SEXTO CAPÍTULO

El fuego de los candelabros danzaba en los muros de piedra, proyectando sombras que parecían figuras fantasmales en el salón del banquete, la mesa principal estaba repleta de manjares: carnes asadas, frutas en su punto exacto de maduración, panes recién horneados y copas de vino que resplandecían bajo la luz cálida de la estancia, las risas y murmullos de los nobles llenaban el aire, mezclándose con el sonido de cubiertos chocando contra los platos de plata, yo estaba sentada entre mi padre, el rey Margot, y mi hermanastro, Vaedrik. Mientras él comía en silencio, yo fingía indiferencia, deslizando mis dedos sobre el cáliz de vino frente a mí, aunque mis sentidos estaban completamente alerta.

Al otro lado de la mesa, la reina Elthara sonreía con esa expresión medida que siempre había odiado, un gesto vacío, calculado, desde que tenía memoria, había intentado opacar el recuerdo de mi madre, la verdadera reina, Elenyra, pero su esfuerzo era en vano, porque no importaba cuántos años pasaran, no habría en esta tierra otra mujer como ella, la conversación fluyó sin incidentes durante un tiempo, hasta que, con su voz aterciopelada y venenosa, la reina decidió dirigirse a mí.

—Querida, realmente deberías considerar vestir con más… —hizo una pausa, fingiendo buscar las palabras adecuadas— decoro.

Tomé un sorbo de vino, sin mirarla aún. Sabía que su comentario no era sobre mi vestimenta, no era sobre mis pantalones de cuero ajustados ni sobre el top oscuro con bordados de plata que dejaba ver mi cintura, era sobre algo más.

—Es un atuendo cómodo —respondí con indiferencia, llevando la copa a mis labios nuevamente.

—Oh, por supuesto. Debe ser la costumbre —prosiguió ella, con una sonrisa perfectamente ensayada—. Tu madre también tenía una forma… particular de ver el protocolo.

La copa se detuvo a medio camino de mi boca, Elthara nunca conoció a mi madre, nunca estuvo en la corte cuando ella reinaba, pero hablaba como si lo hubiera hecho, como si supiera lo suficiente para lanzar esas palabras envenenadas con la certeza de que alcanzarían su objetivo, el murmullo en la sala se atenuó ligeramente, varias miradas se dirigieron a mí.

—¿Particular? —repetí, con voz serena, dejé la copa sobre la mesa y entrelacé los dedos sobre mi regazo, girando mi rostro hacia ella con calma.

—Bueno, sí, no se puede negar que su presencia era… llamativa, una mujer con demasiada voluntad propia. Difícil de domar— Su sonrisa no cambió, pero sus ojos sí, esperaba ver rabia en los míos, esperaba ver dolor.

La rabia estaba ahí, sí, pero el dolor era algo que nunca le mostraría.

—Qué curioso que diga eso, majestad, considerando que cuando llegó aquí, no tenía más que un título vacío y la ambición de una trepadora. —Apoyé mi codo en la mesa y descansé la barbilla sobre mi mano—. ¿Le resulta difícil vivir a la sombra de alguien a quien jamás conoció?— Elthara endureció la mandíbula.

—Solo hago una observación —dijo con suavidad.

—¿Observación? —Mi voz adquirió un tinte divertido, pero no había humor en mis ojos—. Perdóneme, pero no veo la razón para hablar de mi madre en un banquete. ¿O acaso está intentando convencerse a sí misma de que alguna vez podrá compararse con ella?

El silencio en la sala se volvió espeso. Pude ver a algunos caballeros bajar la mirada hacia sus platos, fingiendo no haber escuchado, otros bebían de sus copas con inusual interés en el fondo del vino, Elthara iba a responder, pero antes de que pudiera hacerlo, sentí una presión en mi pierna.

Vaedrik.

Su mano descansaba sobre mi muslo, firme pero discreta, me giré ligeramente hacia él y lo vi inclinarse apenas, su aliento rozando mi oído.

—Cállate —susurró.

Me quedé quieta, no porque me importara lo que él dijera, sino porque sabía que tenía razón, mi padre estaba observando la escena con una paciencia tensa, aún no había intervenido, lo que significaba que esperaba ver hasta dónde llegaría esto antes de decidir si debía imponer orden.

