Mundo ficciónIniciar sesiónCuando Lucía, una joven fuerte y decidida, se ve atrapada en la guerra sin fin entre su hermano mayor, el temido líder de una banda urbana, y su rival más letal, el misterioso y peligroso Adrián, jamás imaginó que su corazón la traicionaría. Lo que empieza como un encuentro lleno de odio y deseo, termina convirtiéndose en un amor prohibido que podría destruirlos a todos.
Leer másRODRIGO NARRANDO:
Eu sempre acreditei que o dinheiro era a chave para abrir qualquer porta no mundo. E até agora, nunca estive errado. Aos trinta e um anos, sou um bilionário, sócio de um dos maiores escritórios de mercado financeiro na Bolsa de Valores, com sede na vibrante Cidade do México. Mas essa é apenas uma parte da minha vida. A outra, mais sombria e perigosa, é a herança de sangue que carrego. Meu pai é um poderoso mafioso italiano e minha mãe faz parte de um dos maiores cartéis mexicanos. Cresci no meio do luxo e do crime, aprendendo desde cedo a usar minha inteligência e charme para manipular qualquer situação a meu favor. Isso fez de mim um mestre na arte da duplicidade, vivendo uma vida dupla como um magnata bilionário e um homem que desfruta das sombras da sociedade. Com meu nome estampado nas revistas de negócios, sou o homem que todos admiram e temem. Minha coleção de carros esportivos e relógios de luxo é invejada por muitos, mas há algo que me atrai mais do que qualquer bem material: mulheres. E não qualquer mulher, mas aquelas que são casadas e comprometidas. Mulheres que não têm tempo para ligar de volta ou criar problemas. O problema é que, ultimamente, uma mulher em particular tem me feito questionar todas as minhas regras. Micaela. Loira, com pele branca como leite e olhos azuis que parecem perfurar minha alma. Ela é um redemoinho de paixão na cama, e me deixa louco. Mas ela é casada com um dos nossos maiores clientes, um empresário que gera milhões anuais para a minha empresa. E eu, imprudentemente, coloco tudo em risco por ela. Não consigo evitar. Faz quatro meses que estamos dormindo juntos. Nosso caso é um segredo bem guardado, nossos encontros sempre longe da Cidade do México. Desta vez, nos encontramos em Cancun, um paraíso que oferece o anonimato que precisamos. Eu estava ansioso para vê-la, mas antes de nos encontrarmos no quarto como de costume, ela quis me encontrar no bar do resort. Cheguei ao bar do resort e a encontrei sentada no balcão, com um vestido vermelho justo moldando seu corpo perfeito. Ela sorriu ao me ver, e aquele sorriso foi como um golpe no meu estômago. Micaela era a combinação perfeita de perigo e desejo, e isso me atraía como uma mariposa para a chama. — Rodrigo — ela disse suavemente, com seu sotaque italiano me fazendo estremecer. — Micaela,— respondi, tentando manter minha compostura. — Você está maravilhosa. — Você também,— ela disse, olhando-me com aqueles olhos azuis que me deixavam sem fôlego. — Precisamos conversar. Isso me preocupou. — Sobre o que? — Sobre nós,— ela disse simplesmente. — Não podemos continuar assim. A ansiedade e a excitação se misturaram dentro de mim. — O que você quer dizer? — Eu não posso mais mentir para meu marido,— ela confessou, com seus olhos cheios de conflito. — Mas também não posso ficar longe de você. Seu dilema era o meu também. Eu sabia que cada encontro com ela era um risco, mas o desejo era insuportável. — Vamos resolver isso,— prometi, segurando sua mão. — Vamos para o quarto e conversamos. — Não, Rodrigo, vamos beber alguma coisa, pode ser? — Micaela sugeriu, tentando manter a calma. Aceitei a ideia, apesar da tensão crescente entre nós. Chamamos a bartender do bar, uma jovem atraente com cabelos curtos pretos soltos, cobrindo parcialmente seus olhos, ela usava um uniforme com os botões ligeiramente abertos em seu decote médios, parecia estar se esforçando para manter o bar limpo e atender os clientes sozinha. O lugar estava vazio, provavelmente por causa da chuva e dos alertas de furacão. — Um mojito, por favor,— Micaela pediu, enquanto eu optei por duas doses de tequila. Ela insistiu que não queria beber tequila, mas eu insisti. A garçonete, sem manter contato visual, nos serviu rapidamente e voltou a limpar o bar, arrumando as mesas ao redor. Concentrei-me na beleza de Micaela, tentando entender como ela podia dizer que queria terminar e ao mesmo tempo querer me embebedar. Eu estava louco para levá-la para o quarto. Num determinado momento, levantei-me para ir ao banheiro. A tempestade lá fora estava ficando mais forte. Micaela pediu algumas porções para comermos antes de irmos para a suíte. Lavei as mãos e, ao sair, percebi que os raios, trovões e a chuva estavam mais intensos. Decidi que era melhor chamar Micaela para irmos direto para a suíte. Quando me aproximava, vi Micaela e Renan, seu marido, discutindo com vozes alteradas. — Merda, merda,— pensei, desesperado.Lo alcancé en el coche, antes de que arrancara.Golpeé la ventanilla. Me miró con una expresión que mezclaba impaciencia y algo más suave. Bajó el cristal.