Mundo ficciónIniciar sesiónSala del Trono de Valatharys
El rey Margot tamborileaba los dedos contra el brazo de su trono, la furia ardiendo en su mirada ámbar mientras observaba al caballero que había osado luchar contra su hija, su mandíbula estaba tensa, sus labios presionados en una fina línea de desaprobación, y la musculatura de su cuello revelaba el esfuerzo que hacía para contener su enojo, se pasó una mano por su cabello dorado, despeinándolo levemente en un gesto de frustración. La sala del trono estaba sumida en un pesado silencio, la atmósfera cargada de tensión. A su derecha, la reina Elthara mantenía una expresión estoica, aunque sus ojos bailaban con un matiz de desaprobación. A su izquierda, Vaedrik miraba a su padre con una mezcla de expectativa y recelo. Nadie osaba hablar, nadie se atrevía a moverse. El aire estaba impregnado de incienso, el aroma denso y embriagador. Antorchas de hierro forjado crepitaban a los lados de la gran sala, proyectando sombras danzantes sobre las columnas de piedra negra. El mármol del suelo reflejaba los destellos de las llamas, y la inmensa alfombra carmesí que conducía al trono parecía un sendero de sangre. —Sir Elior… —La voz del rey resonó con la gravedad de una tormenta en ciernes. El caballero, aún de rodillas, mantuvo la cabeza gacha. Sus puños estaban apretados sobre sus muslos, su mandíbula rígida. Sabía lo que venía. Sabía su destino—. Toda la vida te he visto bien, te he ayudado en momentos difíciles, he hablado bien de ti y te he perdonado muchos errores. Eres el mejor de mis caballeros. El rey hizo una pausa, acariciando su barba con un gesto pensativo. Su voz descendió a un tono más bajo, pero con una peligrosidad latente. —No te perdonaré esta falta de respeto. El silencio que siguió fue casi insoportable. Sir Elior tragó saliva, sintiendo cómo el sudor se acumulaba en su nuca. Sabía que no tenía excusa, que su orgullo lo había cegado. Elyra lo había desafiado frente a todo el reino y él, dominado por la rabia, había aceptado. Y ahora, había caído. Había sido humillado. —Lo siento, mi majestad… —¡Calla! —El rugido del rey hizo eco en las paredes de la sala. Su puño golpeó el brazo del trono con tal fuerza que el sonido rebotó en las vigas de piedra—. No quiero oír tu insolente voz. Y entonces, las puertas de la gran sala se abrieron de par en par con un estruendo. El murmullo de los presentes fue inmediato, casi unánime. Una figura apareció en el umbral, iluminada por la luz del sol que se filtraba desde los pasillos. Caminó con una elegancia innata, con una seguridad que hacía que todos los ojos se posaran en ella. Elyra. Su porte era majestuoso, su presencia avasallante. Su cabello caía como una cascada dorada sobre su espalda, reflejando la luz de las antorchas con un brillo casi etéreo. Su armadura, aún puesta tras el combate, tenía algunas marcas de la batalla, pero eso no le restaba magnificencia. Los soldados y nobles en la sala contuvieron el aliento. Todos la conocían, todos la admiraban… y todos temían lo que vendría a continuación. —Padre, me disculpáis si interrumpo algo importante… pero he venido a interferir. Su voz era clara, firme, segura. No titubeaba, no mostraba miedo. El rey la miró con una ira apenas contenida. —No tienes permiso de interferir. Elyra sonrió, esa sonrisa altanera y desafiante que tanto exasperaba a su padre. —Con todo respeto, padre, pero no necesito su permiso. El rey entrecerró los ojos, la furia centelleando en sus iris ámbar. Intentó hablar, pero Elyra levantó una mano para silenciarlo. —Espere, padre. Sir Elior no tiene culpa alguna. Yo le pedí combatir. —Eso no justifica nada. Sabes que su error debe ser castigado con la muerte. —No. —La negativa de Elyra resonó con contundencia—. No morirá. Sir Elior, puedes irte. El caballero parpadeó, atónito. —Princesa… —No has deshonrado a nadie. Todos somos humanos, estamos hechos de carne y hueso. El hecho de que sea la hija del rey no me hace mejor que tú. Puedes combatir contra mí y no será una falta de respeto. Yo no me atengo al poder para ganar. El rey bufó con incredulidad. —Y ahí vas tú con tus pensamientos erróneos… Elyra le sostuvo la mirada con desafío. —No son pensamientos erróneos, padre. Volvió su vista a Sir Elior, quien seguía inmóvil, procesando la situación. Su orgullo había sido herido, sí, pero también estaba agradecido. —Si quieres mejorar tu manera de combatir, practica rapidez y agilidad. —Su tono se volvió analítico, casi didáctico—. Eres bueno, fuerte… pero eres lento. Y te quedas parado esperando a que te maten. Si quieres ganar, debes ser rápido con la espada y con el cuerpo. El caballero se inclinó en una reverencia respetuosa. —Gracias, princesa. Ella asintió con calma. —Ahora, puedes irte. La tensión en la sala era insoportable. Nadie se atrevía a respirar demasiado fuerte. Nadie podía creer lo que acababa de ocurrir. Elyra había humillado a su padre frente a todos, había desafiado su autoridad sin miedo. Y lo peor de todo… lo había hecho con razón. El rey permaneció en silencio por varios segundos, su rostro enrojecido por la rabia. Sus puños estaban cerrados con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Y entonces, con un rugido de ira, se puso de pie de golpe. —¡Malcriada! —Su voz retumbó en la sala, haciendo que varios retrocedieran instintivamente—. Como castigo, deberás ayudar con la preparación de la cena. Ahora, largo. Elyra chasqueó la lengua, claramente irritada. —Tsk… Sabía que la cocina estaba bajo la supervisión de Merry, la encargada del lugar, y esa mujer no tenía paciencia alguna. Elyra podía enfrentarse a caballeros, desafiar a su padre, incluso domar dragones… pero nada se comparaba con el horror de escuchar los interminables regaños de Merry. Sin embargo, no discutió. Sonrió con arrogancia, inclinó la cabeza levemente y se dio la vuelta, saliendo de la sala con la misma majestuosidad con la que había entrado. Las puertas se cerraron tras ella con un eco solemne. El rey se dejó caer en su trono, masajeándose las sienes con frustración. —Esa niña va a matarme algún día… —murmuró entre dientes. Vaedrik sonrió apenas, divertido por la escena. —Lo dudo, padre. Pero sin duda, logrará hacer que todos vivamos con el corazón en la garganta.






