NOVENO CAPÍTULO

Zhaerys no dudó. Se inclinó hacia abajo y descendió a gran velocidad, el viento aullando a nuestro alrededor mientras sus alas batían con fuerza. El suelo se acercó rápidamente, y cuando sus garras tocaron tierra, me apresuré a bajar.

El impacto de mis botas contra el suelo me hizo tambalear por un segundo. El dolor seguía allí, latente y ardiente, pero me forcé a mantenerme erguida. Zhaerys se giró para mirarme, su enorme ojo dorado reflejando preocupación.

No tardó en llegar Vaedrik. Vaerion aterrizó con un poderoso golpe de sus garras contra la tierra, y su jinete saltó ágilmente de su lomo, corriendo hacia mí.

—¿Estás bien? —preguntó con una preocupación genuina en la voz.

Lo miré con furia. ¿De verdad tenía el descaro de preguntar eso?

—¿En serio lo preguntas? —espeté, mi respiración aún entrecortada—. ¡Hiciste que Vaerion me quemara!

La piel de mi brazo ardía, la tela de mi ropa chamuscada por el fuego. Lo miré fijamente, esperando algún signo de remordimiento, pero lo único que encontré en sus ojos fue algo más... una mezcla de determinación y algo que no lograba descifrar.

—No fue intencional —dijo con firmeza— Vaerion solo me estaba protegiendo.

Bufé, incrédula.

—Podrías haberlo detenido —Intentó acercarse, pero lo aparté de un empujón.— ¡Esto era un entrenamiento, no una guerra!

Vaedrik frunció el ceño, su expresión endureciéndose.

—Elyra, en una guerra te harían cosas peores. Si esto hubiera sido un enfrentamiento real, no habrías tenido tiempo de quejarte.

Su tono era frío, lógico, pero eso solo me enfureció más. Sabía que tenía razón, pero no me importaba en ese momento.

—Yo no iba a lastimarte —dije, mi voz más baja, pero aún cargada de ira— Solo quería acorralarte, no prenderte en llamas.

No esperé a que respondiera. Pasé junto a él sin mirarlo y subí de un salto a Zhaerys.

—Llévame a casa.

Mi dragón extendió sus grandes alas y despegó en un solo y poderoso movimiento, desde lo alto, eché una última mirada hacia el suelo, Vaedrik seguía allí, observándome en silencio.

Su expresión ya no era desafiante, era algo más. Algo que no estaba segura de querer entender.

....

Golpeé la pared de mi habitación con tal fuerza que logré romper la piel de mis nudillos, la sangre tan escandalosa y escurridiza, comenzó a deslizarse por mis muñecas, bufé con molestia, y seguí dando más golpes al duro material.

Estaba molesto conmigo mismo, había sido un idiota, yo había lastimado a Elyra, y por mucho qué ella me odiara yo en el fondo la apreciaba, la había visto crecer, desarrollar y volverse una mujer más hermosa, le había cubierto muchas cosas a papá, y el muy tonto que no pudo controlar su irá terminó lastimándola, debería cuidarla mejor, y no hacerle daño.

Limpié mis manos y me amarré unas telas suaves que tenía guardadas por ahí, a paso seguro caminé hasta la habitación de ella, sin tocar la puerta entré, la vi sentada en su cama, con la mitad de su pierna desnuda, me acerqué, no me importó recibir su mirada molesta, me acuclillé frente a ella y observé la quemadura, era grande, esparcida por la piel blanca de su muslo, tenía un aspecto desagradable.

—Lo siento Elyra— Tomé la pomada de hierbas que ella iba a aplicar en su piel antes de que yo entrara, y con cuidado la esparcí por la quemadura.

—Vaedrik...

—Lo sé— La interrumpí antes de que siguiera, mis ojos se centraron con esos hermosos y bellos ojos ámbar que hipnotizaban a cualquier individuo— Fuí un tonto, lo acepto, pero créame que realmente lo siento.

