombre que una vez la amó con las manos llenas de grasa y el corazón lleno de sueños. Vio también al monstruo que él creía haber construido para protegerse de ella.—Sí te deseo, Héctor —confesó ella por fin en un hilo de voz—. Te he deseado cada maldito día desde que me fui.Él se quedó inmóvil por un segundo, como si esas palabras lo hubieran golpeado con más fuerza que cualquier mentira. Sus manos, que antes la sujetaban con brutalidad, temblaron contra sus caderas. Sus ojos recorrieron su rostro, buscando la verdad, y algo en su expresión se quebró.Leonella se atrevió a tocar su mejilla. La barba incipiente raspó su palma. Sintió cómo él se tensó bajo su caricia, cómo su respiración se volvía errática. Él cerró los ojos, apoyando la frente contra la de ella, y por un instante, el odio se disolvió en el aire caliente que compartí
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