Mundo ficciónIniciar sesiónEl día amanecía como cualquier otro en Solaris. El sol se alzaba con fuerza sobre los tejados anaranjados, anunciando otro de esos días abrasadores que tanto caracterizaban al reino. El calor era sofocante y el aire denso, cargado con el aroma del hierro caliente, del cuero, del sudor y del polvo seco que se levantaba cada vez que una carreta pasaba por las calles adoquinadas, arrastrada por caballos de patas poderosas.
Los habitantes de Solaris eran conocidos por su espíritu inquebrantable. Gente laboriosa, bulliciosa y ruda, forjada por el calor de las arenas ardientes y la necesidad constante de ganarse la vida con el sudor de la frente. Su carácter era tan fuerte como el clima que los cobijaba. Sin embargo, a pesar de esa fiereza, había un nombre que incluso ellos pronunciaban con cuidado: Valatharys. No era temor lo que sentían hacia aquel reino, sino algo más profundo, más instintivo: respeto. Un respeto arraigado en generaciones de historias, leyendas y alianzas rotas y restauradas con sangre. Sabían bien que los Velkharys, la casa gobernante de Valatharys, eran más que una familia poderosa: eran la fuerza misma que sostenía el equilibrio en Aetherya. Eran el muro que separaba la estabilidad del caos. Cualquier intento de enfrentamiento contra ellos sería suicida. Solaris debía mucho a Valatharys, y aunque su pueblo podía ser ruidoso, jamás serían tan insensatos como para alzarse contra sus protectores. La Casa Velkharys no estaba sola. Tenía el respaldo de las más imponentes casas de todo el continente, alianzas tejidas a lo largo de siglos, selladas con sangre, honor y conveniencia. Ocho casas nobles, poderosas, cada una con una historia tan profunda como las raíces de los árboles milenarios del Bosque Sombrío. La primera de ellas era la Casa Dravhorn, asentada en los altos riscos helados del norte de Valatharys. Desde allí gobernaba Lord Vaeron Dravhorn, un hombre tan frío y severo como el viento que azotaba sus dominios. Los hombres de esa casa eran conocidos como los de sangre helada. Su piel era bronceada por el sol pálido del norte, sus cabellos castaños se mantenían cortos por practicidad, y sus ojos, de un verde oliva intenso, parecían perforar el alma de quien se atreviera a sostenerles la mirada. Estrategas implacables, guerreros silenciosos, eran la lanza del norte. La segunda casa era la Casa Calvareth, ubicada en los acantilados costeros del este, donde las olas chocaban con violencia y el mar dictaba la vida y la muerte. Lord Saeldric Calvareth, su cabeza, comandaba la flota más temida de todo Aetherya. Sus barcos eran veloces, ligeros como plumas y mortales como cuchillas. Los hombres y mujeres de esa casa llevaban el mar en las venas: cabello negro como las profundidades, ojos azul oscuro como las tormentas y piel clara, curtida por la brisa salina. Señores del océano, eran los ojos de Valatharys en el este. La tercera, Casa Thorneveil, reinaba sobre los Bosques Sombríos del oeste. Ahí, entre la bruma perpetua y el susurro de las hojas, el poder se tejía con paciencia. Lord Merian Thorneveil era maestro del veneno, el espionaje y el juego político. Su casa era temida por sus secretos. Nadie hablaba de ellos sin mirar por encima del hombro. El cabello de sus descendientes era marrón oscuro, sus ojos color jade y su piel tan pálida que parecía esculpida en mármol. Se decía que en los salones de Thorneveil no se hablaba en voz alta, pues incluso las sombras tenían oídos. La cuarta casa era la misteriosa Casa Ravaryn, cuyo dominio se extendía por las Islas Brumosas del suroeste. Desde allí, Lord Alistair Ravaryn gobernaba con una belleza inquietante y una crueldad legendaria. Sus mujeres eran famosas por su elegancia letal. El cabello de la casa era de un gris pálido