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DÉCIMO NOVENO CAPÍTULO

Marendor se alzaba como un gigante entre sombras, envuelto en una atmósfera de permanente penumbra, como si el mismo reino rehusara ceder a la luz del sol. La humedad constante de los bosques sombríos que lo rodeaban impregnaba las piedras musgosas de sus caminos y llenaba el aire de un aroma terroso, casi embriagador.

Árboles ancestrales, tan viejos como las mismas casas que formaban Aetherya, se mecían con un crujir que parecía contener secretos milenarios. Sus ramas, alargadas y negras como la tinta, formaban una bóveda natural que eclipsaba la luz, tiñendo las jornadas de un gris perpetuo, envolviendo a los forasteros en una incertidumbre que nunca terminaba de disiparse. Era un reino de sombras, pero no de decadencia. Marendor era poder.

La ciudad capital, Velmhar, se erguía sobre una colina angosta entre dos ríos oscuros, uno de ellos con aguas tan quietas que más parecían cristal. Las casas estaban hechas de piedra gris con techos de pizarra negra. Las torres se alzaban estrechas y altas, como si compitieran entre ellas por rozar el cielo nublado. Las ventanas eran pequeñas y siempre cubiertas con gruesos cortinajes, más por costumbre que por necesidad. En Marendor, la privacidad era ley no escrita, el secreto una virtud, y el conocimiento un arma tanto como una moneda.

El pueblo que habitaba este reino compartía una peculiaridad con sus tierras: eran callados, precavidos, y excesivamente observadores. Sus ojos, por lo general de tonalidades pálidas, parecían leer más allá de lo que se mostraba. Nadie en Marendor preguntaba directamente, pero todos sabían. La discreción era un arte que aprendían desde pequeños.

No era raro que un niño supiera guardar secretos que harían temblar a un adulto. Entre sus calles se sentía ese peso constante: que cada palabra pronunciada podía ser un puñal o una llave. Sus habitantes vestían con telas gruesas, de tonos oscuros, sin adornos innecesarios. En Marendor, la ostentación era vista como una señal de torpeza.

El corazón del reino latía en la corte de los Thorneveil, la casa gobernante. El Castillo Thorneveil no era una construcción deslumbrante a los ojos de los sureños, pero su majestuosidad era otra: era un laberinto de piedra antigua, cubierto de hiedras, pasillos secretos, trampas ocultas, cámaras de susurros. En las criptas se guardaban libros prohibidos, reliquias antiguas y una historia escrita con sangre y traición. Todo aquel que gobernara Marendor debía dominar la política como un veneno: lento, letal y preciso.

Lord Merian Thorneveil, su soberano, era la viva encarnación del reino que representaba. Alto, delgado, siempre envuelto en capas de terciopelo oscuro. Su cabello marrón profundo caía liso hasta los hombros, enmarcando un rostro de rasgos afilados, y sus ojos color jade parecían observarlo todo sin jamás mostrar lo que pensaba. Nadie sabía cuándo dormía, ni cuándo comía, pero siempre estaba presente donde debía estar, como si el castillo mismo respirara por su voluntad.

Había gobernado Marendor con mano silenciosa por más de dos décadas, nunca por la espada, siempre por el control. Había derrotado a sus enemigos sin empuñar un arma, utilizando cartas, alianzas, matrimonios y chantajes. Decían que podía hacer que un hombre se ahorcara con la sola insinuación de que alguien sabía su secreto. Tenía tres hijos: Althaea, la mayor, casada con un noble de la Casa Varnethor; Lorian, su heredero, un joven tan inteligente como frío, que ya se rumoraba controlaba parte del consejo en secreto; y por último, Eirys, la menor, cuya belleza pálida y expresión vacía causaban tanto inquietud como admiración.

Esa mañana, el Gran Salón del castillo estaba casi vacío, como era costumbre. Lord Merian no creía en recibir multitudes. Solo sus consejeros más cercanos se encontraban presentes: el Maestro de Susurros, la Castellana, el Capitán de la Guardia y el Archivero. En la penumbra del salón, iluminado únicamente por candelabros de hierro y una tenue luz filtrada por los vitrales verdes, Lord Merian alzó la mirada desde los papeles que revisaba.

—El nuevo mensajero de Solaris ha llegado —anunció la castellana con una reverencia medida.

—¿Y qué canta el sol esta vez? —preguntó él, sin emoción.

—Piden negociar sobre el acceso a las rutas del norte— Merian soltó una leve sonrisa, apenas una curvatura en sus labios pálidos.

—Negociar... —repitió con un tono que convertía la palabra en burla.

El Archivero, un hombre encorvado que parecía tener más años que el reino mismo, carraspeó.

—Solaris está acumulando granos y armas. Se dice que el príncipe Velarys ha empezado a mover tropas en la frontera este. Si buscan negociar, es porque temen nuestra alianza con Valatharys.

—Entonces mantendremos el silencio. No responderemos. Que su miedo crezca como las raíces de nuestros árboles: lento y profundo —dictó Merian.

Sus ojos recorrieron el salón, deteniéndose en cada uno de los presentes.

—La paciencia es el arma de los fuertes, en Marendor no atacamos por impulso, observamos, esperamos. Y cuando la presa cree estar a salvo, entonces cerramos las fauces—Ninguno osó responder, en Marendor, el silencio era respeto. En la penumbra, Lord Merian Thorneveil era más que un rey; era un dios de susurros.

Y el reino, un altar a la inteligencia afilada como puñales.

