Mundo ficciónIniciar sesiónEl cielo se extendía como un manto de fuego y sombra sobre la vasta llanura, el sol, agonizante en el horizonte, teñía de carmesí el suelo rocoso y árido de la Tierra de Dragón, un lugar olvidado por el tiempo, donde alguna vez las grandes bestias aladas habían reinado, los vientos silbaban entre las formaciones de piedra erosionadas, susurrando ecos de un pasado en el que el cielo rugía con llamas y el suelo temblaba bajo garras titánicas.
Zhaerys y Vaerion se posaron en la cima de una colina cercana, sus ojos de fuego observando el enfrentamiento que estaba por desencadenarse entre sus jinetes, Elyra bajó de su dragón con una furia latente reflejada en su mirada, sus botas crujieron contra la tierra seca mientras avanzaba con pasos decididos, alejándose del pelirrojo que, como siempre, la seguía de cerca. Pero Vaedrik, más rápido, la alcanzó. —Elyra— Su voz retumbó como un trueno contenido, una advertencia envuelta en acero. La princesa no se detuvo, el pelirrojo frunció el ceño y extendió la mano para sujetarla del brazo, pero Elyra se zafó con un movimiento brusco, apartándolo con la misma frialdad con la que se sacude el polvo de una capa, el príncipe no se dejó vencer tan fácilmente. Con un paso veloz, esta vez atrapó su muñeca con firmeza, obligándola a detenerse, sus ojos dorados ardían con una mezcla de furia e incredulidad. —Déjame en paz— Su voz no fue un ruego, sino una orden cargada de veneno, Vaedrik apretó la mandíbula. —¿Eres estúpida o simplemente te gusta jugar con fuego?— Elyra arqueó una ceja, una sonrisa burlona estirando la comisura de sus labios. —Oh, ¿ahora te preocupa mi bienestar? Qué conmovedor— La burla en su tono fue suficiente para avivar la ira del príncipe. —Eres patética, Elyra. ¿Es esta tu forma de llamar la atención? ¿La única manera en la que crees que la gente te mirará?— El eco de la bofetada resonó por toda la llanura. Vaedrik sintió el ardor instantáneo en su mejilla, el impacto haciéndole girar el rostro levemente, su respiración se volvió pesada, pero no dijo nada, Elyra, con la mano aún elevada, lo miró con una mezcla de desafío y rabia contenida. —No hables si no sabes— Sus palabras fueron un veneno lento, goteando con desprecio. Por un momento, todo quedó en un tenso silencio, incluso los dragones, desde su posición, observaban sin moverse, como si la batalla que se libraba entre sus jinetes fuera mucho más intensa que cualquier combate de fuego y garras, Vaedrik giró lentamente la cabeza para enfrentarla, sus ojos, esos mismos que tantas veces la habían perseguido con juicios y advertencias, ahora brillaban con algo diferente. Algo oscuro. Algo peligroso. —Tú no sabes nada de lo que quiero, Elyra— Su voz, grave y contenida, le erizó la piel. Elyra se negó a apartar la mirada, aunque su corazón latía con fuerza en su pecho. —Entonces dime— La provocación estaba ahí, flotando entre ellos como una chispa a punto de encender un incendio. —¿Qué quieres que te diga, Elyra?—Ella lo observaba, con los ojos entrecerrados, esperando que fuera él quien rompiera el silencio que ambos habían estado evitando. Y no tardó en hacerlo. —Quiero que me digas qué quieres, Vaedrik— La voz de Elyra era un desafío en sí misma, un eco que resonaba en la vasta llanura. Vaedrik se detuvo de golpe, soltando una risa seca, una risa que no tenía nada de graciosa, era un sonido áspero, vació de alegría, de cualquier emoción que no fuera la amarga frustración que lo carcomía por dentro, giró lentamente hacia ella, una sonrisa sin vida marcando sus labios. —Ese es el problema, hermanita.— Su voz sonó entrecortada, cargada de un agotamiento que Elyra apenas podía comprender. —Que no sé lo que quiero. Se acercó con paso lento, su mirada fija en la princesa mientras sus manos, tan confiadas antes, ahora se mostraban torpes, sin ninguna delicadeza, tomó el rostro de Elyra entre sus manos, obligándola a mirarlo. Sus dedos se apretaron contra su piel, y sin querer, rozó con el pulgar sus labios, como si tratara de comprenderlos, de descifrar algo que solo él parecía saber. —No tengo nada claro, Elyra.— Su voz era casi un susurro, pero pesado como una carga. —Quiero ser feliz, pero no quiero decepcionar a mi padre, quiero ser libre, pero no puedo ignorar mis obligaciones, quiero dejar de llevarme mal contigo, pero siempre me recuerdas que me odias. Permaneció allí por un momento, los ojos entrecerrados, como si las palabras no fueran suficientes para desahogar todo lo que sentía. Pero lo que dijo a continuación fue lo que realmente dejó su alma al descubierto. —Creo que este es el destino de todo bastardo— Las palabras caían pesadas entre ellos, la verdad cruda y directa de lo que se sentía ser hijo de una madre olvidada, una hija de la traición, una sombra siempre bajo el reinado de los demás. Finalmente, como si el peso de la confesión lo hubiera derrumbado por dentro, Vaedrik dejó de mirarla y apartó sus manos del rostro de Elyra. Se dio la vuelta, y caminó con determinación hacia su dragón, que esperaba paciente, agachado y dispuesto a recibirlo, sin mirar atrás, Vaedrik subió a su montura, y con un fuerte batir de alas, el dragón se alzó en el aire, llevando a su jinete lejos de la Tierra de Dragón, dejando a Elyra sola, con sus pensamientos y sus sentimientos enredados entre sí. La llanura se quedó en silencio nuevamente, como si nada de lo sucedido hubiera ocurrido realmente, pero las palabras de Vaedrik, las que él mismo se había visto obligado a liberar, siguieron resonando en el aire como una llamada inalcanzable.






