Mundo ficciónIniciar sesiónEn un reino lleno de secretos y antiguas leyendas, dos almas destinadas a ser opuestas se ven unidas por un vínculo más allá de la comprensión. Elyra, hija del rey, y Vaedrik, su hermanastro, descubrirán que los misterios de su linaje son mucho más oscuros de lo que imaginaban. Sus dragones, ellos deberán enfrentarse a algo mucho más grande que el poder de estas criaturas: el peso de un destino que podría cambiarlo todo. Luchas, deseo y muertes, una atracción prohibida que los podrá llevar al cielo, o al infierno. El reino no está preparado para lo que está por venir, y el futuro de todos depende de un amor que, tal vez, nunca deberían haber sentido. Att. Vesper
Leer másEn los jardines del Palacio Real de Valatharys, el sol comenzaba su descenso tras el horizonte, tiñendo de oro las aguas del río y proyectando sombras largas sobre los pasillos de piedra de la vieja mansión, el aire fresco de la tarde acariciaba las hojas de los árboles que rodeaban el gran salón, susurros lejanos que, de haber tenido voz, habrían hablado del futuro incierto de aquellos que lo habitaban.
Entre las frondas, una niña caminaba, deslizándose con la gracia propia de su corta edad, pero con la firmeza de quien ya está destinada a algo más grande que el simple juego de los pequeños, Elyra Velkharys, hija legítima del rey, única heredera, futura reina de Valatharys y toda AETERYA, princesa y futura cabeza de la casa Velkharys, tenía apenas tres años, pero sus ojos, de un color ámbar tan profundo como las reliquias doradas de la corte, reflejaban una curiosidad que parecía mucho más madura que su corta edad. Su cabello rubio, rizado como las olas del mar al romper contra las rocas, se movía con el viento, brillando al contacto de los últimos rayos del sol. A su alrededor, el palacio parecía encogerse, como si el mundo entero se centrara en la figura diminuta que avanzaba por sus pasillos. En ese instante, Elyra no sabía que la historia que había escuchado en susurros a lo largo de su corta vida, esa historia que hablaba de un niño extraño, hijo de una reina exiliada, estaba a punto de hacerse realidad, frente a ella, en la entrada del salón, se hallaba él. Vaedrik, aquel niño que, a pesar de sus seis años, parecía cargar sobre sus hombros el peso de un mundo que ni siquiera comprendía, su cabello, rojizo y rizado, caía sobre su frente con la indomable fuerza de un fuego inclemente, mientras que sus ojos, de un gris tan frío como el acero, observaban a la niña con una intensidad que no pertenecía a un niño de su edad, sus manos pequeñas, firmemente entrelazadas, denotaban una tensión que no correspondía con su aparente fragilidad, en su mirada había algo, un atisbo de vacío y soledad, que se desbordaba de una manera inquietante, la niña apenas y lo había conocido en día anterior, su pequeña mente no lograba entender lo qué a su alrededor pasaba. Elyra lo miró fijamente, su pequeño corazón latiendo con una emoción que no podía comprender, no era miedo lo que sentía; no, en sus ojos aún brillaba la inocencia de quien no conoce los límites del mundo, pero había algo en la presencia de aquel niño que la cautivaba, que la hacía detenerse por un momento, como si el tiempo se suspendiera a su alrededor, en su pecho, una curiosidad insaciable comenzó a nacer, como una flor que no se atreve a abrirse por completo, pero cuya esencia ya se dejaba sentir. Vaedrik, al verla, dio un paso adelante, sus pequeños pies descalzos apenas rozando las losas de mármol del salón, como si la tierra misma le negara su acogida, su voz, cuando finalmente habló, fue profunda para su corta edad, rasposa, como la de alguien que ha vivido más de lo que su cuerpo ha experimentado. —Tú eres la hija del rey —dijo, su tono grave, imponente, como si la afirmación no fuera una pregunta, sino una sentencia. Sus ojos se fijaron en los de Elyra, buscando en ellos una respuesta que no había sido pronunciada. Elyra, que había estado observando al niño con una mezcla de curiosidad y desconcierto, no vaciló, sus pequeños labios, enmarcados por las ondas doradas de su cabello, se curvaron en una ligera sonrisa, la misma que reservaba para aquellos que, como ella, aún no comprendían las reglas del juego. —Y tú eres… —empezó a decir, pero la palabra no salió como esperaba. Algo en su interior la hizo detenerse. En lugar de continuar, Elyra