Mundo de ficçãoIniciar sessãoCuando Lucía, una joven fuerte y decidida, se ve atrapada en la guerra sin fin entre su hermano mayor, el temido líder de una banda urbana, y su rival más letal, el misterioso y peligroso Adrián, jamás imaginó que su corazón la traicionaría. Lo que empieza como un encuentro lleno de odio y deseo, termina convirtiéndose en un amor prohibido que podría destruirlos a todos.
Ler maisEl calor del verano aplastaba la ciudad como una mano invisible, espesa y sin piedad. Yo me había asomado a la ventana del segundo piso sin ninguna intención en particular, solo buscando un poco de aire que no llegaba. Pero lo que encontré me robó el aliento de una manera muy distinta.
Abajo, en el patio de gravilla frente a la vieja fábrica que era el corazón del territorio de mi hermano, algo estaba ocurriendo. Alejandro tenía a sus hombres formados como si esperara una inspección. Seis, siete tipos con los brazos cruzados y la mandíbula tensa, todos mirando hacia la entrada del callejón. Y al fondo, avanzando despacio, con la calma insolente de quien sabe que nadie va a detenerlo, apareció él. No sabía su nombre todavía. No lo necesitaba. Su presencia llenó el patio antes de que llegara al centro. Era alto, de hombros anchos y movimientos lentos y precisos, como un animal que no necesita correr porque ya sabe que va a atrapar lo que quiere. Su cabello oscuro caía ligeramente sobre la frente. La mandíbula firme, el gesto cerrado. Vestía de negro, sin adornos, sin relojes llamativos ni cadenas de oro como los hombres de mi hermano. Su poder no necesitaba anunciarse. Pero lo que me detuvo, lo que me hizo aferrarme al marco de la ventana sin darme cuenta, fueron sus ojos cuando los levantó un instante hacia la fábrica. Oscuros. Calculadores. Fríos como el acero y, al mismo tiempo, ardiendo con algo que no supe nombrar. —¿Dónde está Martínez? —preguntó, y su voz atravesó el patio con una claridad que no requería gritar. Renzo, el segundo de Alejandro, se adelantó un paso. Era un hombre grande, de cuello ancho y poca paciencia. Normalmente intimidaba con solo pararse derecho. —Martínez no recibe visitas sin aviso —dijo Renzo, con el tono de quien recita una advertencia ensayada. El recién llegado no se inmutó. Lo miró de la misma manera en que uno mira una mosca antes de decidir si molesta lo suficiente como para espantarla. —Dile que Adrián Valente está aquí —dijo—. Y que la deuda de los muelles vence hoy. El nombre cayó sobre el patio como una piedra en agua quieta. Vi a los hombres de Alejandro intercambiar miradas. Vi a Renzo apretar la mandíbula. Y sentí, en la boca del estómago, algo que no era exactamente miedo. Adrián Valente. Ese nombre lo había escuchado pronunciado con odio en esta casa desde que tenía memoria. El enemigo. El rival. El hombre que, según Alejandro, era todo lo que estaba mal en este mundo. —¿Tienes idea de dónde estás parado? —soltó Renzo, dando otro paso—. Aquí no entras porque sí, Valente. Aquí entras cuando Alejandro lo decide. Adrián giró lentamente la cabeza hacia él. Solo eso. Y Renzo, que no le temía a nadie, titubeó. —Dile que también sé lo de los contenedores del puerto norte —dijo Adrián, sin elevar la voz—. Los que Alejandro juró que no existían. —Hizo una pausa breve—. A ver si eso lo hace decidirse más rápido. Fue entonces cuando levantó la vista. No hacia la fábrica en general. Hacia arriba. Hacia mi ventana. Hacia mí. Me quedé paralizada. Debería haberme apartado. Debería haber cerrado la persiana y fingido que no había visto nada. Pero no lo hice. Me quedé ahí, con el corazón golpeando tan fuerte que lo sentía en la garganta, atrapada en esa mirada durante dos segundos que se estiraron como horas. No hubo nada romántico en cómo me miró. No fue el tipo de mirada que uno espera en una novela. Fue una mirada de reconocimiento, calculada, casi clínica, como si me estuviera catalogando. Como si yo fuera información útil. Y eso, por alguna razón que no entendí entonces, me aterrorizó más que cualquier otra cosa. —¡Lucía! La voz de Alejandro me sacó del trance con un latigazo. Me giré. Mi hermano estaba en el umbral de la habitación, con esa expresión que reservaba para los momentos en que el peligro era real. —Aléjate de la ventana. Ahora. —¿Quién es? —pregunté, aunque ya lo sabía. Mi voz salió más pequeña de lo que quería. —Ese es Adrián Valente —dijo, y la forma en que pronunció el nombre fue como escupir algo amargo—. Y si alguna vez se te ocurre siquiera mirarlo de nuevo, lo lamentarás. Los dos. No dijo cuál de los dos lo lamentaría más. No hizo falta. Me aparté de la ventana, pero el daño ya estaba hecho. Porque mientras Alejandro cerraba la persiana de un golpe y salía a paso rápido hacia el patio, yo me quedé en el centro de la habitación con las manos frías y el pulso acelerado, intentando