El sol se colaba tímidamente entre las torres de la Sagrada Familia, tiñendo de oro las calles antiguas de Barcelona. Era una mañana clara de verano, de esas que parecen escritas por poetas, y que llevan en el aire una suave música de esperanza. Las campanas repicaban en lo alto como si celebraran algo que el mundo entero debía saber: el amor, ese amor que había resistido los días y las noches, los retos y los sueños, estaba a punto de vestirse de eternidad.
Naven sostenía el borde de su chaque