El día amanecía como cualquier otro en Solaris. El sol se alzaba con fuerza sobre los tejados anaranjados, anunciando otro de esos días abrasadores que tanto caracterizaban al reino. El calor era sofocante y el aire denso, cargado con el aroma del hierro caliente, del cuero, del sudor y del polvo seco que se levantaba cada vez que una carreta pasaba por las calles adoquinadas, arrastrada por caballos de patas poderosas.
Los habitantes de Solaris eran conocidos por su espíritu inquebrantable. Ge