Marendor no se construyó sobre piedra blanca ni mármol pulido, sino sobre raíces profundas, tierra húmeda, barro viejo y árboles que parecían observar desde sus sombras, como si llevaran siglos juzgando cada muro, cada torre, cada paso de aquellos que caminaban sobre el musgo de sus calles húmedas y resbaladizas, la ciudad no brillaba bajo el sol porque el sol apenas se dignaba a visitarla, cubierta por nieblas matinales y lloviznas eternas que daban a todo un aspecto de luto constante, las cas