Mundo ficciónIniciar sesiónEl castigo de Elyra llegó con la misma certeza con la que llega la tormenta después de un día de calor insoportable. No me sorprendió cuando mi padre decidió enviarla a la cocina, el sitio que más detestaba en todo el castillo.
Era su manera de recordarle que incluso ella, con toda su terquedad y su lengua afilada, debía aprender cuándo callar. Pero Elyra no sabía hacerlo. No podía. No importaba cuántas veces le advirtiera que guardara sus opiniones para sí misma, que no provocara a la reina, que no desafiara a mi padre frente a los nobles, que no les diera más motivos para hablar. Pero no, mi querida hermanita era testaruda como una mula. Si tenía algo que decir, lo decía, sin importar las consecuencias. Igual que su madre. Madre siempre me decía lo mucho que Elyra se parecía a la difunta reina. La misma fiereza en la mirada, la misma arrogancia en cada palabra. "De tal palo, tal astilla", decía, como si eso justificara su odio velado. Y así, como cada vez que desafiaba la autoridad de mi padre, Elyra terminó con las manos ocupadas, sirviendo platos, pelando verduras, obligada a soportar el calor sofocante de los hornos y el bullicio de las cocineras. Me asomé a la cocina con curiosidad. Había mucho movimiento. Los sirvientes iban y venían, algunos llevando grandes bandejas repletas de pan recién horneado, otros revolviendo calderos con guisos espesos y fragantes. Y allí estaba ella. De pie junto a una de las cocineras, con una pila de platos en las manos y el ceño fruncido. El calor de los hornos le había encendido las mejillas en un tono carmesí y algunos mechones de su cabello se habían escapado del moño desordenado que intentaba sujetarlo. Su rostro, enmarcado por aquellos rizos rebeldes, tenía un aire casi salvaje, como una fiera atrapada en una jaula demasiado pequeña. Vestía lo mismo de siempre: pantalones de cuero ajustados, esta vez en un tono marrón oscuro, y un top de seda ligera que dejaba al descubierto su cintura esbelta. Su piel blanca y sonrosada resaltaba bajo la luz cálida de la cocina, atrayendo miradas con la misma facilidad con la que atraía problemas. Elyra era delgada, pero su figura tenía la armonía perfecta entre fuerza y feminidad. Una cintura estrecha que se curvaba en unas caderas bien formadas, piernas gruesas y un trasero redondo que resaltaba aún más con aquellas prendas ajustadas. No importaba cuánto intentara ignorarlo, no importaba cuántas veces repitiera en mi cabeza que era mi hermanastra, que llevábamos el mismo apellido. El hecho era que, si no lo lleváramos, todo sería diferente. Aún podía recordar el calor de su piel bajo mis dedos la noche anterior, el estremecimiento involuntario que recorrió su pierna cuando la apreté con fuerza. Fue un momento breve, pero lo disfruté más de lo que debería. No me quería. Eso era obvio. Pero sabía que le divertían mis juegos, mis provocaciones. Quizás, en algún lugar dentro de ella, una parte pequeña y retorcida disfrutaba de esta guerra tanto como yo. —¿Qué haces ahí? —Su voz, cargada de burla, me arrancó de mis pensamientos—. ¿Te gusta lo que ves? Sonreí. No le daría la satisfacción de verme incómodo. Me acerqué con paso tranquilo y me detuve a su lado, observándola con la misma burla en mis ojos. —La cocina te sienta muy bien, hermanita. Ella rodó los ojos y me dio un codazo en las costillas, lo suficientemente fuerte para hacerme reír. —Vete, no quiero ver tu odioso rostro. Y ahí estaba. La Elyra que me despreciaba. La que me alejaba cada vez que intentaba acercarme, la que me miraba con resentimiento cada vez que nos cruzábamos en los pasillos. Pero también estaba la otra Elyra. La que, por más que lo negara, respondía a mis provocaciones. La que, aunque odiaba admitirlo, disfrutaba tanto como yo de este juego peligroso. Me pregunté, no por primera vez, cuándo cambiarían las cosas entre nosotros. ¿Cuándo llegaría el momento en que Elyra dejara de odiarme? ¿O quizás, solo quizás, su odio no era tan puro como ella quería hacerme creer? ....................................... El viento helado azotaba mi rostro, llevándose con él el aliento cálido de Zhaerys mientras permanecíamos en lo alto del risco, observando la vasta llanura que se extendía ante nosotros. La hierba, desgarrada por los inviernos pasados, se inclinaba bajo la brisa como si reverenciara la presencia de los dragones. Zhaerys se mantenía en completa calma, sus escamas de un negro absoluto reflejaban la escasa luz de la mañana. Su tamaño era colosal, el más grande de todos los dragones en nuestro reino. Cuando extendía sus alas, era como si la propia noche se desplomara sobre la tierra. La fuerza que emanaba de él no solo era física, sino espiritual, como si la esencia de los dragones antiguos latiera en su interior. A mi lado, a unos metros de distancia, Vaedrik se encontraba sobre la imponente nuca de Vaerion. A diferencia de mi bestia, Vaerion era una criatura de fuego viviente: escamas de un rojo intenso surcadas por vetas negras que se asemejaban a grietas por donde el mismísimo infierno emergía. Sus ojos dorados reflejaban la inteligencia de un depredador ancestral, y aunque era conocido por su brutalidad en combate, bajo el mando de Vaedrik era sumiso. No necesitaba órdenes ni correas, simplemente sabía qué hacer. Era como si compartieran un único pensamiento. Y aquello me inquietaba. —No te quedes ahí como una estatua, Elyra —la voz de Vaedrik interrumpió mis pensamientos— ¿O es que necesitas que te diga cómo montar tu propio dragón? Rodé los ojos sin molestia alguna, pero tampoco con agrado. —Si quisiera que me dieras instrucciones, te lo haría saber —respondí con un deje de burla— Pero no me interesa aprender de alguien que ni siquiera se molesta en usar la silla de montar. Vaedrik rió bajo y acomodó su postura sobre Vaerion. —Las sillas son para quienes temen caer. —Las sillas son para quienes tienen suficiente inteligencia como para evitar morir de una forma ridícula. —Si temes caerte, entonces tal vez Zhaerys es demasiado para ti. No respondí. No porque no tuviera qué decir, sino porque Zhaerys se movió de manera sutil, como si sintiera mi leve incomodidad. Un murmullo gutural vibró en su garganta, y con apenas un movimiento de su enorme cola, golpeó la tierra y dejó una hendidura a sus espaldas. No necesitaba decirle nada. Zhaerys siempre respondía por mí, Vaedrik sonrió con cierta diversión al ver la reacción de mi dragón.






