Mundo ficciónIniciar sesiónBecca Sinclair lo perdió todo en una sola noche: su bebé, su dignidad y la fe en el hombre que juró amarla. Humillada públicamente por su peso y repudiada por su propia familia, Becca huye de las cenizas de su antigua vida con una sola promesa: nadie volverá a usar sus curvas como un arma contra ella. Pero el destino tiene un nombre: Connor Beaumont. Un hombre tan letalmente atractivo como frío, dueño de un imperio que el padre de Becca codicia. Cuando sus mundos chocan, nace una propuesta peligrosa. Él finge necesitar una esposa para consolidar su poder; ella necesita un aliado para destruir a quienes la pisotearon. Es un contrato firmado con fuego. Es un pacto donde el deseo es el riesgo y la venganza es el precio. En este juego de apariencias, Becca descubrirá que la mirada de Connor esconde un secreto... y que el amor puede ser la trampa más dulce de todas.
Leer másEl espejo del salón de eventos del Grand Hotel no mentía, pero Becca Sinclair deseaba que lo hiciera. Reflejada en la enorme luna de cristal, su figura se veía envuelta en un vestido de seda verde esmeralda que parecía haber sido esculpido sobre sus curvas. El escote en la espalda caía con una elegancia que exponía su piel pálida, y la falda se ajustaba a sus caderas con una suavidad que, en cualquier otra noche, la habría hecho sentir poderosa. Pero hoy, Becca se sentía como una impostora habitando un cuerpo que ya no reconocía.
Bajo la seda, su vientre se sentía extrañamente ligero, un vacío ensordecedor que le recordaba a cada segundo que la pequeña chispa de vida que había llevado allí durante doce semanas se había extinguido hacía apenas siete días. Todavía podía sentir el eco del dolor físico, pero nada comparado con el abismo que se abría en su pecho. —Sonríe, Becca. No querrás que los socios de tu padre piensen que los Sinclair están de luto —susurró una voz cargada de veneno a sus espaldas. Era su hermanastra, Chloe. Se veía impecable en un vestido rojo sangre, demasiado corto para ser elegante, pero perfecto para robar miradas. Becca no respondió. Sabía que Chloe disfrutaba de su fragilidad. Para ella, Becca siempre había sido "la hermana gordita", el error estético en la perfecta genealogía de los Sinclair. El salón estaba lleno de la élite de la ciudad. El tintineo de las copas de cristal de bohemia y la música de un cuarteto de cuerdas llenaban el aire, pero Becca solo escuchaba el latido de su propio corazón, rápido y errático. Buscó a Rodrigo con la mirada. Él estaba en el bar, rodeado de hombres de negocios, riendo con una confianza que a ella le resultaba hiriente. “Él también está sufriendo”, se mintió a sí misma. “Solo lo oculta mejor”. De pronto, la música se detuvo. El silencio cayó como una guillotina. Rodrigo caminó hacia el pequeño estrado en el centro del salón. Por un momento, al ver su perfil tallado y su postura impecable, Becca sintió un atisbo de esperanza. Pensó que él diría algo sobre su pérdida, que pediría un momento de silencio por el hijo que no fue. —¡Damas y caballeros! —la voz de Rodrigo era firme, sin un ápice de duda—. Les agradezco que nos acompañen esta noche. Sé que todos esperan un anuncio de boda, una unión entre la firma Sinclair y mi propia firma de inversiones. Becca dio un paso hacia él, intentando tomar su mano, pero Rodrigo la esquivó con una frialdad quirúrgica. La miró de arriba abajo, y por primera vez, Becca vio algo en sus ojos que nunca había notado: un asco profundo y destilado. —Sin embargo —continuó Rodrigo, su voz elevándose—, hay momentos en los que uno debe admitir que un negocio es una pérdida total. Y esta relación, señores, es el peor negocio de mi vida. No habrá boda. No puedo, en buena conciencia, unir mi apellido al de Becca Sinclair. El murmullo que recorrió el salón fue como un enjambre de avispas. Becca sintió que el aire se volvía sólido en sus pulmones. —¿Rodrigo? ¿Qué estás haciendo? —logró decir, su voz apenas un hilo—. No es el lugar... estamos pasando por algo terrible, nuestro bebé... —¡No te atrevas a llamarlo "nuestro"! —rugió él, volviéndose hacia ella con una furia que la hizo retroceder—. No tienes derecho a pronunciar su nombre. Mi hijo no murió por una tragedia del destino, Becca. Murió por tu culpa. Rodrigo sacó un sobre de su chaqueta y lo arrojó al suelo, a los pies de Becca. —He hablado con los especialistas. He leído los informes médicos que intentaste ocultarme. "Factor de riesgo alto debido al peso materno". Esas son las palabras, Becca. Tu negligencia, tu falta de control, esa glotonería que no puedes ocultar ni con los vestidos más caros del mundo, fue la