Ella desvió su mirada a un punto fijo en la pared de enfrente, mordió su labio con incertidumbre, algo tan insignificante, pero un gesto tan sensual.

—Está bien, te creo— Esperaba más que eso, esperaba una sonrisa de su parte, algo qué nunca llegó, me tragué la decepción que sentí cuando su mirada fría calló sobre mi.

Simplemente era algo difícil, algo imposible de su parte, un gesto que no debía esperar, porque Elyra jamás me aceptaría como parte de su vida. 

.....

El sol brillaba con furia sobre los vitrales del salón principal, y la luz teñía los suelos de mármol en tonos rojizos, como si la sangre misma de los dragones recorriera el castillo. El aire era denso, cargado de incienso y silencio. La Sala del Trono estaba llena de sombras que se movían con la quietud del poder, altas columnas, tapices de guerras olvidadas, y el eco lejano de un rugido.

El guardia se detuvo con firmeza junto a las enormes puertas de madera negra, su voz resonó sin necesidad de elevarse demasiado —El Príncipe Vaedrik Velkharys y la Princesa Elyra Velkharys—.

Las puertas se abrieron, cediendo su resistencia como si entendieran que lo que ocurriría dentro no era un simple encuentro. Elyra caminaba con paso medido, sus ropajes oscuros ceñidos al cuerpo, el cabello recogido en una trenza baja, y los ojos—grises como ceniza apagada—fijos en el trono de piedra. A su lado, Vaedrik avanzaba con la gravedad de quien había nacido para soportar la carga de la historia, los pasos amplios, el rostro marcado por la cicatriz tenue de una batalla pasada, el fuego en la mirada apenas contenido.

El Rey estaba sentado en lo alto, sus manos reposaban sobre los brazos del trono tallado con figuras de dragones dormidos. Su corona era de hierro y ónix, su manto arrastraba en el suelo, y su expresión no dejaba lugar a ternura.

—Os he mandado llamar porque el equilibrio de los cinco reinos pende de una llama—, comenzó, sin rodeos, sin afecto, como si cada palabra fuese parte de un juramento. —El Rey Daemion Varthar ha solicitado una respuesta a la tregua sellada antes de vuestro nacimiento. No enviaré mensajeros comunes. Valatharys no se arrastra, se impone—.

Sus ojos bajaron hacia Elyra, luego hacia Vaedrik, con la dureza de un rey y el juicio de un padre.

—Vosotros cruzaréis el mar del Este, montados en los hijos del fuego. Le entregaréis mi palabra, mi voluntad, y mi advertencia. Nocthar no debe olvidar que quien domina Valatharys... domina a todos. Si pretenden jugar con sombras, recordarán que el fuego consume incluso a las sombras—.

Hubo un silencio denso, donde solo se oía el latido lejano de las alas sobre las torres, los dragones inquietos, como si presentaran su propio acuerdo. Elyra frunció el ceño, apenas, pero su voz fue firme cuando habló.

—¿Y si Nocthar ha olvidado su lugar?—.

El Rey asintió lentamente, como si esperara esa pregunta.

—Entonces haréis que lo recuerden... y si no, volveréis con fuego, no con palabras— Vaedrik inclinó la cabeza, grave, solemne, como un pacto sellado en llamas.

—Nosotros obedecemos, pero el mundo deberá entender una cosa—, dijo él, la voz profunda, el tono bajo como el eco de un trueno distante —No se traiciona a quienes han nacido del fuego. E'vyr drakhaal, shayven vash—.

El Rey asintió. No pidió promesas. No bendijo el viaje. El deber no necesitaba adornos.

Y así, sin aplausos ni festejos, los hermanos dieron media vuelta y salieron de la Sala del Trono, dejando atrás los mármoles teñidos de rojo. Los destinos se habían puesto en marcha. El mundo volvería a temblar.

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