Mundo ficciónIniciar sesión—¡¿Un hijo, papá?! —Elyra casi escupió las palabras, con una mezcla de furia, incredulidad y asco—. ¿De verdad esperas que lo acepte en silencio? ¿Que sonría, que baje la cabeza, que le dé la bienvenida a otro usurpador como si no significara nada?
Margot alzó la vista desde el escritorio, molesto. Pero ella no retrocedió, no se detendría, ella necesitaba decir todo lo qué pensaba, no callaría, no sería sometida a aceptar algo en lo que no estaba de acuerdo. —Ya fue suficiente con Vaedrik —dijo, avanzando un paso—. Lo acepté. No porque lo quisiera aquí, ni porque creyera que era justo. Lo acepté porque tú lo impusiste, porque lo hiciste entrar a esta casa como si fuera uno de los nuestros, cuando no lo es. No lleva la sangre Velkharys, ni la de mi madre, y peor la tuya. Es un extranjero, un símbolo de tu traición. Y ahora... ahora me dices que habrá otro. Otro hijo, otro heredero. Esta vez de la reina Elthara. Margot apretó los labios, conteniendo lo que fuese que iba a decir. —¿Cómo crees que me siento, papá? —Elyra lo miraba con los ojos cargados de un fuego que parecía arderle en el pecho— No solo cambiaste a mi madre, lo sé, era una niña cuándo te volviste a casar, pero todos lo repiten, qué mamá acaba de morir, cuándo desposaste a una joven de la casa Alderyon, y no te bastó pisotear el amor que alguna vez le juraste a mamá. Le das un hijo que no será bastardo, no, no como Vaedrik, este será tu legítimo, lo amarás. Lo reconocerás. Le darás tu apellido. Y con eso... le das una amenaza directa a mi derecho, a mi sangre, a mi lugar. —Yo amé a tú madre, no dudes de eso, pero el reino me presionó, además un rey necesita una reina Elrya— Le recordó su padre con tono severo—Y sobre ese niño, mientras yo te nombre mi heredera legítima nadie te quitará el trono, pero no...no será tan fácil, habrá una regla, aún no me decido por cuál, pero el qué quiera el trono deberá cumplirla. Elrya soltó una risa sarcástica, llena de enojo y desesperación, se limpió el sudor de la cara y suspiró. —Tuviste la brillante idea de nombrar a Vaedrik legítimo, el luchará por el trono también, y no se lo qué sea qué estés pensando, pero estoy segura que nos afectará papá— Soltó molesta— Mi lugar está en juego, y siento qué lo perderé. —No pierdes tu lugar —dijo Margot con voz grave—Eres mi hija, sigues siendo la heredera de Valatharys. Nada cambia eso. Elyra rió, amarga. —¿Nada lo cambia? ¿De verdad crees que esto no cambia nada? ¿Cuántos herederos crees que puede tener un trono, papá? ¿Qué pasará cuando tú no estés y todos los buitres rodeen el trono reclamando su parte? Ya lo veo: los seguidores de Vaedrik diciendo que él tiene más madera de líder, que es varón, que ha sido criado para gobernar. Y luego estarán los que verán al hijo de Elthara como el verdadero sucesor, el único nacido de una unión bendecida, de una consorte oficial. ¿Y yo? ¿Qué quedará de mí? Dio otro paso. Ahora estaba frente a él. Su expresión era la de una mujer al borde del abismo, luchando por no romperse. —Soy la hija de la reina que enterraste, Margot. La mujer a la que traicionaste, en otras palabras traicionaste su memoria. ¡Mi madre murió sola, y a los días ya estabas feliz, gozando con tú nueva esposa! ¡Y ahora tú sellas esa burla engendrándole un hijo! ¿Qué crees que representa ese niño para mí? ¡Es una ofensa! ¡Un insulto a su memoria! ¡Una risa escupida sobre su tumba! Margot se levantó, exasperado. —¡No me hables así!— Pero Elyra no se detuvo. —¡¿Por qué no?! ¿Por qué no habría de hacerlo? ¿Porque soy tu hija? ¿Porque esperas respeto mientras pisoteas mi derecho, mi historia, mi legado? ¡Soy la heredera de Valatharys! ¡Llevo el linaje de los verdaderos hijos del trono! ¡Y tú no solo traes bastardos y amenazas a esta casa, sino que encima me exiges silencio! —No será un bastardo —dijo él entre dientes— Será mi hijo. Mi hijo legítimo. —¿Y entonces qué soy yo? —preguntó Elyra en un murmullo envenenado— ¿Un estorbo? ¿Un error? Porque así me haces sentir. Como si el trono fuera un premio que no merezco, como si bastara que Elthara abra las piernas para que el futuro de esta casa se reescriba. Hubo un silencio cruel, cargado. Margot se giró, dándole la espalda, como si necesitara espacio para respirar. —No entiendes, Elyra —dijo con voz controlada— Esto es más grande que tú. Más grande que Elthara. Aetherya necesita estabilidad. Necesita alianzas. Elthara proviene de sangre antigua. Su hijo unirá casas. Calmará el norte. Evitará una guerra. Elyra contuvo una carcajada. Una carcajada de puro dolor. —¿Evitar una guerra? —repitió con ironía—. ¿Tú crees que traer más herederos evitará una guerra? No, papá. Eso es lo que la desatará. Eso es lo que abrirá las venas del reino. Un trono dividido entre hijos de mujeres distintas, nacidos en camas diferentes, con ambiciones distintas. Es sangre contra sangre. Y lo sabes. Margot no respondió. Elyra bajó la mirada por un instante, antes de alzarla de nuevo. —Y a pesar de todo, tú lo eliges. A ese niño. A ella. Y a Vaedrik —escupió el nombre como si quemara— Ese bastardo, ese... extraño. Esa sombra que dejaste entrar y que me mira como si me conociera. Como si pudiera juzgarme. Como si pudiera reemplazarme. Sus mejillas ardían. No de vergüenza. De rabia, en el fondo sabía qué lo qué sentía por Vaedrik no era odio, era atracción, y necesidad de tenerlo a su lado, pero...no podía exponerse de tal manera. —Lo odio, papá —dijo en voz baja, helada—. Lo odio con todo lo que tengo. Porque sé lo que representa— Mentiras y más mentiras, no era verdad, no lo odiaba, y si lo hacía era por esa atracción qué ella sentía hacia Vaedrik. Margot la miró. Por un momento, vio en su hija a la reina que podría ser... o al monstruo que podría nacer de todo aquello. —Ten cuidado, Elyra —susurró finalmente— Lo que hagas en los días que vienen... marcará el destino de todos. Elyra no contestó. Se dio media vuelta y se fue, pero no sin antes dejarle algo más: —Entonces prepárate, padre. Porque si ese niño vive para reclamar lo que es mío... yo misma seré la tormenta que lo detenga.