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El Rey Merian Thorneveil no era un hombre que hablara sin propósito. Nunca lo había sido. En Espina Negra, su voz tenía el peso de la última palabra, y cuando la dejaba caer, se sentía como un espino clavado en la carne. Gobernaba Marendor con puño de hierro desde hacía más de treinta años, y aunque su corona no brillaba con joyas exuberantes ni oros pretenciosos como la de otros reinos, el miedo que inspiraba valía mucho más que cualquier metal.

Su ascenso al trono fue tan silencioso como letal: su padre, el viejo Kaelen, fue hallado muerto en los baños reales, ahogado en su propia sangre con una copa de vino aún caliente entre los dedos. Hubo murmullos de traición, voces apagadas que sugerían que Merian, joven y ambicioso, había dado el paso definitivo, pero como todo lo que ocurría en Marendor, nada fue confirmado, y lo único que sobrevivió fue la sospecha.

Su esposa, Lady Alwen, no era menos temida. Una mujer de belleza sobria, rostro marmóreo y ojos helados, criada entre las brumas del norte de Varnethor, de donde las madres enseñaban a sus hijas que el poder no se grita, se susurra. Alwen fue una alianza política, pero no fue un error. Era cruel en silencio, venenosa sin levantar la voz.

Ella tejía redes de poder mientras sus damas cantaban, y en la corte de los Thorneveil, su palabra era ley, incluso cuando no parecía estar presente.

Tuvieron tres hijos. La primogénita, Althea era peligrosa en formas que pocos entendían a primera vista: no alzaba la voz, no desafiaba directamente, pero con una mirada era capaz de doblegar a una sala entera. El segundo Lorian, era la viva imagen de su padre, pero más calculador, menos impulsivo. Tenía la mirada de alguien que lo piensa todo tres veces antes de actuar y, cuando por fin actúa, lo hace sin piedad, y legítimo heredero a la corona. Y por último, Eirys, su preciada hija menor, dulce, callada, tan diferente a su familia.

Los Thorneveil juraron lealtad a la Casa Velkharys hace generaciones, cuando el primer Rey Margorion unió las tierras de Valatharys en torno al fuego de sus dragones y exigió fidelidad de todas las grandes casas de AETERYA. Merian, como todos sus antepasados, cumplió con la alianza. Aparentemente. Pero en los salones cerrados de Espina Negra, tras puertas de hierro negro y vitrales opacos, la familia Thorneveil debatía con acidez creciente el destino que se avecinaba. Porque Margot Velkharys, rey de Valatharys, había puesto sobre la mesa la idea más peligrosa de los últimos siglos: su hija, la princesa Elyra, heredaría su corona.

Y para Merian, eso era algo que no podía ser tolerado.

Una mujer con la corona de Valatharys sobre su cabeza era, para él, una burla a siglos de tradición. No sólo era una amenaza política. Era un precedente. Un arma afilada que destruiría la estructura de poder que sostenía al mundo tal como lo conocían. Porque si Elyra se sentaba en el Trono de Valatharys, ¿qué impediría que las hijas de otros señores exigieran lo mismo? ¿Qué detendría a una esposa ambiciosa de envenenar a su esposo y reclamar su título? El mundo, decía Merian, era un lugar duro, cruel, y los hombres no gobernaban por capricho, sino porque así había sobrevivido la civilización. Su desprecio hacia la idea de una reina no era simplemente machismo —aunque lo era—, sino una visión completa del colapso que él creía inevitable si el poder cambiaba de manos.

En uno de los salones de invierno, durante una cena privada en la cámara alta, el tema fue tocado de nuevo por su esposa.

—Margot está perdiendo el juicio —murmuró Lady Alwen mientras vertía vino oscuro en su copa de cristal negro—. Cree que porque esa hija suya cabalga con armadura y juega a los espadazos ya es digna de un reino.

Merian no respondió enseguida. Se llevó la copa a los labios, la dejó allí por un instante, observando el líquido moverse como sangre espesa. Vaenor, sentado frente a él, mantenía la espalda recta y el rostro impasible.

—Elyra es la tormenta antes de la ruina —dijo el rey al fin, su voz seca como madera vieja—. Si ella hereda, el reino entero cambiará... y no para bien.

Vaenor no parecía sorprendido.

—¿Y Vaedrik? —preguntó—. ¿No es él el heredero natural?

El rey bufó con desprecio.

—Vaedrik no es legítimo hijo de Margot, solamente qué el lo declare su legítimo heredero, y el sucesor a la corona— Mencionó con seriedad— Es más apto Vaedrik para ser rey, primero por ser hombre, y segundo por el respeto qué influye, pero temo no sea lo suficiente fuerte para impedir que la princesa Elyra tome la corona.

Yrene, quien había permanecido en silencio, miró a su padre con un atisbo de sonrisa.

—Entonces lo que temes no es que Elyra herede... sino que no haya nadie más fuerte para impedirlo.

El silencio que siguió fue tan denso que incluso el fuego pareció vacilar. Merian la miró por unos segundos, luego se volvió hacia Alwen.

—Los Velkharys aún necesitan nuestra lealtad. Por ahora. Pero si ese error se consuma... si esa muchacha llega a portar la corona... entonces quizás sea el momento de recordarles que los bosques de Marendor no sirven al fuego. Nunca lo han hecho del todo.

Los Thorneveil eran pacientes. Tejían redes en las sombras, se alimentaban de los errores ajenos y construían sobre la ruina de otros. Si debían enfrentarse a una reina en Valatharys, lo harían sin mostrar la espada, con la sonrisa que antecede al puñal.

Merian no lo diría en voz alta, pero ya había empezado a mover sus piezas. No quería guerra, pero tampoco temía a una. Después de todo, los espinos crecen en las tumbas.

Y Elyra... Elyra no tenía ni idea de cuán profunda era la herida que estaba dejando en los cimientos del reino.

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