lo observó durante un momento largo y silencioso, sintiendo la extraña gravedad de la presencia de Vaedrik. Los ojos de Vaedrik se estrecharon. Aquellos ojos grises, fríos como el invierno, no mostraban ninguna emoción, pero el eco de sus palabras flotaba en el air, Elyra, aunque pequeña, sintió la incomodidad que emanaba de él, como si su alma ya estuviese marcada por algo que él mismo no podía comprender del todo. —Soy… el hijo de una reina —respondió Vaedrik, y en sus palabras había un tono de tristeza contenida, como si estuviera diciendo algo que no quería pronunciar, pero que se había visto obligado a hacerlo. Su pecho, pequeño y delgado, parecía hundirse bajo el peso de esa declaración, mientras sus ojos se deslizaban hacia los muros del palacio, como si no pudieran soportar el peso de las miradas ajenas. Elyra no comprendió del todo las palabras de Vaedrik, pero en su interior, algo despertó, no era compasión lo que sentía, ni curiosidad por saber más; era una extraña sensación, una mezcla de fascinación y desdén, que la niña no podía comprender, pero, en su interior, algo había cambiado, en ese instante, el destino de ambos había comenzado a tejerse de manera inevitable. El silencio se hizo profundo entre los dos niños. Elyra dio un paso más hacia Vaedrik, sus pequeños pies rozando la fría piedra del salón, y lo miró de nuevo, esta vez sin palabras, sin preguntas, el aire que los rodeaba parecía cargado de una tensión que ninguno de los dos sabía cómo manejar. Vaedrik, sin decir más, bajó la mirada. Había algo en su ser que lo mantenía a distancia, como si el mismo palacio estuviera diseñado para separarlos, para poner barreras entre ellos, algo que Elyra no comprendía aún, pero que sentiría con el tiempo, en su rostro, no había ni la sombra de una sonrisa. Solo la certeza de que algo, algo grande y oscuro, se cernía sobre ellos, algo que no se podía ver pero que estaba presente en cada respiro. Y así, como un eco lejano, el destino de Valatharys comenzó a escribirse. Sin palabras, sin promesas, pero con la seguridad de que el curso de los días les conduciría, tarde o temprano, hacia un camino que ninguno de ellos podría evitar. ✦✧✦ 𝒮𝒶𝓃𝑔𝓇𝑒 𝒹𝑒 𝒟𝓇𝒶𝑔𝑜́𝓃 ✦✧✦ El niño miraba el techo de su habitación, incapaz de dormir, las sombras danzaban a la tenue luz de las velas, alargándose sobre las paredes de piedra como criaturas que se escabullían en la penumbra, desde que tenía memoria, las palabras lo seguían como un murmullo en los pasillos del castillo de Valatharys: bastardo. No entendía del todo su significado, pero lo había escuchado en demasiadas bocas, con demasiados tonos, un susurro despreciativo entre las doncellas, una mueca velada en los labios de los nobles, la abierta burla de los niños con los que no jugaba, desde los tres años, esa palabra le había acompañado, repitiéndose como el eco de un secreto que todos conocían, menos él. Esa noche, impulsado por la inquietud que le atenazaba el pecho, abandonó su cama y caminó hasta la cámara de su madre, la puerta estaba entornada, y dentro, la mujer de cabellos oscuros estaba sentada frente al espejo, peinándose con la calma de quien guarda pensamientos más pesados que el oro. —Madre —llamó, con la voz suave y titubeante. Ella levantó la vista, sus ojos oscuros reflejaban la débil llama de la vela. —Vaedrik, ¿por qué no duermes? Él se mordió el labio, pero el peso de la duda era demasiado grande para callarla, se acercó un poco, sintiéndose de pronto muy pequeño ante la elegancia y el porte de su madre; Lady Elthara de Alderyon. —Madre, ¿qué es un bastardo? El peine se detuvo, un instante de silencio, luego, ella posó la herramienta sobre la mesa y se volvió hacia él, su expresión no cambió, pero sus ojos se oscurecieron con una emoción indescifrable. —¿Quién te ha dicho eso?— Preguntó en un tono molesto, el cual quiso ocultar, pero fué en vano. —Todos lo dicen— Hizo una pausa—Siempre lo dicen. Por primera vez, algo parecido a la furia cruzó su semblante, pero se disipó casi de inmediato, la mujer se levantó, tomó sus manos entre las suyas y se arrodilló hasta quedar a su altura, Vaedrik sintió el calor de sus dedos envolviendo los suyos con firmeza, como si quisiera anclarlo a la tierra antes de soltar una verdad terrible. —Escúchame bien, hijo. A partir de mañana, ya no serás un bastardo—Vaedrik frunció el ceño, ya razonaba, era inteligente y tenía una madurez exorbitante para su edad, pero seguía siendo un niño, que aún no entendía las cosas de adultos. —¿Cómo?