El motor del Bentley se apagó con un leve zumbido cuando Sofía descendió del vehículo. Naven no dijo una sola palabra. No un “adiós”, no un “te esperaré”, ni siquiera una mirada. Solo la sutil inclinación de su cabeza, como si le concediera permiso para marcharse. El silencio, tan habitual en él, pesaba como plomo.
Ella cerró la puerta con cuidado, intentando no hacer ruido, como si una mínima vibración en el aire pudiera provocarle una reacción. Luego giró sobre sus talones y comenzó a andar,