Mundo ficciónIniciar sesiónEl Consejo del Dragón
En la majestuosa sala del trono, la imponente figura del rey Margot ya descansaba sobre su asiento de hierro puro, cuya estructura de plata reflejaba la luz de las antorchas y cuyos detalles de oro resplandecían con un brillo intimidante. Su postura era firme, su expresión impasible, y sus ojos escrutaban el vacío con la solemnidad de un monarca que había visto más de lo que cualquiera podría imaginar. A su lado, con una presencia igualmente imponente, se encontraba la reina Elthara. Su belleza era indiscutible, pero lo que más destacaba de ella era la mirada de superioridad con la que observaba a quienes se atrevían a levantar los ojos en su dirección. Su orgullo era tan evidente que desbordaba de sus pupilas como un fuego imperecedero. Las enormes puertas de la sala del trono se abrieron con un estruendo, permitiendo la entrada de los dos príncipes. Elyra caminaba con la confianza de una guerrera, el cuero negro de sus pantalones ajustándose a sus curvas con precisión, mientras que su camisa pegada realzaba su figura. Sobre sus hombros, una capa oscura se extendía hasta sus tobillos, ondeando suavemente con cada paso que daba. Vaedrik, en contraste, vestía con más simpleza; su traje, aunque digno de un príncipe, carecía de adornos ostentosos. No necesitaba más para imponerse, pues su sola presencia bastaba. Margot dirigió su mirada hacia su hija y, con una evidente expresión de desaprobación, la examinó de arriba abajo antes de soltar un suspiro pesado. —No me gusta que te vistas así. Sabes que eres una princesa y debes vestir como tal. Podrías llevar los mejores vestidos si así lo quisieras— Elyra sonrió con ironía, lanzando una mirada fugaz a su hermanastro antes de volver a fijar sus ojos en su padre. Negó levemente con la cabeza antes de responder con el mismo tono desafiante de siempre. —Padre, no es como si los despreciara. Los uso cuando la ocasión lo exige, pero cuando monto a Zhaerys, la incomodidad de los vestidos es insoportable. Además, me siento mejor así— Margot no insistió. Conocía demasiado bien el carácter de su hija como para saber que cualquier argumento sería en vano. A su lado, la reina Elthara se puso de pie con la gracia de una pantera. Caminó con elegancia hasta su hijo y con un gesto suave, pero imponente, arregló el cuello de su traje. —Querida...— comenzó con su tono melodioso, aunque teñido de falsa dulzura— A mis oídos llegó el escándalo que armaste esta mañana. Margot entrecerró los ojos con curiosidad y desvió la mirada hacia su esposa. —¿A qué te refieres con escándalo, Elthara?— Luego miró a Elyra con severidad. —¿Qué fue lo que hiciste, mocosa?— La reina sonrió con altivez y, con un aire de desdén, miró a la joven con la superioridad de alguien que cree tener la razón. —Tu querida princesa saltó del balcón de su habitación. Si no fuera por su dragón, que la atrapó justo a tiempo, ahora mismo estaríamos velando su cadáver. Pero ya la conoces... siempre desafiando a la muerte misma— Elyra rodó los ojos con fastidio y dejó escapar una risa baja. Con total indiferencia, jugó con la daga que sostenía en su mano, girándola entre sus dedos con una destreza envidiable. Luego, alzó la mirada y la clavó en la reina con un odio que se podía palpar en el aire. —Elyra, me encantaría que dejaras de hacer eso. Zhaerys no podrá salvarte todo el tiempo— comentó el rey, llevándose la copa de vino a los labios. La joven dio un paso adelante y bufó con impaciencia. —Zhaerys jamás me dejará morir. Él nunca permitirá que su jinete abandone este mundo. Soy como su madre, y él lo sabe. Además, debo perfeccionar mis maniobras. Ahora, si realmente quieres ayudarme, dile a tu esposa que deje de meterse en mis asuntos— El silencio se extendió como una sombra en la sala. La franqueza de Elyra no era ninguna novedad, pero aún así, cada vez que hablaba de esa forma, parecía que desafiaba abiertamente la autoridad del rey. —Elyra... —comenzó Margot con tono de advertencia. —Espera, padre -lo interrumpió con frialdad antes de girarse hacia Elthara—No habléis de mí como si fuera la única que desafía a la muerte. Mi querido hermano hace exactamente lo mismo. Vaedrik, hasta ahora en silencio, apretó los labios con fuerza. Aunque Elyra tenía razón, detestaba que siempre usara esos argumentos para iniciar discusiones con su madre. Pero, en el fondo, también entendía que tenía sus razones, Elthara suspiró con exasperación y miró a su esposo. —Siempre lo he dicho, Margot. Los dragones no son criaturas de fiar. No pueden ser mascotas de nadie. Pero tú permites que tus hijos los tengan— El rey se masajeó las sienes con evidente molestia antes de lanzar una mirada dominante a su esposa. —Valatharys es conocido por ser el único reino que aún posee dragones. Mi familia los ha domesticado desde tiempos inmemoriales. Mi abuelo, mi padre...mis antepasados, la gran Rhaenyra Targaryen, Daemon Targaryen, han pasado miles de años, y nosotros aunque no llevemos el apellido abiertamente, porque ya han pasado siglos, seguimos perteneciendo al linaje. Es un privilegio que aún los tengamos entre nosotros. Elyra no quiso escuchar más. Sabía que, a partir de ese momento, la conversación se convertiría en una discusión interminable sobre los mismos temas de siempre. Sin molestarse en hacer una reverencia de despedida, giró sobre sus talones y salió de la sala del trono con la daga aún entre sus dedos. —Vaedrik, aún no he terminado contigo— Llamó su madre, pero el pelirrojo la ignoró y salió tras su hermana. Cuando la alcanzó en uno de los pasillos de mármol, la tomó del brazo con firmeza y la empujó contra la pared. —Suéltame— Ordenó ella con frialdad, pero él solo le sostuvo la mirada con la misma intensidad. —¿Puedes dejar de empezar discusiones todo el tiempo?— Preguntó, su tono seco y cargado de frustración, Elyra sonrió con sarcasmo y ladeó la cabeza. —Dile eso a tu madre— Se soltó con un movimiento brusco y siguió su camino sin mirar atrás. Vaedrik se quedó allí, viéndola marcharse, con una mezcla de enojo y resignación en los ojos. Jamás podría hacer las cosas bien con esa rebelde, que parecía una salvaje.