— Su madre sonrió, pero no era una sonrisa cálida, si no una llena de ambición, aunque el no lo vio como eso, ni se inmutó, ya conocía a su madre, Elthara no era una mujer tan cariñoso qué se dijera. —Mañana, el rey hará lo que debió hacer hace tiempo: legitimarte. Serás un Velkharys, con todas las letras y todo el poder que conlleva ese nombre—El niño no entendió del todo lo que significaban sus palabras, pero el alivio lo envolvió como un cálido manto. Si el rey, ese hombre de mirada severa y voz de trueno, lo convertía en un Velkharys, entonces ya nadie lo señalaría, ya nadie susurraría a su paso, sería el hijo del rey, y como le emocionaba imaginar qué en él lo vería como su hijo. Sin embargo, cuando su madre lo abrazó, el niño no pudo ver la sombra que cruzó sus ojos, ni la forma en que sus labios se curvaron con la satisfacción de quien ha estado esperando este momento por demasiado tiempo, y así, sin saberlo, Vaedrik caminaba directo hacia su destino. ✦✧✦ 𝒮𝒶𝓃𝑔𝓇𝑒 𝒹𝑒 𝒟𝓇𝒶𝑔𝑜́𝓃 ✦✧✦ Los cielos de Valatharys amanecieron cubiertos por un velo de nubes perladas, presagio de una jornada solemne y trascendental, desde los primeros albores, el castillo vibraba con la incesante actividad de sirvientes y doncellas, orfebres y cocineros, todos cumpliendo su rol en la gran maquinaria de la realeza. Aquella no era una celebración ordinaria, sino la unión del gran rey Maegor Velkharys, soberano absoluto de la última tierra de dragones, con Lady Elthara de Alderyon, mujer de linaje noble cuya belleza rivalizaba con las leyendas. Los corredores del castillo resonaban con el eco de pasos apresurados, el tintineo de copas de oro y los susurros de los cortesanos, se erguían guirnaldas de flores blancas en los arcos de piedra, y la brisa transportaba el aroma a incienso y cera derretida, en el salón del trono, columnas imponentes ascendían hasta un techo abovedado pintado con escenas de antiguas batallas, mientras el gran estandarte de la casa Velkharys, negro como la noche, con un dragón de tres cabezas bordado en hilos carmesí, pendía solemne sobre el estrado. LOS NIÑOS Vaedrik observaba la agitación desde el umbral de una de las grandes puertas de ébano, su pequeña figura vestida con un jubón de terciopelo escarlata, ribeteado en oro, sus rizos rojizos caían rebeldes sobre su frente, y sus ojos grises vagaban por el bullicio con una mezcla de incomodidad y asombro, sabía que aquel día cambiaría su destino. Hasta entonces, había sido el hijo de Elthara, pero no de ningún rey, un niño sin apellido, una sombra en los pasillos de Alderyon, donde los susurros y las miradas de desprecio le recordaban que era un bastardo. Pero su madre le había prometido que esa humillación acabaría, a partir de ese día, llevaría el nombre Velkharys. —Vaedrik —la vocecita de una niña interrumpió sus pensamientos. Giró el rostro y encontró a Elyra Velkharys mirándolo con una curiosidad infantil, apenas tenía tres años y, sin embargo, se movía con la gracia innata de los descendientes del dragón. Su vestido marfil, decorado con encajes dorados, contrastaba con sus rizos rubios, y sus ojos ámbar refulgían con un fulgor inquisitivo. —¿Por qué hay tantas personas? —preguntó, alzando la vista hacia él. Vaedrik cruzó los brazos con una seguridad que no sentía realmente. —Porque tu padre se va a casar con mi madre— Elyra ladeó la cabeza, confundida. —¿Y eso qué significa?— Preguntó com inocencia. —Que ahora ella será la reina. Y yo… —Se interrumpió un momento antes de añadir con solemnidad—: Seré tu hermano. La niña frunció el ceño y negó con la cabeza. —No quiero un hermano— Vaedrik se sintió levemente ofendido, pero antes de que pudiera responder, una doncella se acercó a Elyra y la tomó de la mano. —Disculpe mi príncipe, pero debo llevarme a la pequeña— Dijo la doncella con dulzura— ¿O deseas quedarte con él Elyra?. —No Lythienne— Lythienne era una mujer de presencia serena, de aquellas que parecían haber nacido para habitar los pasillos de los castillos sin perturbar su solemne silencio. Su porte era elegante, aunque discreto, con la espalda recta y la mirada siempre baja en señal de respeto, pero jamás de sumisión, su cabello, de un castaño cenizo, estaba siempre recogido en trenzas