El castigo de Elyra llegó con la misma certeza con la que llega la tormenta después de un día de calor insoportable. No me sorprendió cuando mi padre decidió enviarla a la cocina, el sitio que más detestaba en todo el castillo.
Era su manera de recordarle que incluso ella, con toda su terquedad y su lengua afilada, debía aprender cuándo callar.
Pero Elyra no sabía hacerlo. No podía.
No importaba cuántas veces le advirtiera que guardara sus opiniones para sí misma, que no provocara a la reina, q