Mundo ficciónIniciar sesiónEl amanecer apenas teñía el horizonte con pinceladas de oro y carmesí, deslizándose sobre las imponentes montañas que resguardaban el reino de Valatharys. Era temprano, quizá las primeras horas del alba, cuando el frío aún danzaba con la brisa y las estrellas agonizaban en un cielo que, aunque se despejaba, aún conservaba el vestigio de la noche.
Desde lo alto de la torre más elevada del palacio, una figura solitaria se recortaba contra la luz naciente. Elyra Velkharys, la hija del rey Margot Velkharys, permanecía de pie en el balcón de su alcoba, dejando que el viento matinal sacudiera su cabellera rubia, que se mecía como hebras de oro líquido bajo la tenue claridad. Su piel, nívea como la nieve de los inviernos más crudos, reflejaba un suave matiz rosado en sus mejillas, dándole un aspecto etéreo, casi irreal. Sus labios, de un carmesí profundo, se curvaron en una sonrisa apenas perceptible. Sus ojos, de un ámbar resplandeciente, brillaban con una fiereza indómita. No quedaba rastro de la dulce niña de antaño. Aquella que alguna vez rebosó inocencia y amor filial había desaparecido, devorada por la crudeza del tiempo y las circunstancias. Ahora, lo que quedaba de ella era una joven imponente, temida y venerada por igual, a quien muchos llamaban la Princesa Dragón. El viento azotaba con fuerza la altura del castillo, agitando los estandartes con el blasón de la Casa Velkharys. Desde abajo, en el vasto jardín trasero, un grupo de criados había detenido sus labores al ver a la princesa encaramarse peligrosamente sobre la baranda del balcón. El terror paralizó a más de uno. —¡Mi señora!— gritó una doncella detrás de ella, con la voz temblorosa de angustia— ¡Por favor, bajad de ahí! Elyra, sin embargo, no le prestó atención. Con los pulmones llenos de aire helado, su voz resonó como un eco antiguo sobre las murallas de piedra, portadora de un poder que estremeció a quienes la escucharon. —¡ZHAERYS!— El rugido que respondió a su llamado desgarró la quietud de la mañana. Un sonido atronador, profundo, como el estallido de un trueno que resonó en los cielos. Desde más allá de las murallas del castillo, una sombra colosal emergió de la bruma matinal. Zhaerys. El dragón hembra de Elrya, era una bestia titánica, una criatura de proporciones inimaginables, tan vasta que la silueta de su envergadura oscureció momentáneamente los rayos del sol. Sus escamas, de un negro puro y lustroso, reflejaban la luz con un fulgor acerado, y sus enormes alas, extendidas en toda su magnificencia, parecían nubes de tormenta rasgando el cielo. Sus ojos, de un dorado incandescente, brillaban con la intensidad de un fuego eterno. Cuando Elyra saltó al vacío, el grito ahogado de la doncella y los murmullos de horror de los sirvientes se ahogaron en la inmensidad del instante. Pero la princesa nunca tocó el suelo. Con un movimiento veloz y letal, Zhaerys la atrapó en el aire, su gélido aliento creando una corriente de aire que hizo crujir las copas de los árboles. Elyra se acomodó con naturalidad sobre su cuello, como si la criatura y ella fuesen uno solo. —Recorramos todo el lugar, Zhaerys— El dragón respondió con un rugido gutural que hizo vibrar las montañas en la distancia. Y entonces, sin más preámbulo, se alzó en los cielos. Los criados en el patio trasero retrocedieron instintivamente cuando el aleteo de la bestia levantó una ráfaga de viento feroz, desatando un remolino de polvo y hojas secas. Zhaerys ascendió con la majestuosidad de un rey reclamando su dominio, y Elyra, montada sobre él, no era más que una diminuta silueta sobre la inmensidad de su lomo. Cuando el dragón surcó el aire, una segunda sombra se unió a la suya. —¿En serio, Elyra?— El tono profundo, grave y cargado de fastidio arrancó a la joven de su ensimismamiento. A su costado izquierdo, montando una bestia igualmente imponente, su hermano adoptivo la observaba con fría severidad. Vaedrik Velkharys. Si Elyra era fuego y tempestad, Vaedrik era hielo y sombra. Su cabello, de un rojo intenso, era sacudido por el viento, y sus ojos de un gris metálico, carentes de emoción, la atravesaron con una expresión impasible. Sobre su montura, el colosal dragón Vaerion, tan descomunal como Zhaerys, extendía sus alas escarlata, surcadas por betas negras como la obsidiana. Era una criatura temida, ferozmente agresiva y letal. Sin embargo, ante Elyra, jamás había mostrado hostilidad. —¿Tenías que empezar la mañana con un alboroto?