tumba de mi hijo. —¡Eso no es lo que dijo el médico! —gritó Becca, con las lágrimas desbordándose finalmente—. Fue una complicación... un accidente... —Fue tu cuerpo, Becca —sentenció él con una crueldad que la dejó sin aliento—. Ese cuerpo que es una masa de inseguridades y grasa. ¿Cómo esperabas que te amara? ¿Cómo esperabas que te respetara si no eres capaz de cuidarte ni a ti misma lo suficiente para mantener viva a una criatura? Mírate. Eres una broma. Eres un saco de curvas sin propósito. La humillación fue total. Becca miró a su alrededor. No encontró compasión. Vio a mujeres cubriéndose la boca con horror fingido, a hombres asintiendo con la cabeza, y a su hermanastra, Chloe, bebiendo de su copa con una satisfacción malvada. Pero lo peor fue la mirada de su padre. Arthur Sinclair no estaba defendiéndola; estaba mirando a Rodrigo con una mezcla de pánico y súplica, ignorando por completo el llanto de su hija. —Me das lástima, Sinclair —concluyó Rodrigo, dándole la espalda para bajar del estrado—. Quédate con tus vestidos y tus banquetes. Yo necesito una mujer, no un problema médico. Becca no supo cómo salió del salón. Sus piernas se movían por instinto mientras el eco de las risas y los susurros la perseguía por el pasillo. El aire frío de la noche de Nueva York la golpeó con fuerza al salir a la calle. No llamó a un taxi. Necesitaba que el frío quemara la vergüenza que sentía en la piel. Caminó durante horas bajo una lluvia fina que se mezclaba con el rímel que corría por sus mejillas. Cada paso era un recordatorio de las palabras de Rodrigo: "Factor de riesgo", "Glotonería", "Incapaz". Se miraba las manos, sus brazos, y se odiaba. Odiaba cada curva, cada gramo de carne que, según el hombre que amaba, había matado a su hijo. El dolor de la pérdida del bebé se mezclaba ahora con un odio profundo hacia sí misma. Cuando llegó a la mansión Sinclair, eran casi las tres de la mañana. Entró por la puerta principal, empapada, el vestido esmeralda ahora pesado y manchado de barro. Las luces del estudio de su padre estaban encendidas. —Entra aquí —la voz de Arthur Sinclair era un látigo. Becca entró, temblando. Su padre estaba frente al ventanal, con una copa de coñac que temblaba ligeramente en su mano. —¿Tienes alguna idea de lo que has hecho? —preguntó él, sin mirarla. —¿De lo que yo he hecho? Papá, Rodrigo me humilló frente a todos... me culpó de la muerte de mi hijo... —¡Rodrigo era mi mejor activo! —gritó Arthur, dándose la vuelta y golpeando la mesa con el puño—. Su firma iba a inyectar el capital que necesitábamos para salvar el bufete. ¡Teníamos un contrato de asociación vinculado a este matrimonio! Y ahora él se ha ido. Se ha llevado sus millones a la competencia porque no quiere tener nada que ver con nosotros. —¿Te importa más el dinero que lo que me pasó a mí? —preguntó Becca, incrédula. —¡Lo que te pasó a ti es consecuencia de tu falta de disciplina! —Arthur caminó hacia ella, invadiendo su espacio personal. La miró con un desprecio que dolió más que cualquier insulto de Rodrigo—. Siempre fuiste la decepción de esta familia. Tu madre era una mujer fina, delgada, elegante. Tú... tú eres un recordatorio constante de lo que sucede cuando no hay control. Si no fueras tan... —la recorrió con la mirada con asco— ...tan voluminosa, tan descuidada, Rodrigo no habría buscado excusas para irse. Eres un activo inservible, Becca. Solo sirves para comer y llorar. —Papá, por favor... El impacto de la mano de su padre contra su mejilla fue tan fuerte que Becca cayó al suelo. El sabor metálico de la sangre llenó su boca. El silencio que siguió fue absoluto. —Lárgate de mi vista —dijo Arthur, volviendo a su copa—. Mañana quiero que recojas tus cosas. No voy a mantener a un fracaso que me ha costado la firma más importante de la década. Si quieres comer, búscate a alguien que esté dispuesto a pagar por ver ese cuerpo, porque yo ya terminé contigo. Becca se levantó lentamente. El dolor en su mejilla no era nada comparado con el frío que se instaló en su corazón. Ya no había lágrimas. Algo dentro de ella, la última chispa de la Becca Sinclair sumisa y necesitada de aprobación, acababa de morir en ese suelo. Subió a su habitación. No encendió la luz. En la penumbra, sacó una maleta de cuero y comenzó a llenarla. No tomó las joyas familiares, ni los regalos de Rodrigo. Tomó ropa básica, sus documentos y el poco dinero que tenía ahorrado de su propio trabajo como asistente legal, ese que su padre siempre llamó "un pasatiempo". Se quitó el vestido verde esmeralda. Lo dejó caer en el centro de la habitación como una piel muerta. Se puso unos jeans negros y