Mundo ficciónIniciar sesiónEl restaurante apestaba a grasa refrita y a desesperación. Leonella se ajustó el delantal con manos temblorosas, sintiendo que la tela le apretaba el pecho. En su bolsillo, el peso muerto de su teléfono con la pantalla estallada era un recordatorio constante de su aislamiento.
Ayer, en la carrera frenética hacia el hospital tras recibir la noticia de su madre, se le había caído al pavimento. Una tontería técnica que ahora, en medio del caos, se sentía como una catástrofe personal. Necesitaba hablar con Héctor. Necesitaba decirle que lo sentía, que su madre estaba a salvo, y que el bebé… seguía siendo su única chispa de esperanza. El taller quedaba al lado del restaurante y el encargado del restaurante era también el encargado del taller. —¿Héctor ya llegó? —le preguntó al encargado, intentando que su voz no sonara quebrada. El hombre la miró con una mezcla de lástima y fastidio. —Héctor renunció ayer, Leonella. Dejó el turno a la mitad y no volvió a contestar el teléfono. Recogió sus cosas y se largó. El mundo pareció detenerse. ¿Renunció? ¿Por qué? ¿Acaso se había asustado con la noticia del embarazo? ¿O con la deuda de su madre que ella nunca le mencionó? La duda, esa hiedra venenosa, empezó a enredarse en su corazón. —No puede ser… —susurró ella, retrocediendo. —Lo siento, nena. Así son las cosas. Ahora, a trabajar. Tenemos mesas que atender. Leonella pasó el resto de su turno en piloto automático. Cada vez que la puerta del restaurante se abría, su corazón daba un vuelco, esperando ver la figura alta y segura de Héctor. Pero él no apareció. El dolor en su vientre, un pinchazo constante de nervios, le recordaba que no estaba sola en esta pesadilla. Al terminar la jornada, Leonella cobró su magro sueldo y salió corriendo. Necesitaba arreglar ese maldito teléfono. Necesitaba escucharlo decir que era un malentendido. Justo cuando estaba por cruzar la calle, una figura la detuvo. Era una mujer mayor, vestida con un uniforme de limpiadora ajado y sucio. Su rostro tenía arrugas profundas, señales de una vida dura y cruel. Caminaba con dificultad, arrastrando una pierna. —¿Tú eres Leonella? —preguntó la mujer, con una voz rasposa y quebrada. Leonella asintió, desconfiada. —¿Quién es usted? La mujer rompió a llorar de inmediato, un llanto silencioso y doloroso que conmovió a Leonella. —Soy la madre de Héctor. Me enteré… me enteré del embarazo. Leonella sintió un vuelco en el estómago. —¿Él se lo contó? —No, hija. Yo lo descubrí. Héctor es un buen chico, pero… —La mujer se limpió las lágrimas con el dorso de la mano sucia—. Me pidió dinero. Dinero que no tenemos. Insiste en casarse contigo, en criar a ese bebé, pero… no tenemos ni para comer. La mujer se derrumbó en la acera, sollozando con desconsuelo. Leonella se arrodilló a su lado, sintiendo una culpa asfixiante. —Su padre murió temprano —continuó la mujer, entre hipos—. Era alcohólico. Nos dejó llenos de deudas. Héctor trabaja doce horas al día para pagar los errores de su padre y para mantenerme a mí. Si se casa contigo, si tiene un hijo ahora… se va a hundir, Leonella. Si él se queda contigo, lo vas a arrastrar a la miseria en que yo vivo. Cada palabra era un puñal en el corazón de Leonella. Ella amaba a Héctor. Lo amaba tanto que prefería verlo lejos y a salvo que a su lado y destruido. El sacrificio por su madre; ayer la había preparado para esto. —No se preocupe —dijo Leonella, con una voz que sonaba extrañamente firme, aunque por dentro se estaba muriendo—. No lo arrastraré conmigo. La mujer la miró con agradecimiento, una mirada que Leonella nunca olvidaría. —Gracias, hija. Eres una buena mujer. Que Dios te bendiga. Leonella la ayudó a levantarse y la vio alejarse, arrastrando su pierna y su miseria. Se quedó sola en la acera, con el alma hecha trizas. Había tomado su decisión. Por Héctor. Por el bebé. Fue a la tienda de reparaciones. Pagó una fortuna para que arreglaran su teléfono en el acto. Necesitaba terminar esto antes de que su resolución se quebrara. En el momento en que el teléfono volvió a encenderse, una tormenta de notificaciones inundó la pantalla. Llamadas perdidas. Mensajes. Todos de Héctor. Y justo en ese instante, el teléfono vibró en su mano. Era él. Leonella respiró hondo, tragándose el llanto. Apretó el botón de contestar. —¿Leonella? —la voz de Héctor sonó urgente, cargada de una preocupación que la hizo temblar—. ¿Dónde estás? ¿Ha pasado algo? Te he estado llamando todo el día. El silencio se prolongó durante unos segundos. Leonella cerró los ojos, imaginando su rostro, su sonrisa, la seguridad de sus brazos. Tenía que hacerlo. Tenía que matarlo para salvarlo. —Solo te llamo para decirte que hemos terminado, Héctor —dijo ella, con una frialdad forzada que le desgarró la garganta—. No voy a tener este niño, he programado un aborto.