— Inquirió con desdén. Elyra lo miró de reojo, con una sonrisa cargada de malicia. —¿Por qué lo dices, hermanito?— El desprecio en su voz fue inconfundible. No se soportaban. Nunca lo habían hecho. Y aunque compartieran un apellido, no eran hermanos. No corría la misma sangre por sus venas. Vaedrik bufó con exasperación. —Salí al jardín trasero y escuché a los sirvientes murmurando que mi querida "hermana menor" saltó desde su balcón. Si no fuera por tu dragón, estarías muerta— El tono levemente irritado en su voz no pasó desapercibido. —No me llames hermana, Vaedrik— La frialdad en su mirada se intensificó— Me incomoda. No lo somos. Y entonces, sin previo aviso, Elyra volvió a saltar. Los músculos de Vaedrik se tensaron al verla caer en picada, pero como siempre, Zhaerys la atrapó con la precisión de un depredador. Vaedrik negó con la cabeza, exhalando con molestia. —¿Qué haremos con esta niñata inmadura, Vaerion?— El dragón escarlata respondió con un gruñido gutural, su pecho vibrando con el sonido de un trueno lejano. Pero claro, ¿cómo iba a responderle una bestia?. Ellos dos jamás se habían llevado de maravilla, pero tampoco era como si se odiaban, después de todo eran hermanos, no de sangre, pero si de crianza, y siempre se ayudaban aunque no se quisieran mucho. Mientras ambos dragones ascendían aún más alto, dejando atrás el castillo y el bosque que rodeaba Valatharys, las siluetas de los dos príncipes parecían apenas diminutas hormigas sobre la vasta inmensidad de sus monturas. Desde las alturas, el reino se desplegaba como una pintura en tonos de esmeralda y plata, con los ríos reflejando el fulgor del sol naciente y las montañas emergiendo como titanes dormidos en el horizonte. Elyra cerró los ojos, sintiendo el viento golpear su rostro con fuerza. Allí, en los cielos, sobre el lomo de Zhaerys, no era una princesa. No era la hija del rey. No era la hermana adoptiva de Vaedrik. Era libre. Vaedrik, sin preámbulos, agitó ligeramente las piernas, y la colosal bestia que lo sostenía bajo su sombra desplegó sus alas con la fuerza de un huracán, elevándose sin esfuerzo hasta las nubes. La brisa helada de la altura lo envolvió, desordenando aún más sus rizos rojos, pero él no se inmutó; al contrario, sus labios se curvaron en una sonrisa de diversión antes de dejarse caer sin titubeo alguno. El viento silbó a su alrededor mientras descendía, la velocidad acelerando con cada segundo, y por un breve instante, pareció que el suelo lo recibiría con brutalidad. Sin embargo, como si se tratara de un reflejo arraigado en lo más profundo de su ser, Vaerion, la majestuosa bestia carmesí con betas negras, respondió al instante. Con un rugido que resonó por todo Valatharys, el dragón replegó sus alas para caer en picada, cortando el aire como una flecha. Antes de que el joven pudiera sentir el terror en su pecho, las poderosas garras de la criatura lo atraparon con precisión, asegurándolo entre sus escamas ardientes antes de lanzarse nuevamente al cielo con un aleteo ensordecedor. Desde su lugar, Elyra observó la escena con una mezcla de admiración y arrogancia. ¿Cómo podía su hermano presumir de sus hazañas cuando ella había estado haciendo lo mismo desde que tenía tres años? Aún así, la adrenalina que sentían era única, un privilegio reservado solo para los jinetes de dragón. No había comparación posible con esa sensación de volar sobre el mundo, desafiando a la misma muerte con cada maniobra. Vaerion y Zhaerys eran, sin duda, los más llevaderos de entre las imponentes bestias que surcaban el cielo de Valatharys. No solo por su conexión con sus jinetes, sino por el riguroso entrenamiento que habían recibido desde que salieron del cascarón. Comparados con ellos, los otros dragones que volaban sobre el palacio eran aún salvajes, criaturas majestuosas pero indomables, que respondían a la mano de sus dueños con un respeto frágil y no con la lealtad inquebrantable que compartían estos dos con los príncipes. Aun así, pese a todo su adiestramiento, tanto las bestias como sus jinetes tenían un largo camino por recorrer. Porque aunque ya podían desafiar los cielos con destreza, aún no habían alcanzado el punto de perfección que la historia exigía de ellos.