Por una vez, hice caso a Vaedrik. No porque me preocupara la presencia de los nobles, sino porque sabía que el verdadero castigo vendría después, en privado, cuando no hubiera miradas curiosas para presenciarlo.

—Suelta mi pierna— Susurré en su oído, pero el solo apretó su agarre haciéndome estremecer ante su tacto brusco.

—Estaremos así en todo el banquete, será un castigo por formar un escándalo— Me susurró de vuelta.

La copa de vino se deslizó entre mis dedos con suavidad, el líquido carmesí giró en su interior como si fuera un reflejo de la tensión que aún pesaba en el aire, llevé el borde a mis labios y bebí un sorbo lento, degustando más la sensación de mi propia victoria que el sabor afrutado del vino, la conversación en el banquete cambió de rumbo, pero el fuego en las miradas no se extinguió, la reina sabía. Sabía que esto no había terminado.

Y yo también.

Bajé la copa con parsimonia, jugueteando con el tallo entre mis dedos, y me giré apenas hacia Vaedrik, sin apartar la vista del plato frente a mí.

—Me las vas a pagar, Vaedrik —murmuré en un tono lo suficientemente bajo como para que solo él lo escuchara.

Sentí, más que vi, la sonrisa que se dibujó en su rostro, un gesto lento, seguro, disfrutaba de esto, su mano, que hasta ahora había reposado con aparente calma sobre mi muslo, se cerró de repente en un agarre feroz. Su fuerza no era común, no era la de un caballero en entrenamiento o la de un noble acostumbrado a empuñar la espada solo por deporte, era la de un depredador que sabía exactamente cuánto dolor infligir sin levantar sospechas.

El apretón fue tan brusco que un pequeño gemido escapó de mis labios antes de que pudiera contenerlo, un sonido breve, pero suficiente para atraer miradas, las conversaciones se detuvieron un instante. La música de los trovadores en la esquina del salón pareció atenuarse.

Todos voltearon a verme, mi padre, con su eterna expresión de rey paciente, arqueó una ceja, la reina entrecerró los ojos, como si estuviera analizando la situación con su perpetua suspicacia, los nobles, siempre hambrientos de escándalos, fingieron seguir en sus pláticas, pero sus oídos estaban más atentos a lo que pasaba en la mesa real que a cualquier otra cosa.

Y entonces, con una facilidad que me dejó helada, Vaedrik habló.

—Lo lamento, la golpeé accidentalmente— Su voz fue tan serena, tan tranquila, que hasta yo por un momento casi creí en su mentira.

No hubo un solo titubeo, ni un parpadeo que delatara duda en su expresión, era un mentiroso nato. Un actor sin igual.

—¿Estás bien, hija? —preguntó mi padre con un deje de preocupación en su voz.

Mi mandíbula se tensó, hija, no "mi niña", no "Elyra", solo "hija". Una palabra que parecía una formalidad más que un verdadero interés, no se movió de su asiento, no extendió la mano para asegurarse de que realmente estuviera bien. Su preocupación era tibia, distante, protocolaria, pero más que eso, sentí algo peor: molestia.

¿Le importaba realmente su hija? ¿O era solo la imagen de su familia lo que le preocupaba? Porque desde mi perspectiva, parecía que la única mujer en este mundo que realmente le importaba estaba sentada al otro lado de la mesa, con su aire de reina perfecta y su sonrisa ensayada, tragué el enojo con la misma facilidad con la que tragaba el vino y sonreí.

Fingí lo mejor que pude.

—Sí, estoy bien— Mi voz sonó natural, mi expresión relajada.

Había aprendido a hacerlo desde niña, a mentir con la misma destreza con la que respiraba, en esta corte, la sinceridad era un lujo que no me podía permitir, bajo la mesa, escabullí mi mano con cuidado, intentando apartar la de Vaedrik de mi muslo, pero él no se movió.

Al contrario, su agarre se volvió más firme, sentí el calor de su piel a través de los pantalones de cuero, la presión de sus dedos como garras atrapándome en su juego, mis uñas se clavaron en su muñeca en un intento de apartarlo, pero solo recibí otro apretón como respuesta.

Vaedrik ni siquiera parpadeó, seguía comiendo en silencio, cortando su carne con una calma inquietante, mientras yo contenía el impulso de reaccionar, si quería jugar, jugaríamos, pero lo que él no sabía es que yo nunca jugaba para perder.

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