pulcras, adornadas con pequeños alfileres de plata, y sus ojos, de un azul pálido, recordaban a la luz de la luna reflejada en el agua, no era una simple doncella; había sido escogida personalmente para servir a la princesa Elyra desde su nacimiento, y en sus brazos la pequeña encontraba consuelo cuando las sombras del castillo parecían demasiado grandes. Lythienne poseía una dulzura que jamás cruzaba la línea de la familiaridad, pero sí la suficiente calidez para que la niña confiara en ella sin reservas, vestía con sencillez, siempre con túnicas de lino en tonos marfil y azul, sin joyas ni ornamentos que la distrajeran de su deber. Cuando Elyra, con la terquedad de la infancia, se apartó de Vaedrik y proclamó con su vocecilla que no quería hermanos, fue Lythienne quien, con su delicadeza acostumbrada, la tomó en brazos. Su voz era un murmullo bajo y paciente, susurrando palabras que no eran reprimendas, sino suaves intentos de calmar la agitación de la pequeña princesa. Sus pasos eran livianos, casi etéreos, mientras la alejaba con la promesa de un cuento junto a la chimenea, dejando a Vaedrik atrás con una sombra de incertidumbre en su expresión, Lythienne comprendía más de lo que dejaba entrever, sabía que las palabras de una niña de tres años no tenían la intención de herir, pero también sabía que, en el corazón de un niño que ya había escuchado demasiadas veces la palabra bastardo, podían convertirse en un eco difícil de ignorar. —Ven, mi pequeña dragona, es hora de la ceremonia— Elyra le lanzó una última mirada a Vaedrik antes de ser guiada hacia la gran sala del trono, el niño quedó en su sitio unos instantes, sintiendo un peso en su pecho que no comprendía del todo. LA CEREMONIA El gran salón estaba repleto de nobles, caballeros y emisarios de reinos vecinos, los estandartes colgaban de las paredes, y la luz de los candelabros se reflejaba en el mármol pulido del suelo, una larga alfombra escarlata conducía hasta el estrado donde el rey Margot Velkharys aguardaba, el monarca, vestido con un manto negro con brocados dorados, permanecía impasible, sus ojos fríos, de un tono ámbar similar a los de Elyra, observaban con detenimiento cada detalle, no había amor en su expresión, ni júbilo, solo un rey asegurando el futuro de su linaje. Elthara de Alderyon avanzaba por el pasillo central con una elegancia innegable, su vestido de seda azul real ceñía su silueta, y sobre su cabeza relucía una corona de fino oro blanco, aún sin ser colocada oficialmente, su rostro era sereno, su postura firme. No era una joven ilusionada por el matrimonio, sino una reina naciendo de las llamas de la ambición. Vaedrik observaba todo desde un lateral del salón, junto a otros niños de la nobleza, por alguna razón, su mirada volvía constantemente hacia Elyra, que permanecía sentada en el regazo de una anciana, moviendo los pies con impaciencia. —Nos hemos reunido bajo la mirada de los Ancestros y la voluntad de los dragones para unir en matrimonio a Su Majestad, el rey Maegor Velkharys, y a la honorable Lady Elthara de Alderyon —entonó el sumo sacerdote, alzando su báculo de cristal. Las palabras fluían como un canto antiguo, repitiendo votos y promesas que se habían pronunciado durante siglos, Elthara tomó la mano del rey con solemnidad, y los anillos fueron intercambiados bajo la bendición de los dioses, entonces llegó el momento más esperado. Un copón dorado fue llevado al altar, lleno con el vino ceremonial de los Velkharys, el sacerdote alzó la copa y pronunció las palabras sagradas: —Con esta sangre sellamos la unión, con este pacto aseguramos el destino. Que la sangre de dragón jamás se extinga— Maegor tomó la copa y bebió, luego la ofreció a Elthara, quien hizo lo propio sin vacilar, un aplauso contenido recorrió el salón cuando el sumo sacerdote alzó las manos. —Desde este día, por la gracia de los dioses y la voluntad del rey, proclamo a Elthara de Alderyon como reina de Valatharys— Los aplausos se elevaron con mayor fuerza, y la corona fue colocada sobre la cabeza de la nueva reina. Pero mientras los adultos celebraban, dos niños observaban todo en silencio, Vaedrik sintió la presión del nombre que ahora llevaba, él era un Velkharys. Pero en su pecho latía una incertidumbre desconocida, miró hacia Elyra, quien bostezaba y se acurrucaba en el regazo de su nodriza. —¿Puedo ir a jugar ahora? —murmuró la