—Te dije que…—Valentina —dije.Se quedó absolutamente quieto.No fue una reacción pequeña. Fue la reacción de alguien a quien acaban de decirle un nombre que no esperaba escuchar, un nombre que tiene un peso específico que yo no entendía todavía pero que era claramente real y claramente importante.—¿Dónde escuchaste ese nombre? —dijo, con una voz que era más baja y más tensa que cualquier tono que le hubiera escuchado antes.—Me lo mandaron —dije, mostrándole el teléfono—. Ahora mismo. Mientras bajabas.Leyó el mensaje. Su mandíbula se apretó.—Entra —dijo.Entré. El coche no arrancó. Se quedó aparcado frente a la casa mientras Adrián miraba el parabrisas con esa expresión cerrada que yo ya sabía que significaba que estaba tomando decisiones sobre cuánto decir.—¿Quién es Valentina? —pregunté.Silencio.—Adrián.—Era la persona c
No dijimos nada durante un momento que debería haber sido breve y se extendió hasta hacerse insoportable.Marco. Nueve años. El hombre que había estado presente en cada decisión, cada plan, cada versión de lo que Adrián había construido. El hombre que me había interrogado sobre Sofía con la precisión de quien sabe exactamente qué busca. El hombre que había puesto el café sobre la mesa cada mañana y revisado los registros portuarios y dicho "eres buena en esto" con esa sequedad que yo había tomado por respeto.—Puede haber otra explicación —dije, aunque mi voz sonó poco convencida incluso para mí.—Puede —dijo Adrián.—¿Lo crees?Una pausa.—No —dijo.Se sentó en el borde del escritorio. Yo me quedé de pie, sosteniendo la pantalla, sin saber muy bien qué hacer con lo que acabábamos de encontrar.—¿Cuándo le hablaste del informe a Marco? —pregunté.—Se lo di a revisar dos días antes de la reunión —dijo—. Pero el acceso en el registro es de tres días antes.—Lo que significa que accedió
El almacén ardía desde hacía cuarenta minutos cuando llegamos al sector este.Los bomberos ya estaban allí, pero el fuego había ganado demasiado terreno antes de que llamaran. Las llamas salían por las ventanas del segundo piso con esa violencia tranquila del fuego que ya no necesita alimentarse de otra cosa que no sea sí mismo. El humo era negro y denso y olía a plástico quemado y a algo más, un olor acre y químico que Adrián reconoció antes que yo.—Acelerante —dijo, con la mandíbula apretada—. Esto no fue accidental.No lo era. Lo sabíamos los tres. Marco, que había llegado diez minutos antes que nosotros, nos esperaba en el perímetro con la cara de quien ya ha evaluado el daño y los números no cuadran.—¿Cuánto había dentro? —preguntó Adrián.—Lo suficiente para que la pérdida de evidencia sea total —dijo Marco—. Documentos, registros de carga, el servidor local. Todo. —Hizo una pausa—. Lo que queda son las copias digitales que guardamos en el sistema central, pero si alguien sabí
La reunión de cierre con Dante estaba convocada para las tres de la tarde.A las dos, Adrián entró en el despacho donde yo estaba revisando los últimos puntos del informe y me encontró de pie frente al mapa, con la chaqueta puesta y los papeles en la mano.Me miró.—¿Lista? —preguntó.—Sí —dije—. ¿Tú?—Sí.Nos miramos durante un momento que tenía el peso específico de los momentos antes de algo importante.—Lucía —dijo.—No empieces a decirme que me quede aquí —dije.—No iba a decir eso —dijo—. Iba a decirte que lo que traes al informe, lo del patrón de catorce días, va a ser lo que cambie la dinámica. Lo que tú encontraste. No lo que encontramos. —Me miró—. Quería que lo supieras antes de entrar.Sostuve su mirada.—Gracias —dije.Marco nos esperaba en el coche. El trayecto al almacén fue silencioso, de ese silencio que no es tensión sino concentración. Cada uno revisando en su cabeza lo que venía.El almacén olía igual que la primera vez. Las luces de neón zumbaban con la misma regu















Último capítulo