un suéter holgado. Se miró al espejo una última vez. Su rostro estaba hinchado, su mejilla roja, pero sus ojos... sus ojos eran diferentes. —Ya no soy Becca Sinclair —susurró a la oscuridad—. Soy lo que yo decida ser. Salió de la mansión por la puerta de servicio, sin mirar atrás, sin una dirección fija, pero con una certeza absoluta: el mundo que la había intentado romper iba a arrepentirse de haberla dejado con vida. Aquella noche, bajo la lluvia de Nueva York, Becca Sinclair desapareció, y en su lugar, nació una mujer con una sed de venganza que el fuego de mil infiernos no podría apagar.El pasillo del hospital, con sus paredes de un blanco aséptico y su olor a desinfectante, se sentía como un túnel sin fin. Connor mantenía la vista fija en las puertas batientes, con el corazón golpeando contra sus costillas como un animal enjaulado. Cada vez que una enfermera pasaba, él se tensaba, esperando la noticia que temía que destruiría lo poco que quedaba de su alma.Finalmente, el doctor apareció. Caminaba con una lentitud que a Connor le pareció tortuosa. Su rostro era una máscara de seriedad profesional, pero había una sombra de reproche en sus ojos que no pasó desapercibida para el abogado.—¿Cómo está ella? —soltó Connor antes de que el médico pudiera hablar. Su voz sonaba ronca, gastada por la angustia.El doctor se detuvo frente a él y suspiró, ajustando su estetoscopio.—La señora Beaumont está estable por el momento, pero su condición es sumamente preocupante, especialmente considerando su historial previo. Ya le habíamos advertido en su última visita que la tran
El motor del coche rugió por las calles de Manhattan como una bestia herida. Connor no veía semáforos, no veía peatones; solo veía el rostro de Becca, apoyado contra la ventana, con los ojos cerrados y una palidez que bordeaba lo irreal. El aroma metálico de la sangre llenaba el habitáculo, impregnando su ropa, sus manos y el cuero de los asientos. Era un olor que lo perseguiría por el resto de sus días.Al llegar a la entrada de urgencias del Presbyterian, Connor frenó en seco, dejando el coche cruzado en mitad de la vía. Salió de un salto y rodeó el vehículo para sacar a Becca. Ella apenas pesaba en sus brazos; se sentía como una muñeca de porcelana a punto de hacerse añicos.—¡Necesito ayuda! ¡Ayuda, ahora! —rugió Connor al cruzar las puertas automáticas. Su voz, la misma que solía dominar las salas de audiencia, sonó quebrada, cargada de un pánico primario.Un equipo de enfermeros y un médico de guardia aparecieron con una camilla en segundos. Connor depositó a Becca con una de
La luz del amanecer se filtraba por las pesadas cortinas de la habitación, pero para Connor Beaumont, el día no traía claridad, solo una vigilia agotadora. Había pasado la noche sentado en un sillón junto a la cama, observando el sueño inquieto de Becca. Ella se movía entre gemidos ahogados, con el ceño fruncido incluso en la inconsciencia. Connor sentía una presión insoportable en el pecho; su instinto le decía que ella no estaba bien, que ese agotamiento no era solo emocional. Pero el veneno sembrado por Zoraya seguía ahí, fluctuando como fuego. Al llegar la mañana, Becca despertó apenas lo suficiente para seguir las estrictas indicaciones que el médico le había dado en secreto: no levantarse, no alterarse. Desayunó en silencio, bajo la mirada vigilante y seria de su esposo, y volvió a sumergirse bajo el edredón como si fuera una armadura contra el mundo. —Trabajaré desde el despacho de aquí abajo —le dijo Connor, su voz sonando extraña en el aire denso de la habitación—. Si ne
El aire se había vuelto denso, cargado de una toxicidad que parecía filtrarse por las rejillas de ventilación. Mientras en la suite principal Becca luchaba contra el temblor de sus propias manos, presionando las palmas contra su vientre en un ruego silencioso por la vida de su hijo, en la sala de estar se libraba otra batalla. Una más silenciosa, pero igualmente destructiva.Zoraya no había perdido el tiempo. Sabía que Connor estaba en su punto de quiebre, que la imagen de Becca con ese hombre lo había dejado descolocado. Para una mujer como ella, la vulnerabilidad ajena no era motivo de compasión, sino una oportunidad de conquista. Se movía por la estancia con una elegancia depredadora, observando a Connor, quien permanecía hundido en un sillón de cuero, con la mirada perdida en el fondo de una copa de cristal que no se atrevía a beber.—Mírate, Connor —comenzó Zoraya, su voz era un susurro aterciopelado que cortaba el silencio—. Estás agotado. Tienes las ojeras de un hombre que





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