niña con voz soñolienta. La nodriza sonrió y la abrazó con ternura. —Pronto, mi pequeña dragona, pronto— Vaedrik no apartó la mirada de ella. No sabía qué les depararía el futuro, pero en lo más profundo de su ser, sintió que aquel momento no era solo el inicio de una nueva familia. Era el principio de algo mucho más grande.El día amanecía como cualquier otro en Solaris. El sol se alzaba con fuerza sobre los tejados anaranjados, anunciando otro de esos días abrasadores que tanto caracterizaban al reino. El calor era sofocante y el aire denso, cargado con el aroma del hierro caliente, del cuero, del sudor y del polvo seco que se levantaba cada vez que una carreta pasaba por las calles adoquinadas, arrastrada por caballos de patas poderosas.Los habitantes de Solaris eran conocidos por su espíritu inquebrantable. Gente laboriosa, bulliciosa y ruda, forjada por el calor de las arenas ardientes y la necesidad constante de ganarse la vida con el sudor de la frente. Su carácter era tan fuerte como el clima que los cobijaba. Sin embargo, a pesar de esa fiereza, había un nombre que incluso ellos pronunciaban con cuidado: Valatharys.No era temor lo que sentían hacia aquel reino, sino algo más profundo, más instintivo: respeto. Un respeto arraigado en generaciones de historias, leyendas y alianzas rotas y restaur
Marendor no se construyó sobre piedra blanca ni mármol pulido, sino sobre raíces profundas, tierra húmeda, barro viejo y árboles que parecían observar desde sus sombras, como si llevaran siglos juzgando cada muro, cada torre, cada paso de aquellos que caminaban sobre el musgo de sus calles húmedas y resbaladizas, la ciudad no brillaba bajo el sol porque el sol apenas se dignaba a visitarla, cubierta por nieblas matinales y lloviznas eternas que daban a todo un aspecto de luto constante, las casas eran altas, con techos puntiagudos, madera negra y tejas gris oscuro, ventanas con vidrios empañados por el aliento del bosque, como si la propia tierra respirara entre las paredes, allí los hombres nacían con las manos llenas de barro y morían con los pulmones llenos de humedad, y si tenían suerte, con un nombre que los sobrevivieraEl pueblo de Marendor era distinto al de los otros reinos, no cantaban mientras trabajaban ni sonreían al ver al paso de sus señores, sus ojos eran hoscos, sus v
Marendor se alzaba como un gigante entre sombras, envuelto en una atmósfera de permanente penumbra, como si el mismo reino rehusara ceder a la luz del sol. La humedad constante de los bosques sombríos que lo rodeaban impregnaba las piedras musgosas de sus caminos y llenaba el aire de un aroma terroso, casi embriagador. Árboles ancestrales, tan viejos como las mismas casas que formaban Aetherya, se mecían con un crujir que parecía contener secretos milenarios. Sus ramas, alargadas y negras como la tinta, formaban una bóveda natural que eclipsaba la luz, tiñendo las jornadas de un gris perpetuo, envolviendo a los forasteros en una incertidumbre que nunca terminaba de disiparse. Era un reino de sombras, pero no de decadencia. Marendor era poder.La ciudad capital, Velmhar, se erguía sobre una colina angosta entre dos ríos oscuros, uno de ellos con aguas tan quietas que más parecían cristal. Las casas estaban hechas de piedra gris con techos de pizarra negra. Las torres se alzaban estrec
—¡¿Un hijo, papá?! —Elyra casi escupió las palabras, con una mezcla de furia, incredulidad y asco—. ¿De verdad esperas que lo acepte en silencio? ¿Que sonría, que baje la cabeza, que le dé la bienvenida a otro usurpador como si no significara nada?Margot alzó la vista desde el escritorio, molesto. Pero ella no retrocedió, no se detendría, ella necesitaba decir todo lo qué pensaba, no callaría, no sería sometida a aceptar algo en lo que no estaba de acuerdo.—Ya fue suficiente con Vaedrik —dijo, avanzando un paso—. Lo acepté. No porque lo quisiera aquí, ni porque creyera que era justo. Lo acepté porque tú lo impusiste, porque lo hiciste entrar a esta casa como si fuera uno de los nuestros, cuando no lo es. No lleva la sangre Velkharys, ni la de mi madre, y peor la tuya. Es un extranjero, un símbolo de tu traición. Y ahora... ahora me dices que habrá otro. Otro hijo, otro heredero. Esta vez de la reina Elthara.Margot apretó los labios, conteniendo lo que fuese que iba a decir.—¿Cómo
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