Marendor se alzaba como un gigante entre sombras, envuelto en una atmósfera de permanente penumbra, como si el mismo reino rehusara ceder a la luz del sol. La humedad constante de los bosques sombríos que lo rodeaban impregnaba las piedras musgosas de sus caminos y llenaba el aire de un aroma terroso, casi embriagador.
Árboles ancestrales, tan viejos como las mismas casas que formaban Aetherya, se mecían con un crujir que parecía contener secretos milenarios. Sus ramas, alargadas y negras como