entender qué había sido eso. No era deseo. O no era solo deseo. Era algo más complicado, más incómodo. Era el instinto animal de reconocer a alguien peligroso y no poder mirar hacia otro lado precisamente por eso. Esa noche, desde mi cuarto, escuché fragmentos de la conversación en el patio. Las voces de Alejandro y Adrián, tensas y bajas, llegaban hasta mí en retazos. No pude entender las palabras, pero entendí el tono: dos hombres que se odian demasiado como para matarse de inmediato y demasiado como para dejarlo pasar. Me tumbé en la cama, mirando el techo, diciéndome que lo que había sentido en esa ventana no era nada. Era curiosidad. Era el vértigo de ver a alguien que representaba todo lo que mi mundo consideraba enemigo. No era nada. Lo repetí hasta que la ciudad se quedó en silencio y yo, por fin, dejé de creerme mis propias mentiras.Lo alcancé en el coche, antes de que arrancara.Golpeé la ventanilla. Me miró con una expresión que mezclaba impaciencia y algo más suave. Bajó el cristal.—Te dije que…—Valentina —dije.Se quedó absolutamente quieto.No fue una reacción pequeña. Fue la reacción de alguien a quien acaban de decirle un nombre que no esperaba escuchar, un nombre que tiene un peso específico que yo no entendía todavía pero que era claramente real y claramente importante.—¿Dónde escuchaste ese nombre? —dijo, con una voz que era más baja y más tensa que cualquier tono que le hubiera escuchado antes.—Me lo mandaron —dije, mostrándole el teléfono—. Ahora mismo. Mientras bajabas.Leyó el mensaje. Su mandíbula se apretó.—Entra —dijo.Entré. El coche no arrancó. Se quedó aparcado frente a la casa mientras Adrián miraba el parabrisas con esa expresión cerrada que yo ya sabía que significaba que estaba tomando decisiones sobre cuánto decir.—¿Quién es Valentina? —pregunté.Silencio.—Adrián.—Era la persona c
No dijimos nada durante un momento que debería haber sido breve y se extendió hasta hacerse insoportable.Marco. Nueve años. El hombre que había estado presente en cada decisión, cada plan, cada versión de lo que Adrián había construido. El hombre que me había interrogado sobre Sofía con la precisión de quien sabe exactamente qué busca. El hombre que había puesto el café sobre la mesa cada mañana y revisado los registros portuarios y dicho "eres buena en esto" con esa sequedad que yo había tomado por respeto.—Puede haber otra explicación —dije, aunque mi voz sonó poco convencida incluso para mí.—Puede —dijo Adrián.—¿Lo crees?Una pausa.—No —dijo.Se sentó en el borde del escritorio. Yo me quedé de pie, sosteniendo la pantalla, sin saber muy bien qué hacer con lo que acabábamos de encontrar.—¿Cuándo le hablaste del informe a Marco? —pregunté.—Se lo di a revisar dos días antes de la reunión —dijo—. Pero el acceso en el registro es de tres días antes.—Lo que significa que accedió
El almacén ardía desde hacía cuarenta minutos cuando llegamos al sector este.Los bomberos ya estaban allí, pero el fuego había ganado demasiado terreno antes de que llamaran. Las llamas salían por las ventanas del segundo piso con esa violencia tranquila del fuego que ya no necesita alimentarse de otra cosa que no sea sí mismo. El humo era negro y denso y olía a plástico quemado y a algo más, un olor acre y químico que Adrián reconoció antes que yo.—Acelerante —dijo, con la mandíbula apretada—. Esto no fue accidental.No lo era. Lo sabíamos los tres. Marco, que había llegado diez minutos antes que nosotros, nos esperaba en el perímetro con la cara de quien ya ha evaluado el daño y los números no cuadran.—¿Cuánto había dentro? —preguntó Adrián.—Lo suficiente para que la pérdida de evidencia sea total —dijo Marco—. Documentos, registros de carga, el servidor local. Todo. —Hizo una pausa—. Lo que queda son las copias digitales que guardamos en el sistema central, pero si alguien sabí
La reunión de cierre con Dante estaba convocada para las tres de la tarde.A las dos, Adrián entró en el despacho donde yo estaba revisando los últimos puntos del informe y me encontró de pie frente al mapa, con la chaqueta puesta y los papeles en la mano.Me miró.—¿Lista? —preguntó.—Sí —dije—. ¿Tú?—Sí.Nos miramos durante un momento que tenía el peso específico de los momentos antes de algo importante.—Lucía —dijo.—No empieces a decirme que me quede aquí —dije.—No iba a decir eso —dijo—. Iba a decirte que lo que traes al informe, lo del patrón de catorce días, va a ser lo que cambie la dinámica. Lo que tú encontraste. No lo que encontramos. —Me miró—. Quería que lo supieras antes de entrar.Sostuve su mirada.—Gracias —dije.Marco nos esperaba en el coche. El trayecto al almacén fue silencioso, de ese silencio que no es tensión sino concentración. Cada uno revisando en su cabeza lo que venía.El almacén olía igual que la primera vez. Las luces de neón zumbaban con la misma regu
Último capítulo