y musgoso, como la niebla que cubría sus tierras, los ojos de un amarillo profundo que brillaba como ámbar, y la piel morena, bañada por el sol filtrado entre las brumas. No había lugar más enigmático y peligroso. En el corazón de Aetherya, sobre las llanuras doradas, se encontraba la Casa Vaelmont. Gobernada por Lord Edrik Vaelmont, también rey de Solaris, o más bien, guardián, eran los guardianes de la tradición y el honor. Guerreros de abolengo, caballeros de palabras pesadas y códigos inviolables. Su cabello tenía el tono de la ceniza antigua, sus ojos eran negros como la noche más profunda, y su piel trigueña clara. Su orgullo era tan grande como su sentido del deber. Más al sur, entre oasis y dunas, reinaba la Casa Myrravel, comandada por la elegante y temida viuda Lady Ilyra Myrravel. Su casa era el alma del comercio: rica, influyente, indispensable. Sus caravanas cruzaban el continente entero, llevando piedras preciosas, perfumes exóticos y secretos disfrazados de mercancía. El cabello de Ilyra era de un tono café oliva, y sus ojos, lila, tenían el poder de fascinar o destruir. Su piel clara era cuidada como un tesoro sagrado. Los montes sombríos albergaban a la Casa Varnethor, hogar de guerreros forjados en piedra y acero. Su castillo, una fortaleza de murallas negras, nunca había caído. Los hombres de Varnethor eran duros, de cabello castaño quemado, ojos castaño dorado y piel marcada por cicatrices. No hablaban mucho, pero cuando lo hacían, era con la voz del trueno. Y por último, en las cumbres centellantes al sur de Solaris, vivía la más antigua de las casas: la Casa Alderyon. Su cabeza, Lord Qoryn Alderyon, era consejero íntimo del rey Margot Velkharys, y portador de una antigua profecía que muchos aún no comprendían. Sus descendientes tenían cabellos rojo oscuro, naturalmente rizados, ojos grises como metal fundido, y piel clara de tonos fríos. Sabios, reservados y ambiciosos, los Alderyon eran guardianes de secretos que podían destruir imperios. En el centro de Solaris, Lord Edrik Vaelmont y cabeza de Solaris descansaba en la sala del consejo. Su postura era serena, sus dedos tamborileaban levemente sobre el apoyabrazos del trono menor. A diferencia del tempestuoso rey Daerion, Arys era la calma antes de la tormenta. Era observador, analítico, paciente. No se enfadaba con facilidad, salvo por una cosa. Su hija. La princesa Solar era su luz, su legado, su orgullo más profundo. Nadie tocaba a la princesa sin despertar a la fiera que dormía bajo la corona. Su nombre, un homenaje directo al reino que gobernaba, no era casualidad. Edrik veía en ella un faro de esperanza, la pieza clave en el tablero de su futuro. Su hija era su carta más poderosa, y su hijo, Velarys, su brazo ejecutor. En aquel día aparentemente normal en Solaris, con el sol en lo alto y el polvo danzando entre los pasos del pueblo, Arys ya planeaba el movimiento siguiente. Porque la guerra no siempre se libraba con espadas... a veces, el campo de batalla estaba en el silencio de una sala, en la sonrisa de una hija, o en el apellido de un aliado. ⎯⎯⎯⎯⎯⎯⎯ ✦ ✦ ✦ ⎯⎯⎯⎯⎯⎯⎯ La princesa Solar se paseaba por los jardines del palacio, su belleza inigualable en el reino, su cabello color ceniza recogido en un elegante moño compuesto en trenzas, sus ojos negros expresaban una dulzura qué contrastaba con él color, su piel trigueña, pero aterciopelada. Delicadeza única al caminar, una sonrisa en sus labios, como si solo fuese ella, como si los problemas no existieran, como si no la agobiasen las responsabilidades qué conllevaba ser la hija de un rey. Sabía qué muy pronto esa libertad qué por ahora tenía, se acabaría, qué algún día futuro, todo se vería arruinado, la edad en la que obligatoriamente debía casarse se acercaba. Aquel jardín era su