Madrid parecía despierta demasiado temprano aquel día. El cielo aún no se decidía entre la bruma y la luz, cuando una elegante berlina negra se detuvo frente al edificio del Registro Civil. Dos guardaespaldas descendieron primero, abriendo la puerta trasera con precisión y sin palabras. De ella bajó Naven Fort.
Vestía un traje gris oscuro, perfectamente entallado, sin una sola arruga, como si el día fuese uno más entre sus incontables conquistas empresariales. Su caminar era recto, decidido, y