Mundo ficciónIniciar sesiónSofía está dispuesta a todo por proteger a su amiga Catalina, incluso si eso significa enfrentarse a Harry Meyer, el hombre equivocado... literalmente. En su prisa por impedir una boda que considera un error, termina ante Naven Fort, un poderoso y reservado empresario con un pasado tan misterioso como su mirada. Pero con Naven nadie se equivoca sin consecuencias. Él le ofrece a Sofía una solución inesperada: ayudará a separar a Catalina de Harry, a cambio de que ella se case con él. Veinticuatro horas. Ese es el plazo que Sofía tiene para decidir si firmará un matrimonio por contrato con un completo desconocido. Lo que empieza como un trato frío pronto se transforma en una convivencia cargada de tensión, química y secretos. Todo se complica con la llegada de la exnovia de Naven, una mujer decidida a recuperar lo que cree suyo. Entre verdades ocultas y malentendidos, Sofía empieza a preguntarse si su bondad la está condenando... o si, en medio del caos, podría encontrar el amor real.
Leer másBarcelona brillaba aquella noche. Las luces de la ciudad se reflejaban en las aguas tranquilas del puerto, y el aire traía consigo la frescura del mar mezclada con el eco lejano de risas y música. Era una noche mágica, de esas que parecen escritas por el destino. Mavie se había quedado con Catalina y Axel, feliz de pasar tiempo con sus tíos. Sofía había dudado en dejarla por unas horas, no quería molestar a Catalina, aunque sabe que su amiga estaba encantada, pero una sonrisa de su hija y una mirada firme de Naven bastaron para convencerla. —Esta noche es nuestra, Fort —le había dicho ella en tono suave. —Siempre lo ha sido, Sofia —respondió él, rozándole los labios. Ahora caminaban juntos por la costa, sin apuros, sin palabras forzadas. Solo ellos dos, tomados de la mano, como si el tiempo les perteneciera. Naven, con una camisa blanca remangada y pantalones oscuros, caminaba junto a Sofía, que llevaba un vestido marfil que parecía danzar con la brisa. Su cabello suelto caía sob
La Residencia Fort de Barcelona estaba irreconocible. Globos blancos y dorados colgaban por todo el jardín, guirnaldas con el nombre “MAVIE” decoraban la entrada, y una mesa de dulces digna de una princesa adornaba el centro del evento. El aroma de flores frescas se mezclaba con el de la repostería casera que Inés, con una sonrisa orgullosa, había preparado junto a chefs traídos especialmente desde Madrid. —¿Ya está todo listo? —preguntó Catalina, bajándose las gafas de sol mientras organizaba los souvenirs con forma de osito. —Todo está perfecto —respondió Alicia Michelle, ajustando la diadema en su cabello mientras le mostraba a Alexandra las fotos del decorado. —Parece una boda —bromeó Axel, vestido con una camisa celeste y pantalón de lino claro—. Pero claro, conociendo a Naven… Fue en ese momento que Naven apareció. Traje gris claro, camisa sin corbata, y una serenidad distinta en su mirada. Una que solo el amor por su hija podía sostener. A su lado, Sofía irradiaba
Barcelona amanecía suave, con esa brisa salada que solo las ciudades junto al mar conocen tan bien. La casa Fort-Morgan, ubicada en una zona tranquila a las afueras de la ciudad, parecía un rincón arrancado del cielo: rodeada de árboles frutales, jazmines floreciendo en la entrada, y un jardín amplio donde el sol se filtraba a través de los limoneros. Y allí, en ese jardín, estaba él. Naven Fort. Sin traje, sin corbata, sin documentos ni reuniones. Solo una camisa blanca remangada, pantalones de lino claros y los pies descalzos sobre el césped húmedo. Pero lo más impactante no era su atuendo informal, sino la expresión de su rostro: una mezcla de asombro constante y felicidad genuina. Como si aún no terminara de creer que esa vida le pertenecía. —¡Mavie, ven aquí! —exclamó con una risa suave. La niña, de poco más de un año, soltó una carcajada contagiosa mientras daba pequeños pasos tambaleantes hacia él. Su risa parecía sacudir cada rincón del jardín, haciendo que hasta las hoja
El sol se colaba tímidamente entre las torres de la Sagrada Familia, tiñendo de oro las calles antiguas de Barcelona. Era una mañana clara de verano, de esas que parecen escritas por poetas, y que llevan en el aire una suave música de esperanza. Las campanas repicaban en lo alto como si celebraran algo que el mundo entero debía saber: el amor, ese amor que había resistido los días y las noches, los retos y los sueños, estaba a punto de vestirse de eternidad.Naven sostenía el borde de su chaqueta azul marino con las manos temblorosas. Frente al espejo del pequeño hotel donde se preparaba, se veía diferente. No por la ropa elegante ni por el corte reciente de cabello. Era algo más profundo: la mirada de un hombre que ha esperado y ha cumplido. Esa mañana no era solo una boda. Era el cumplimiento de una promesa que había hecho a Sofía cuando ella estaba en aquella cama de hospital cuando Mavie había nacido. Sofía, en otra habitación del mismo hotel, era vestida por su madre y sus herman
El cielo de Madrid resplandecía con un azul claro que parecía especialmente dibujado para esa ocasión. Una brisa suave recorría los jardines de la antigua capilla privada de la familia Fort, situada en las afueras de la ciudad, adornada con cientos de flores blancas, delicadas rosas empolvadas y lirios, los favoritos de Sofía. Aquel día se celebraba el bautismo de Mavie Fort Morgan.Una niña que había llegado al mundo para sanar, para unir, para recordarle a todos que la vida no solo golpea… también regala milagros. La bebé, vestida con un ropón blanco de encaje fino tejido a mano por Sofía, dormía plácidamente en brazos de su madre, mientras Naven ajustaba con ternura un pequeño gorrito que cubría su cabeza. El empresario, siempre tan impecable y serio, parecía otro cuando se trataba de su hija: protector, presente, y con una dulzura que solo Mavie había logrado sacar de él sin esfuerzo alguno. —Nunca imaginé que esto… esta paz… pudiera ser para mí —susurró él, al ver a Sofía sonr
Pasaron dos meses desde aquel día en que la vida volvió a florecer en forma de una pequeña niña de ojos grandes, la hija de Naven y Sofía, la prueba más luminosa de que el amor sobrevive incluso cuando todo parece perdido.Pero lejos de la calidez del hogar Fort, la oscuridad seguía cobrando cuentas pendientes.Axel Fort, hermano de Naven, caminaba en silencio por los pasillos del juzgado. Su rostro reflejaba el peso de la traición. El divorcio con Geraldine Cortez fue tramitado en completo silencio, sin escándalos, sin prensa, solo con el sonido seco de la justicia firmando papeles.Ella no peleó. No gritó. No lloró. Solo aceptó. Porque sabía que todo lo que había tenido con Axel se había destruido el día que prefirió callar, que eligió que dañaran a Naven por encima del hombre que alguna vez la amó.Axel salió del juzgado con los papeles en mano… sin mirar atrás.Y como si la vida misma tomara forma de sentencia, Geraldine murió 3 días después. Su automóvil fue hallado destrozado al
Último capítulo