Barcelona amanecía suave, con esa brisa salada que solo las ciudades junto al mar conocen tan bien. La casa Fort-Morgan, ubicada en una zona tranquila a las afueras de la ciudad, parecía un rincón arrancado del cielo: rodeada de árboles frutales, jazmines floreciendo en la entrada, y un jardín amplio donde el sol se filtraba a través de los limoneros.
Y allí, en ese jardín, estaba él.
Naven Fort.
Sin traje, sin corbata, sin documentos ni reuniones. Solo una camisa blanca remangada, pantalone