único refugio. Entre las columnas cubiertas de madreselvas, las fuentes de mármol blanco que susurraban melodías cristalinas y los cipreses erguidos como guardianes del silencio, ella encontraba tregua. El aire cálido de Solaris la acariciaba con ternura, como si supiera que sus días de solaz eran contados. Las rosas doradas que sólo florecían en esa parte del mundo se abrían a su paso, como si intuyeran que caminaba una criatura destinada a la tragedia envuelta en seda. A lo lejos, las torres del palacio se alzaban como atalayas del deber. Y cada paso que daba sobre los senderos de grava blanca parecía alejarla más de esa prisión de protocolos, de alianzas forzadas, de una corona que no había pedido pero que ya gravitaba sobre su cabeza como una sentencia. El pueblo la adoraba. Su madre la moldeaba con suaves palabras. Su padre la observaba con la mirada de quien ha entregado a su hija a una guerra sin sangre, a una batalla disfrazada de bodas, tronos y estrategias. No era ingenua, aunque fingiera serlo. Esa dulzura en sus ojos no era sino una capa de barniz cuidadosamente aplicada sobre el miedo. Porque lo sabía. Todo. Que su libertad era prestada. Que los días en los que aún podía pasearse por los jardines sin escoltas ni coronas eran un regalo envenenado del tiempo. Las doncellas reían a sus espaldas, creyendo que no entendía el destino que la esperaba. Pero ella entendía. Y por eso sonreía con una perfección estudiada, por eso caminaba con gracia, por eso inclinaba la cabeza con sumisión calculada. No era porque no le doliera. Era porque no podía permitirse que doliera más. Sus manos, enguantadas en lino marfil, acariciaban con lentitud las hojas de un jazmín recién florecido. Como si al tocarlo pudiera absorber algo de su pureza. No sabía cuándo fue la última vez que alguien la había tocado con verdadera ternura, no por reverencia ni por protocolo, sino por amor. El amor... esa palabra que había escuchado en las canciones, en los cuentos que su nodriza le narraba de pequeña. Pero que, en la corte de Solaris, parecía haber muerto hace siglos, reemplazada por acuerdos, dotes y poder. En su pecho, el corazón de la princesa latía con ritmo silencioso, casi indiferente. Como si se negara a sentir, como si supiera que sentir era peligroso. Porque los sentimientos hacían frágiles a las mujeres del linaje real. Las convertían en piezas sacrificables del tablero. Y ella, aunque callada y suave, aunque obediente y dulce, no era tonta. Recordaba los susurros en las salas cerradas, los nombres de pretendientes que sus padres recitaban con frialdad, como si eligieran el mejor potro para cruzar con una yegua pura. Los reyes no veían hijas, veían linajes. Ella era su joya más valiosa, sí, pero no para admirarla. Para entregarla. Para usarla como se usa un estandarte de paz en tiempos de tensión. Y aun así, caminaba. Aun así, sonreía. No por resignación. Sino por desafío. Porque mientras respirara el aire de sus jardines, mientras pudiera inclinarse a oler una flor, mientras pudiera mirar al cielo y recordar que su alma aún le pertenecía, no dejaría de ser ella. Princesa sí, pero mujer también. Carne. Sangre. Dolor. Esperanza. No una marioneta de vestidos dorados. De pronto, una ráfaga de viento le desordenó suavemente el cabello, liberando unos pocos mechones de ceniza que se escaparon del moño. No los apartó. Los dejó caer, rebeldes, sobre su frente. Como una pequeña victoria silenciosa. Ese día, en ese jardín, la princesa pasiva se prometió que si el mundo intentaba hacerla suya, tendría que pelear por ella primero. Porque aunque nadie lo sospechara, detrás de su sonrisa perfecta, detrás de sus ojos de miel quemada, latía la furia de una mujer que aún no sabía cuánta fuerza tenía. Y muy pronto, el mundo lo sabría.






